Y al voltear desde mi pupitre,
mirándola, no pude describir lo que veía.
Recuerdo y me decía: no puedo creerlo.
Estaba allí, tan serena, tan callada,
y yo, tan idiota e infantil.
Pasaban los días y le observaba, la espiaba.
Ese color marrón castaño de su cabello,
esos ojos, esa boca, esa mirada ajena y dulce,
tan serena, tan distante.
Maldición, sentí ser arrastrado y no hice nada.
De pronto me encontré en ese vórtice tan sutil.
Buscaba pretextos y formas disimuladas de acercarme,
y ella siempre tan serena y quietecita.
De vez en cuando soltaba esa mirada fulminante en mí,
como un castigo o un premio… Maldición, ¡esos ojos dormidos!
De repente me encontré escribiendo notas y cantando canciones.
¡Rayos! Que alguien detenga esto.
Era solo el momento, y esos días eran intensos.
Las tardes en el salón de clases ya no eran largas,
y los días se hicieron cortos.
De ser payaso, quizás me hice simpático,
y alguna vez vi que me sonreía. «¿Ya te diste cuenta?», me dije.
Y me aseguré que nadie más.
Poco a poco me acerqué,
decidido a desafiarla. Cruzamos algunas palabras,
y me di cuenta lo inteligente que era,
y me di cuenta también que era un niñato tonto.
Comencé a elegir mejor mis palabras, posturas y actitudes.
Estaba muy enfocado, y sus ojos me miraban, y a veces no.
Todavía recuerdo esa etérea atmósfera.
Sabía que empezaba a gustarle, y me costó.
Mis días flotaban, y ahora pensé acercarme más…
El año terminaba, y las noticias llegaron a mí.
No vino en los siguientes días.
Ya no estaría para el siguiente año.
Su destino era una ciudad lejana.
No iba a terminar el año escolar,
y peor aún, se iba dentro de dos días.
¿Cómo se describe esto?
Sentir cuando corres y de repente no tienes piso.
Sentir como si te quitaran algo y te quedas ahí,
sorprendido, sin voz ni voto, sin derecho o elección.
De lleno aprendes que te quitan un pedazo tuyo.
Escuchas la risa despiadada e irónica del destino.
«Ese niño, ese corazón tierno, esa inocencia…»
Ves como una hiena viene y muerde su presa del cuello,
y se va corriendo con ella, riéndose…
Quedé callado, y solo por impulso escribí una carta
y puse todo lo que no pude decir.
Tomé mi bicicleta, salí corriendo como un loco,
llegué a su casa y lo pasé bajo su puerta, ya sin esperar nada,
y me fui de ahí sin querer hablarle.
Era un niño molesto, frustrado y desorientado.
No quise pensar más en ello.
El tiempo transcurrió, y una noche caminaba junto a unos amigos.
Un auto estaba pasando, y un rostro conocido me miró desde dentro.
Vi esos ojos despidiéndose, y así fue…
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