EL ESCRITOR OLVIDADO
Capítulo III
Tenía ganas de ver a Coco. Hacía tiempo que no sabía nada de él. Estábamos medio perdidos.
Lo llamé al celular.
Suena y suena. Nada. Atiende el contestador.
¡Siempre lo mismo con vos Coco! ¡Atendéme, carajo!
Volví a intentar. Sonaba… ¡Atendió!
–¡Hola Coco! Amigo.
–¡Cumpa querido! Patito. ¿Cómo anda ese compañero de la vida?
–Bien. ¿Qué te parece si nos vemos? Tomamos unas birras, ¡qué sé yo! Charlamos.
–¡Pero compañero! Usted sabe que yo siempre estoy.
–Bueno, dejemos las pavadas a un costado Coco. ¿Nos vemos, sí o no?
–¡Obvio! Veníte a mi casa, amigo.
–Pero Coco… vos estás en caballito.
–¿Y qué problema hay?, boludo.
–Me jode tremendamente ir allá. Dale, veníte a Floresta. ¡Copáte!
–Bueh… está bien. En media hora voy.
–Genial. ¡Sos un grande Cocardo!
–Abrazo, amigo. Te quiero.
Lo cierto fue que Coco cumplió y vino bastante puntual (hora y media después de lo acordado). Increíble.
Fuimos a un maxikiosko a comprar una cerveza y la tomamos en la calle, ahí nomás, sentados en la entrada de una casa. Como habíamos hecho siempre.
Me contó algunas cosas que yo no sabía, por ejemplo, que habían metido en cana a un par de conocidos y que algún otro había muerto, vaya uno a saber por qué. Lo cierto es que después de escuchar esas cosas, me quedé helado y pensativo.
Coco lo notó y me lo hizo saber en seguida. Pero yo seguí atónito su relato, aunque pretendía disimular estúpidamente.
Entonces, terminada la cerveza, Coco se ofreció gentilmente a invitarme a su casa.
Hacía calor, un calor insoportable y él tenía más cervezas en su heladera. Le avisé a mi mujer por celular y emprendimos el camino hacia caballito.
No me agrada mucho ese barrio, a pesar de haber vivido allí dos años. Está repleto de gente extraña que, a pesar de conocerlo a uno, es decir, de verlo todos los días, no son capaces ni siquiera de saludar. Aunque más tarde comprendí que solo se trataba de una presunción mía, pues eso ocurría en otros lados también.
En caballito se crio mi madre, y yo cuando apenas era un niño. Pero ha cambiado tanto…
Al entrar, Coco fue directo a la cocina, destapó una cervecita y empezamos a charlar más profundamente.
–Pato, me quedé pensando qué nos está pasando como sociedad…
–¡Aha! Yo me pregunté lo mismo hace dos días.
–¿Te diste cuenta cómo cambió la gente en el barrio? Floresta ya no es igual.
–Es cierto. Pero no sólo ahí.
–Es cierto. La gente va por la calle y habla sola, gesticulan y hasta se enojan. ¡Estamos mal, che! Muy mal.
–Veo un destino cada vez más duro, difícil. La gente lo percibe, se da cuenta. Todo cambia pero hacia un camino raro. No puedo determinar si es mejor o no, porque no estoy capacitado, pero te puedo asegurar que este cambio no me gusta. Huelo a podrido.
–Sí, yo también. Hay un tufo raro. ¿Qué carajo nos pasa, Patito? No hay un mango en ningún lado, hermano. Los comercios cierran definitivamente. Las familias ya no salen como antes, porque no tienen un peso partido a la mitad. Mirá, te voy a contar algo insólito para que veas hasta donde llegamos. La semana pasada me encontré cincuenta pesos tirados en la calle…
–¿Eran buenos? –pregunté.
–¡Sí! Casi me pongo a llorar de la emoción. ¡Pero no por los cincuenta, sino por hecho de haberlos encontrado en la calle, hermano! ¿Entendés?
–Claro, entiendo.
