La Procesión y la Provincia...
Finalizaba la primera semana de Septiembre y por esas estrechas calles, en esa noche fría, la procesión avanzaba también. La gente se apretaba cada vez más y yo, perdido en mis pensamientos —poco religiosos—, solamente pensaba en cómo acercarme a Julia. Pero creo que en este lugar no iba a ser posible; había muchas miradas. Tal vez podría ser más audaz y esperar fuera de su casa, y en algún momento encontrarla "de casualidad" para hablarle de mis planes. Y, de repente, despertaba abruptamente de mi pensamiento calentón y miraba la vela de la anciana que estaba a mi costado; tenía un poco de temor de que me quemara la cara o el cabello. ("No empujen, carajo", pensaba).
Entonces ya nos acercábamos a la cuadra, o la calle donde vivíamos junto con mis otros vecinos, y para eso la gente ya se había preparado toda la mañana y la tarde trabajando en ello. En uno de los callejones de la cuadra habían tendido, sobre unas sillas de madera, unas cañas guayaquil que eran muy grandes y pesadas, y con papeles de colores recortados les pegaban, untándolos con engrudo que habían preparado los vecinos, para decorar estas grandes cañas que servirían de "arco" por donde pasaría el anda de la Virgen Patrona.
En esta tarea, muchos muchachos afanosos llegaban a participar en cualquier actividad en estos días festivos de la provincia. Para ese tiempo, la fe de la gente mayor se mezclaba con el espíritu adolescente, creando un ambiente de expectativa en las siguientes horas por venir. Cada quien tenía su mundo dentro y cada quien vivía ese momento a su manera: creyentes devotos, feligreses acérrimos y unos que otros fanáticos. Pero, valgan verdades, muchos hombres, mujeres, chicos y chicas tenían este evento como un punto de encuentro culminante por estos días de verbena, para "ver" o "encontrarse" con quien les movía el piso. Y una de esas ovejas negras era yo. Como un buen chico, cumplía con las normas y las buenas costumbres, pero mi voluntad era comandada por Natura, quien impone sus leyes de preservar la especie —toda una carrera loca e implacable—, así que creo que no era el único en una situación así.
La procesión entraba ya a la cuadra y, justo en la esquina de esa calle, había un coliseo de gallos. Con toda la bulla y el jolgorio que se escuchaba por dentro —la música criolla, los griteríos y las apuestas—, el cura que estaba al frente de la procesión ordenó al sonidista, que ponía la música de procesión en un vehículo que seguía la procesión —valga la redundancia—, que le aumentara más el sonido. Y desde dentro del coliseo el sonido también aumentaba. Entonces el cura, esta vez, pidió todo el volumen; era una procesión muy sonora, pero dentro del coliseo volvieron a subir el volumen y aún más... El cura se abrió paso caminando y todos le miraban; llegó a la esquina, se metió dentro del local y, un minuto después, se apagó la música del coliseo. El cura salió con su cara que daba miedo y ordenó que la procesión continuara. (¡Caramba, eso es poder!). Y así, de nuevo, comenzó la marcha procesional. Levantaron el anda, precedido de unos campanazos, y continuó la caminata hasta acercarse al altar que habían hecho los vecinos —usaron, por cierto, un escritorio de mi casa que era muy robusto y grande— y pusieron muchas imágenes y fotos de la Virgen Patrona de la provincia y muchas velas y luces también.
Sonaron otra vez los campanazos y el anda se detuvo y lo bajaron otra vez. Por mi parte, me moría de hambre y me aseguré de acercarme lo suficiente para cuando el anda se detuviera y convidaran unos bocados ("ponche de maní" con "sándwiches de asado" y pedazos de "queque casero"). Claro está que después de las oraciones y cantos a la Virgen. Y, por suerte, la vecina quien se encargaba de la comida a mí y a mis hermanos nos quería mucho, como a sus hijos, así que la comida estaba asegurada.
Entonces, terminaron las oraciones y, luego de la comida breve, sonaron los campanazos otra vez y también unos "camaretazos" o bombardas en honor a la Virgen, que ya se despedía de la cuadra y que ya atravesaba el arco decorado e iluminado, y que tenía una piñata colgando, esperando que el anda pasara. Para cuando jalaron la soguilla, esta se desprendió de la piñata y casi se arruinaban los planes de estas actividades, de no ser por la iniciativa y solución del muchacho más osado e intrépido del barrio, que pegó una escalera —ayudado por otros— y llevó un palo largo con un gancho de metal amarrado, que se usaba para sacar mangos de las mismas "matas" o árboles de la cuadra, y salvó la noche jalando y abriendo la piñata, que liberó mucho papel metálico menudito y un par de palomas blancas mareadas que ya andaban asfixiándose y que apenas pudieron volar. Y todos... "¡Bravooooo...! ¡Que viva la Virgen...!" Y sonaron los campanazos y la marcha, y la gente se puso a andar otra vez.
Y delante de la procesión, como acto final, un par de muchachos de la cuadra, por iniciativa propia, improvisaban parte del Vía Crucis. Uno de ellos, vestido de harapos, personificaba a Cristo, y el otro muchacho, de soldado romano, simulaba "castigarlo" con una correa delgada de cuero como si fuera un látigo, y golpeaba al piso simulando los azotes. Y de repente, sin que nadie lo esperara —y hasta ahora no se explica el porqué—, pero el muchacho "romano" le dio un correazo de verdad en la espalda. Sonó el golpe tan fuerte —pero no tanto como al muchacho, que volteó adolorido gritando—: "¡Auuuu, concha tu mareee...!". Un breve silencio, y después todo el acto religioso se cayó al suelo y todo estalló en carcajadas de propios y ajenos al barrio. Recuerdo a mi madre llorando de la risa —literal—, persignándose e inevitablemente riendo. Fue todo un acontecimiento. Finalmente, la marcha continuó...
Regresando a casa, de haber acompañado la procesión por muchas cuadras y de haber estado con mis amigos también, estaba cansado. Llegando, vi la puerta semiabierta; estaba oscuro pero con la luz tenue del televisor, que creaba un ambiente azulado en la salita de mi casa. Recuerdo ver a mi padre y a mi hermano sentados, viendo una película; mi madre y mis otros hermanos ya estaban durmiendo. Y fue un momento perfecto para cerrar la noche junto a ellos.



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