Y entonces me acosté y me dormí,
y el puente del tiempo se sacudió.

Desperté
y había otro mañana
y nada me fue conocido.

Salí
y vi por las calles rostros ajenos,
gente riendo,
y sigo sin entender.

No encuentro a mis ruidosos amigos,
no escucho sus voces
y recordé mi casa.

El día pasó,
el tiempo también,
y este me dejó parado en una esquina.

Ha empezado a llover.

Quise correr,
pero di solo unos pasos
y otros más,
y por fin pude regresar.

Volví a dormir
y encontré a mi madre,
vi también a mi padre.
Ellos no me hablaban.

Los abracé
y les dije que los quería,
que los extrañaba,
y que sabía que ya no estaban aquí.

Desperté sin abrir los ojos
y se arrugó aún más mi pecho.


Ahora ya no me conozco.
No sé quién está parado frente a mí en el espejo.

Aunque de niño lo advertí,
despertando una mañana cuando todos dormían,
y pensé:
¿qué sería si yo no estuviera aquí?

Mi respuesta fue comparar eso
como si fuera un libro cerrado,
oscuro y silencioso.

Recordé también una tarde lejana:
me quedé dormido profundamente
y desperté asustado.

Rayos…
¡ya es otro día!, pensaba.
Esta tarde que me dormí ya pasó,
ya se fue.
No sé qué ocurrió,
¿dónde están todos?

Luego los encontré a todos,
a mi familia,
viendo televisión a oscuras,
y me sentí aliviado,
confortado:
aún estaban allí.


Ahora estoy sentado,
a oscuras,
y pienso en todo.

Y me doy cuenta,
de que el libro ya está cerrado,
pero aún sigo aquí.

Presenciando el tiempo,
viendo que todos se van
y que las gentes que antes me acompañaban
ya no están.

¿Por qué sigo aquí?
Yo también debí irme.

Comienzo a sentir miedo.
Este mundo no lo conozco.

La luz se ve distinta,
el sol es más inclemente.

Recuerdo de niño
un mediodía saliendo de un control médico infantil.
Mi madre nos llevó luego a la playa.

Jugaba feliz con un carrito arenero
que me compró.
El cielo estaba azul,
el mar también,
y el sol era como un amigo agradable.

La tarde se hizo dorada
y su reflejo jugaba en las olas,
saltando por todos lados.

Aún lo recuerdo.


Ya no soy una persona.
Ya no sé qué soy.

De repente,
la sonrisa de un niño
o alguna melodía hermosa
me humaniza.

Pero dentro
ya no llevo nada.
Se me cayó todo mientras caminaba.

Ya no me importa si es de día.
Tampoco si es de noche.

Página 2

El tiempo me dio la espalda
y me dejó parado en una esquina,
pero se llevó todo.

Y me dejó un agujero negro frente a mí.
Lo veo,
pero no puedo alcanzarlo.

Como una burla.
Tan irónico.

Todos se están yendo
y no puedo seguirlos.
Yo no quería esto.


Madre, extraño tus comidas,
tu amor y tus palabras.
Padre, extraño tu canto,
tu guitarra
y tus momentos alegres.

Son para mí un tesoro
que quedó impregnado.
Los llevaré siempre,
aunque ande en la oscuridad.

Y quizás vuelva a verlos
una de estas noches,
si hay suerte.


Esta enfermedad crónica
del tiempo ausente
no tiene fin.

Ya no necesito dormir,
aunque es un escape,
una visita a un mejor momento.

Aunque sea breve y volátil,
hace llevadero el viaje,
si es que se le puede llamar así.

No hay destino,
solo el existir constante.


En algún momento tendré que salir,
caminar y huir,
alejarme y empezar
y otra vez terminar.

Salir,
caminar
y huir.

Buscaré un rincón en tierras lejanas.
Mi equipaje lo arrastro,
es muy pesado.

Algunas cosas quedarán atrás.
Ya no las necesito.

Solo quiero llegar a un lugar lejano
y cerrar este libro,
volverlo oscuro y silencioso.

Pero parece
que no será así.

120

Cargando comentarios...