–Hoy día, encontrarse un billete en la calle es casi un milagro.
–Sí, ¡y que lo digas!
–No hay reactivación laboral; no hay consumo y, por lo tanto, hay una depresión muy fuerte en la economía. La gente no come hermano. ¡No morfa! Esto es de terror. Y para colmo, ¿oíste hablar de ese virus que hay en China?
–Sí. Nosotros lo vamos a vivir por primera vez. A veces pienso que a nuestra edad, medio siglo cada uno, vivimos semejante nivel de incertidumbres.
–Una locura. Esto es casi un genocidio.
–Tenés razón. Es un genocidio.
De repente, Coco me dijo algo que parecía tenerlo guardado desde un tiempo largo:
–Pato, hay una pregunta que quiero hacerte, pero no estás obligado a responder.
–Preguntáme.
–¿Cómo fue que escribiste esa novela?
–Tomé unas hojas, un lápiz y me senté a escribir.
–¡No dale, en serio che!
Respiré profundo, tomé un buen sorbo de cerveza y como pude respondí.
–Mirá Coco, para escribir hay que sufrir. Yo sufrí la falta de un techo por años. Quizá por eso, un día, derrotado, ensimismado, frustrado y desesperanzado, decidí escribirlo. Plasmar en papeles historias que les pasa a muchos es algo perversamente divertido y difícil a la vez. Incluso a veces produce un cierto grado de excitación; o de revancha, si se quiere. Y el escritor ahí, en silencio, tenía un arma secreta que nadie podía descubrir: La escritura. Eso fue un motivo muy alentador entre tanta desolación. Una tregua con la vida, si querés verlo de ese modo. Porque la vida misma me ofrecía la posibilidad de expresarme con la más absoluta libertad sin que alguien pudiese censurarme. O criticarme. Sin embargo, me llevó tiempo. Pero a medida que avanzaba en la obra y releía una y otra vez el texto, notaba que faltaban cosas y otras sobraban, pero en general sentía una gran satisfacción.
–¡Vos sos un ídolo material, Patito! Pero insisto, ¿cómo hiciste ese libro?
–Los retazos de la realidad sirven de alimento a los personajes de un texto, Coco.
–¡Bravo! –Coco aplaudía–. ¡Ídolo!
–Y no soy ningún ídolo. No te confundas Coco. No te confundas.
–¡Sos mi amigo, el escritor famoso del barrio!
–Sí. Como quieras. Pero un amigo no tiene que ser un ídolo.
–Bueno. ¡Está bien che! No lo tomes como algo personal. Fue solo una expresión de un cumpa que está emocionado por su amigo premiado.
–Está bien, Coco. Solo quería decir que no está bueno idolatrar amigos. Somos todos iguales. ¿Estámos? Todos.
–Sí, Patito –asentaba riéndose–, está claro. No te enojes.
–¡Pero me cago en leche! ¡No me enojo! ¡Intento decirte que no me gustan las palabras al pedo, che! Ídolo, es una grandilocuencia innecesaria.
Coco se quedó callado. Creí que no me había entendido. Y sirvió otro liso de birra, para ambos. Pero solo atinó a murmurar:
–Vos sos religioso. Te comprendo.
–Te voy a decir algo que nunca se lo dije a nadie. Pero lo creo fervientemente y es mi humilde opinión. Si el escritor y el religioso viven en una misma persona, el lado religioso de esa persona, no puede escribir novelas como así tampoco, un escritor no puede escribir pensando en la biblia o en la religión. Ahora, la diferencia radica en que si el escritor critica al religioso, como ha demostrado la Literatura Universal, éste último, sin embargo, lo perdona.
–Me perdí un poco, amigo –dijo Coco, con una humildad conmovedora.
–Bien. Veámoslo así: el escritor juzga y critica con dureza al religioso; en cambio el religioso lo perdona todo. Aunque ambos sean una misma persona.
Hubo un silencio de sepulcro.
Lo cierto fue que después de ese diálogo, se quedó mirándome como si fuera un extraño o alguien a quien nunca había visto.
