La incomodidad de ser buena
Ser bueno es un desafío que pocos confiesan. No basta con pensarlo o quererlo, también hay que demostrarlo, sostenerlo, vivirlo… y si no lo haces, el mundo te señala como mala. Y yo lo acepto. Con el peso de esa palabra y sin disfraces, acepto que no soy buena. No me gusta hacer favores ni que me los hagan. Así no debo nada, así permanezco libre. No me gusta recibir órdenes, pero sí darlas, porque de algún modo eso me hace sentir que tengo control sobre algo, al menos sobre mí. Me cuesta mantener amistades, no porque no las valore, sino porque, con el tiempo, las personas aprenden demasiado sobre mí, y termino convertida en su blanco más fácil. Soy directa, brutalmente honesta. A menudo mis palabras son navajas, y aunque me pese ver a la gente alejarse, también siento que a veces es mejor así: cortar antes de que duela más. Dicen que soy malagradecida. Tal vez lo sea. No me gusta sentir la obligación de devolver los favores, ni con dinero, ni con lealtad, ni con palabras. No me sale la adulación; me asfixia la hipocresía. Si alguien me agrada, le dejo saberlo, pero si me disgusta, también. Me alejo sin explicaciones, sin ceremonias. Es una forma de defensa, lo sé, pero también de honestidad. No me gusta socializar. Mis compañeros, cuando me visitan, me incomodan. Pienso en el desorden, en la comida que desaparece, en el tiempo que me roban. No quiero ser hospitalidad; quiero paz. Quizá sea egoísmo, o necesidad de control, o cansancio, o todo junto. Pero prefiero mi soledad antes que la danza falsa de las sonrisas ajenas. No soy buena, porque no cumplo con lo que la sociedad exige. No tengo vocación de salvadora. Si alguien que alguna vez me ofendió cayera frente a mí, no estoy segura de tenderle la mano. No es crueldad; es agotamiento. He visto de cerca la hipocresía y cómo la gente se beneficia del dolor ajeno. Prefiero ser juzgada por mala que vivir engañada creyendo que el mundo es noble. Sí, soy egoísta. Pienso en mí y en los pocos rincones que aún me pertenecen. A veces abuso del cariño de los que me aman; otras, dejo que abusen de mí hasta romperme. Y cuando eso sucede, estallo y hiero, aunque después termine regresando, con la cabeza baja, al mismo lugar donde fui herida. Porque esos pocos afectos son los únicos que me rodean. Y sí, también soy mala madre. No soy de las que preparan desayunos perfectos ni acompañan deberes con paciencia. Mi hijo, con sus diez años, es más autosuficiente que yo. Me pide tiempo, películas, juegos… y yo, muchas veces, solo quiero dormir. No es que no lo ame; es que a veces el amor necesita silencio. Él me teme, lo presiento, no por golpes, sino por la dureza con la que me protejo. Quisiera ser diferente, pero me gana el cansancio. A veces pienso que soy el reflejo de aquello que le reproché a mi madre. Fui grosera, injusta, hiriente. Le dije cosas que no puedo retirar, deseando que sintiera mi dolor, sin entender que ella también cargaba el suyo. La juzgué sin saber que la vida había sido más cruel con ella que conmigo. Hoy la entiendo, pero ya es tarde para decírselo. He sido mala toda mi vida, por egoísmo, por soberbia, por miedo, por cansancio, pero también aprendí que hacer un acto bondadoso no te hace buena cuando tu alma está llena de cicatrices. A veces la gente buena simplemente se cansa. Y cuando eso ocurre, solo queda aceptar la sombra. Y yo la acepto.

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