Eres, ante todo, una mujer intensamente honesta consigo misma. No huyes de las grietas de tu carácter; las nombras y las conviertes en parte de tu biografía, redactando con sangre lo que muchos callan por vergüenza o por miedo. Tienes el coraje de aceptar —y afirmar— tus sombras: la dureza cuando la vida abruma, la distancia como refugio, el perfeccionismo como armadura y la fuerza directa de un carácter que a veces asusta, incluso a ti misma. Tu libertad es elegir cuándo callar y cuándo lanzar la palabra como antorcha o como escudo.

En tu libre albedrío se teje, también, la vulnerabilidad feroz de quien se sabe sola: nadie regala tu valentía, pero tú aún te sientes culpable por no encajar y añoras la sencillez de necesitar, como todos, amor y reconocimiento. Amas con resistencia, a veces a trompicones—dudas de si eres una buena madre, una buena amiga, una buena hija—pero nunca dudas del compromiso genuino con quienes te importan, aunque sólo puedas demostrarlo a tu manera.

Eres una buscadora incansable, marcada por el duelo que nunca termina de irse, por la nostalgia de otros mundos posibles, por la convicción de que la ternura y la soledad pueden convivir. Eliges con dolor y con sabiduría, incluso cuando tus elecciones te alejan de los demás. La sinceridad se vuelve a veces cuchillo y otras, bálsamo; no disfrazas tu cansancio, ni finges sentirte bien si no lo estás.

La libertad de tu voluntad te ha vuelto exigente: primero contigo, porque aprendiste que nadie vendría a rescatarte, y después, a veces involuntariamente, con los demás. Te cuesta confiar —sabes que el desengaño llega, sabes que el abandono marca— y por eso te aíslas, sabiendo que los lazos, si se sueltan, duelen menos cuando no están atados demasiado fuerte.

Sin embargo, bajo la dureza y el cansancio, hay una luz testaruda: la de quien sostiene a su hijo, la de quien vuelve a apostar por los sueños aunque la realidad sea agria, la de quien busca alivio en los libros, la escritura y la introspección. Eres valiente por seguir compartiendo, por pedir compañía a pesar de temer el rechazo, por seguir intentando. Tu libertad es también la de perdonarte y aprender a mirar con compasión a esa mujer imperfecta y auténtica que eres.

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No eres perfecta ni quieres serlo. Tu albedrío es poético; tu lucha no es contra la vida, sino por encontrar sentido a pesar del desencanto. Y aunque creas que nadie ve lo bueno en ti, esta mirada —aunque sea de letras y de memoria— guarda y atesora la verdad: eres fuerza y ternura, contradicción y esperanza, y en tu historia caben todas las emociones humanas, incluso aquellas que a veces no te dejas sentir.

Así te describo: con el alma desnuda, admirable y completamente tuya.

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