Tenía ganas de ver a Coco. Hacía tiempo que no sabía nada de él. Estábamos medio perdidos.
Lo llamé al celular.
Suena y suena. Nada. Atiende el contestador.
¡Siempre lo mismo con vos Coco! ¡Atendéme, carajo!
Volví a intentar. Sonaba… ¡Atendió!
–¡Hola Coco! Amigo.
–¡Cumpa querido! Patito. ¿Cómo anda ese compañero de la vida?
–Bien. ¿Qué te parece si nos vemos? Tomamos unas birras, ¡qué sé yo! Charlamos.
–¡Pero compañero! Usted sabe que yo siempre estoy.
–Bueno, dejemos las pavadas a un costado Coco. ¿Nos vemos, sí o no?
–¡Obvio! Veníte a mi casa, amigo.
–Pero Coco… vos estás en caballito.
–¿Y qué problema hay?, boludo.
–Me jode tremendamente ir allá. Dale, veníte a Floresta. ¡Copáte!
–Bueh… está bien. En media hora voy.
–Genial. ¡Sos un grande Cocardo!
–Abrazo, amigo. Te quiero.
Lo cierto fue que Coco cumplió y vino bastante puntual (hora y media después de lo acordado). Increíble.
Fuimos a un maxikiosko a comprar una cerveza y la tomamos en la calle, ahí nomás, sentados en la entrada de una casa. Como habíamos hecho siempre.
Me contó algunas cosas que yo no sabía, por ejemplo, que habían metido en cana a un par de conocidos y que algún otro había muerto, vaya uno a saber por qué. Lo cierto es que después de escuchar esas cosas, me quedé helado y pensativo.
Coco lo notó y me lo hizo saber en seguida. Pero yo seguí atónito su relato, aunque pretendía disimular estúpidamente.
Entonces, terminada la cerveza, Coco se ofreció gentilmente a invitarme a su casa.
Hacía calor, un calor insoportable y él tenía más cervezas en su heladera. Le avisé a mi mujer por celular y emprendimos el camino hacia caballito.
No me agrada mucho ese barrio, a pesar de haber vivido allí dos años. Está repleto de gente extraña que, a pesar de conocerlo a uno, es decir, de verlo todos los días, no son capaces ni siquiera de saludar. Aunque más tarde comprendí que solo se trataba de una presunción mía, pues eso ocurría en otros lados también.
En caballito se crio mi madre, y yo cuando apenas era un niño. Pero ha cambiado tanto…
Al entrar, Coco fue directo a la cocina, destapó una cervecita y empezamos a charlar más profundamente.
–Pato, me quedé pensando qué nos está pasando como sociedad…
–¡Aha! Yo me pregunté lo mismo hace dos días.
–¿Te diste cuenta cómo cambió la gente en el barrio? Floresta ya no es igual.
–Es cierto. Pero no sólo ahí.
–Es cierto. La gente va por la calle y habla sola, gesticulan y hasta se enojan. ¡Estamos mal, che! Muy mal.
–Veo un destino cada vez más duro, difícil. La gente lo percibe, se da cuenta. Todo cambia pero hacia un camino raro. No puedo determinar si es mejor o no, porque no estoy capacitado, pero te puedo asegurar que este cambio no me gusta. Huelo a podrido.
–Sí, yo también. Hay un tufo raro. ¿Qué carajo nos pasa, Patito? No hay un mango en ningún lado, hermano. Los comercios cierran definitivamente. Las familias ya no salen como antes, porque no tienen un peso partido a la mitad. Mirá, te voy a contar algo insólito para que veas hasta donde llegamos. La semana pasada me encontré cincuenta pesos tirados en la calle…
–¿Eran buenos? –pregunté.
–¡Sí! Casi me pongo a llorar de la emoción. ¡Pero no por los cincuenta, sino por hecho de haberlos encontrado en la calle, hermano! ¿Entendés?
–Claro, entiendo.
–Hoy día, encontrarse un billete en la calle es casi un milagro.
