Estaba convencido de que no le tenía miedo a nada, que mi mente era mas poderosa de lo que podría ser mi cuerpo. Pero en momentos como estos, mis manos temblorosas me delatan y me sumergen en el abismo de la incertidumbre. No he llorado en todo el día, el corazón lo tengo apretado y como si se resistiera a la vulnerabilidad, no deja salir ni una gota de llanto. No he perdido la esperanza, considero que la transformación siempre es posible, incluso en un mundo donde gana el odio por encima de la vida.

He vuelto a escribir, mi corazón no les ha pedido permiso a mis manos y ha decidido desbordarse. He pensado en lo frágiles, en lo pequeños que podemos ser cuando algo mas grande o que parece serlo nos amenaza. Esta semana perdí más de lo que esperaba, he recolectado miedos con la sencillez de un coleccionista de piedras.

Hoy aprendí que la dimensión entre lo que quiero y lo que puedo hacer se define por magnitudes de poder. Y con un beso de mi madre (esos que son señal de consuelo y que reafirman la gran incidencia de las crisis), me derrumbé. Morí en mi oscuro cuarto, sin luz, sin salida y sin mi capacidad cotidiana de sonreírle a los problemas.

Solo espero que el comienzo de una semana, pueda ser el comienzo de algo de lo que al menos pueda aferrarme.

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