EL SEXO FUERTE
Desde niño te enseñan a que los hombres deben proteger, soportar y callar. Pero nadie te enseña qué hacer cuando el enemigo duerme en tu propia cama y tiene la libertad impune de destruirte día tras día.
Al principio eran los gritos, los platos estrellados contra la pared, los insultos a mi hombría delante de quien fuera. Luego llegaron los empujones, las bofetadas, los arañazos que me obligaban a inventar excusas ridículas en la oficina: «El gato me rasguñó», «Me golpeé con la puerta del mueble».
Qué vergüenza. Qué maldita y profunda vergüenza siento de mí mismo al mirarme al espejo y ver a un hombre de metro ochenta temblando ante los pasos de su esposa.
Siempre creí que esto era exclusivo de las mujeres, pues en los periódicos y las noticias plasmaban cientos de casos al día protagonizados por ellas, pero no fue hasta darme cuenta que con cualquier detalle, por mínimo que fuera —una camisa mal doblada, dejar que la comida se enfriara, una llamada de mi madre— podía desencadenar una guerra dónde terminaba lastimado de mil maneras posibles.
El día que finalmente junté el poco valor que me quedaba y fui a denunciar, la realidad me aplastó la cara contra el suelo.
Todavía escucho las risas de los policías en la comisaría.
Recuerdo la mirada burlona del oficial al escuchar mi relato, las miradas cómplices entre ellos y esa frase que se me quedó clavada como un puñal en la garganta: «¿Y usted no se sabe defender, compadre? Vaya a su casa y resuelva sus problemas de pareja, no nos haga perder el tiempo». Salí de ahí sintiéndome diez veces más pequeño, más humillado y más indefenso que antes.
Fue una ironía amarga y desgarradora. A una mujer no la toman muy en serio, pero al menos le abren un proceso, a mí en cambio, me despachan con un mandato de hombría de manual y descartan mi declaración.
Busqué refugio en mis amigos, pero para ellos todo era un chiste de mal gusto. «Te tienen dominado», decían entre risas en las reuniones. «Mira cómo te maneja». Y mi familia... mi propio padre me dijo que no fuera "maricón", que las mujeres tienen carácter y que un hombre de verdad sabe aguantar el temperamento de su esposa.
Nadie me creyó.
Nadie quiere ver el infierno en el que me estoy ahogando.
Para todos, ella es una mujer "imponente" y yo un hombre débil y sin carácter para contradecirla.
Tengo miedo.
Tengo tanto miedo.
Si respondo, me convertiré en otro agresor ante los ojos de la sociedad y las autoridades allí si actuarán, pero si sigo callado estoy a la espera de terminar en el hospital o en la morgue.
Estoy asustado, desamparado, con la reputación destruida y el orgullo hecho pedazos.
Siento una mezcla venenosa de rabia, tristeza y decepción. Rabia contra ella por ser un monstruo alimentado por la impunidad; decepción absoluta conmigo mismo por haber permitido que me despojara de mi dignidad durante tanto tiempo; y un desprecio helado hacia un mundo que decidió darme la espalda solo por ser hombre.


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