Hola, mami

Cierro los ojos y te imagino en un lugar luminoso, suave y lleno de flores, rodeada de esa paz que siempre te mereciste. Ojalá pudieras sentir cuánto te extraño, cuánto deseo hablar contigo como antes, sin el peso en el pecho y la garganta apretada por tanto silencio. Han regresado los ataques de ansiedad, pero ahora son distintos: ya no esperan la intimidad de mi habitación ni la rutina de mi casa; me asaltan a plena luz, frente a todos, desarmando lo poco que me queda de ese carácter fuerte y ese orgullo que a veces es mi armadura. Siento cómo, en esos momentos, se cae la máscara de seguridad que he tratado de sostener, y quedo expuesta, vulnerable, justo como alguna vez le temí. No dejo de preguntarme cómo lo hacías tú, mamá. ¿Dónde escondías tus miedos, tus debilidades, tus propias tormentas? Jamás te vi desmoronarte, nunca te vi enferma ni rendida, y pienso si eso era fortaleza, costumbre o el amor tan inmenso que tenías por nosotros. Te llevabas el mundo sobre los hombros y aun así parecías inquebrantable. Te confieso que quisiera aprender de ti, que ansío encontrarte en algún sueño para pedirte el secreto de tu resiliencia, para que me abraces y me enseñes a habitar el dolor sin hundirme. A veces me siento tan lejos de ser la hija que esperaba estar a tu altura, tan humana, tan frágil… Solo bastó con perderte para que todo se quebrara, y aunque tengo a mi hijo, a veces siento que la vida me supera. Si puedes, visítame en sueños como cuando era niña. Invéntame una madrugada donde me enseñes, desde tu calma, a resistir; abrázame, aunque sea en silencio, susúrrame que no todo está perdido, que esta tempestad que siento también pasará. Te necesito, mamá. Ojalá puedas escucharme donde estés.

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