–Sí, ¡y que lo digas!
–No hay reactivación laboral; no hay consumo y, por lo tanto, hay una depresión muy fuerte en la economía. La gente no come hermano. ¡No morfa! Esto es de terror. Y para colmo, ¿oíste hablar de ese virus que hay en China?
–Sí. Nosotros lo vamos a vivir por primera vez. A veces pienso que a nuestra edad, medio siglo cada uno, vivimos semejante nivel de incertidumbres.
–Una locura. Esto es casi un genocidio.
–Tenés razón. Es un genocidio.
De repente, Coco me dijo algo que parecía tenerlo guardado desde un tiempo largo:
–Pato, hay una pregunta que quiero hacerte, pero no estás obligado a responder.
–Preguntáme.
–¿Cómo fue que escribiste esa novela?
–Tomé unas hojas, un lápiz y me senté a escribir.
–¡No dale, en serio che!
Respiré profundo, tomé un buen sorbo de cerveza y como pude respondí.
–Mirá Coco, para escribir hay que sufrir. Yo sufrí la falta de un techo por años. Quizá por eso, un día, derrotado, ensimismado, frustrado y desesperanzado, decidí escribirlo. Plasmar en papeles historias que les pasa a muchos es algo perversamente divertido y difícil a la vez. Incluso a veces produce un cierto grado de excitación; o de revancha, si se quiere. Y el escritor ahí, en silencio, tenía un arma secreta que nadie podía descubrir: La escritura. Eso fue un motivo muy alentador entre tanta desolación. Una tregua con la vida, si querés verlo de ese modo. Porque la vida misma me ofrecía la posibilidad de expresarme con la más absoluta libertad sin que alguien pudiese censurarme. O criticarme. Sin embargo, me llevó tiempo. Pero a medida que avanzaba en la obra y releía una y otra vez el texto, notaba que faltaban cosas y otras sobraban, pero en general sentía una gran satisfacción.
–¡Vos sos un ídolo material, Patito! Pero insisto, ¿cómo hiciste ese libro?
–Los retazos de la realidad sirven de alimento a los personajes de un texto, Coco.
–¡Bravo! –Coco aplaudía–. ¡Ídolo!
–Y no soy ningún ídolo. No te confundas Coco. No te confundas.
–¡Sos mi amigo, el escritor famoso del barrio!
–Sí. Como quieras. Pero un amigo no tiene que ser un ídolo.
–Bueno. ¡Está bien che! No lo tomes como algo personal. Fue solo una expresión de un cumpa que está emocionado por su amigo premiado.
–Está bien, Coco. Solo quería decir que no está bueno idolatrar amigos. Somos todos iguales. ¿Estámos? Todos.
–Sí, Patito –asentaba riéndose–, está claro. No te enojes.
–¡Pero me cago en leche! ¡No me enojo! ¡Intento decirte que no me gustan las palabras al pedo, che! Ídolo, es una grandilocuencia innecesaria.
Coco se quedó callado. Creí que no me había entendido. Y sirvió otro liso de birra, para ambos. Pero solo atinó a murmurar:
–Vos sos religioso. Te comprendo.
–Te voy a decir algo que nunca se lo dije a nadie. Pero lo creo fervientemente y es mi humilde opinión. Si el escritor y el religioso viven en una misma persona, el lado religioso de esa persona, no puede escribir novelas como así tampoco, un escritor no puede escribir pensando en la biblia o en la religión. Ahora, la diferencia radica en que si el escritor critica al religioso, como ha demostrado la Literatura Universal, éste último, sin embargo, lo perdona.
–Me perdí un poco, amigo –dijo Coco, con una humildad conmovedora.
–Bien. Veámoslo así: el escritor juzga y critica con dureza al religioso; en cambio el religioso lo perdona todo. Aunque ambos sean una misma persona.
Hubo un silencio de sepulcro.
Lo cierto fue que después de ese diálogo, se quedó mirándome como si fuera un extraño o alguien a quien nunca había visto.
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