La primera vez que la escuché, por teléfono, sentí que había algo peligroso en su voz de quinotos al rhum. Y sin embargo se notaba que lo suyo era marketing de primer nivel:
-Me gustaría poder verlo, explicarle todo esto per-sonal-mente.- silabeó y era como decir, cara a cara, mejilla a mejilla, sabor a hierbabuena. Pero el tema era para meter miedo.
Sentí un cosquilleo y la carucha de Jessica Lange (la de ALL THAT JAZZ) se me apareció en medio del tránsito. ¿O tal vez fuera morocha ?.
Estuve por preguntarle cómo hizo para descubrirme, quién le dio el número del celular, pero pensé que eso rompería el encanto. Mejor lo hubiera hecho, quizás me salvaba de lo que vino después.
El tránsito estaba insoportable, se me venían encima los camiones como bestias y los colectiveros no daban tregua. Le pedí que cortara y me llamara más tarde. Total, ella era la cazadora y yo su presa.
-Por supuesto.- me dijo y remarcó: - Pero no puede perder esta o-portuni-dad.- Me sonó como amenaza y me gustó más, las pausas parecían brotarle desde lo profundo de la boca.
Un camión con cajones de fruta me tiró una cortina de humo y por esquivarlo casi me llevo por delante el micro que venía disparando de contramano. Ahí se terminó de esfumar la paz interior que obtuve haciendo meditación al salir el sol: llegué al Estudio con toda la mufa puesta. Lo llamé al Contador y me descargué apretándolo para que terminara con el balance de una buena vez. El infeliz se puso a tartamudear una excusa interminable y tuve que darle mi absolución antes de que me diera un ataque de risa: le giraban los ojos por toda la cara y abría la boca como si se hubiera tragado el libro copiativo.
-Vaya, vaya y termínelo de una vez.- lo corté. Pero claro, todo eso no alcanzó para devolverme la tranquilidad.
No volvió a llamarme en todo el día y creo que ahí empecé a anhelarla. Le conté el episodio a mi loco (así llamamos con mi mujer a nuestros respectivos psicoanalistas).
-Bueno, usted siempre se obsesiona con las cosas.- me dijo. -¿ Será que no se anima a poner en juego sus deseos?-
Murmuré que no le entendía. - Claro,- me dijo, - ¿ piensa volver a repetir la historia con Giovanna ?- Me quedé un rato callado y él insistió :
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- En qué está pensando.- No le quise contar que me había distraído contemplando la reproducción de Klimt colgada en la pared, a los pies del diván: era una gran casa a orillas de un estanque, rodeada por árboles otoñales y parecía haber como una ermita o una tumba entre el follaje.
Mientras volvía a casa por la autopista, el recuerdo de aquella voz peligrosa se mezcló con la figura de Giovanna, evocada en el consultorio: vi su cuerpo de pantera, agazapada sobre la cama de su habitación, en el piso quince del hotel, desnuda y medio borracha (a lo mejor el que estaba borracho era yo) diciéndome:
-Carlo, sensa preservativo; io volio giocare una tómbola con te.- De repente fue una ráfaga de hielo, ni siquiera la había tocado, me vestí como pude y salí disparando de allí; no me animé a volver a la ronda de inversores, a pesar de haberme costado un disparate.
No supe nada más de ella pero todavía recuerdo su sonrisa y sus ojos almendrados cuando un rato antes (acababan de presentarnos) le deslicé la mano entre las piernas sedosas, en el comedor, por debajo del mantel de hilo, mientras un alemán con cara de pájaro se jactaba de sus bicicletas con Bonos del Tesoro y el salón parecía una torre de babel. Ella no usaba nada debajo de la minifalda y se limitó a descruzar las piernas mientras le sonreía a un suizo que parecía Boris Karloff desmejorado. El recuerdo, en medio de la autopista, me excitó tanto que casi meto la trompa del convertible abajo de un camión que tenía pintado, entre firuletes:


TODO BICHO QUE CAMINA VA A PARAR A LA COCINA


A veces pienso que mi mujer está loca. Años pidéndome que dejemos todo arreglado por si nos llega a pasar algo(que pobres los chicos, que no podemos dejarles esa carga para que decidan, que estoy segura de que la jodida de tu hermana me manda a una parcela alejada) y cuando me pongo en campaña para solucionarlo -no aguanto dejar nada pendiente- se va al mazo y no quiere hablar de esas cosas. Ahí empezó toda esta historia.
Los días pasaban, ella sin llamar y yo desesperando volver a escuchar su voz agridulce. Cuando por fin llamó ya me había tragado el anzuelo hasta el fondo. Atacó de entrada:
-Usted tiene miedo de hablar de esto.- Me agarró por sorpresa y con las defensas bajas. Enseguida fue al remate:
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-Si quiere le pongo un remise a su disposición para visitar el lugar. Le va a gustar, es un parque muy bonito.
Recordé lo que me dijera el loco y contraataqué: -¿ Por qué un remise ? ¿ Por qué no me llevás vos ?-
No vaciló: -¿ Cuándo ?
Reculé: -Digamos, la semana que viene.
Ella no iba a aflojar:- Mire que esta semana se acaba la promo. Después cierran la admisión.-
Yo sabía que eran macanas, que las promociones continúan; además siempre sentí placer reteniendo las cosas hasta el límite. Así que:
-La semana que viene- insistí. -Noté su fastidio y calculé que pensaba meter su comisión antes del cierre del mes.
-Lo puedo pasar a buscar por su oficina.- sugirió.
-Esta bien: mañana a la tarde, a las siete.- aflojé. –Te espero en Rond Point.
- ¿ Cómo nos vamos a reconocer ?- su voz sonaba ahora algo burlona.
- Yo te voy a reconocer a vos.- le impuse. -Quiero que
vengas con minifalda blanca y preparada para todo.- Corté sin esperar respuesta y le dije a Paula que me trajera un Chivas. Después me comuniqué con Marcelo y le ordené vender todas las acciones de la petroquímica. Todavía no sé por qué lo hice; pero me devolvió la tranquilidad y creo que no fue tan mal negocio.
El hombre es la medida de todas las cosas, decía el pobre Juan Carlos (lo dijo no sé qué filósofo griego). Yo me burlaba, para fastidio de mi mujer: usted lo dice porque con su altura nos saca ventaja a todos. Medía como dos metros; pero, cuando lo enterramos, el pozo parecía de juguete. Toda la comodidad que uno se consigue termina en este agujero apretado.
Esa noche, mientras cenábamos con los Bedoya, decidí que si con Giovanna me había asustado el contagio (¿ Está seguro que sólo era eso ? escuché preguntar ) esta vez iba a llegar hasta el final. Estoy haciendo buena guita, los pendejos ya tienen todas las macanas que uno pudo transmitirles y no sé si mi mujer no se alegraría de sacarme del medio. Después me dije: Sin miedo, pibe, es un contrato jodido, pero sólo un contrato más.
Se me fue la mano con el vino y los calamares que Tom, el cocinero de Bedoya, prepara mejor que nadie. Me acosté abotagado y tuve un sueño horrendo:
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Ella se había abrazado a mí dentro de la cama, rodeándome con su cuerpo desnudo. Yo la tenía atrapada por las muñecas. Eran tan finas que podrían quebrarse con sólo presionarlas; pero sabía que si las soltaba el peligro era mortal y ella podría tajearme todo el cuerpo, carnearme hasta llegar al corazón. Con las piernas calientes me acariciaba, me envolvía; me besaba las orejas, me mordía los labios. Yo la sostenía con firmeza y me excitaba ese cuerpo ardiente, que se adhería a mí como una piel. Sabía que si me introducía en ella, con sus muñecas firmemente tomadas, no se resistiría, me besaría más y más hasta que me derrumbara por completo. La sentía tomada, entregada.
Pero después yo me hundiría plácido en el calor del sueño, entre brumas que me irían envolviendo, y perdería el control hasta soltar las finas muñecas. Entonces esas manos de uñas filosas, ahora sí, comenzarían a cavar con saña buscando mi corazón.
Desperté espantado, sin poder sacarme ese sueño de encima. Cuidando de no despertar a mi mujer, me serví un Napoleón hasta el tope y salí al jardín. Los cipreses se agitaban contra la luz difusa que surgía de la ciudad y del río llegaba un aroma a flores podridas; me fui calmando tirado en la reposera, al borde de la pileta. Jack se aproximó sin hacer ruído y me lamió la mano. Tenía la trompa fría y los ojos le brillaban en la oscuridad. Pensé que se estaba despidiendo.
Dediqué la mañana a embarrar las pistas. Si alguien pretende quedarse con lo mío (mi ahijado Carlitos, El Gran Depredador; o Bedoya, al que noto cada vez más amable con mi mujer) no le va a resultar fácil: cambié las claves de acceso en las computadoras y en los cajeros, escondí las llaves de los cofres de seguridad y ordené congelar varias operaciones y pasarlas a cuentas numeradas. Total, con lo que tiene mi mujer a su nombre le alcanza para mantenerse y criar a los chicos.
En el Estudio me dí un buen baño de inmersión y le pedí a Paula aquellos masajes; sus manos suaves me untaron el cuerpo con aceite balsámico, como sólo ella sabe hacerlo. Cuando quiso avanzar más allá (Paula es muy sofisticada y eficiente) la detuve. Quería ir a ese encuentro puro como un santo. Me vistió con la ropa adecuada: camisa de seda blanca y traje de lino crudo.
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Estacioné en una calle lateral, me ubiqué en la barra y pedí un calvados. La fauna estaba cambiando: Carla intentó acercarse con grandes demostraciones de ternura pero me la saqué, como siempre, de encima.
Estaba mirando el brillo de las luces en mi copa cuando entró; sin ninguna duda era ella: piernas largas debajo de su minifalda blanca, ojos de tormenta. Fui a su encuentro, la tomé del brazo y la conduje afuera; se dejaba llevar, con una sonrisa tenue y su cuerpo olía a violetas. Cuando le abrí la puerta de su auto y se acomodó para conducir, tiré con disimulo las llaves del convertible en la boca de tormenta.
 
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