Capítulo II
 
 
Como ya dije, tengo cincuenta años y pasé cuarenta en el barrio de Floresta. Tuve muchas idas y vueltas pero finalmente me casé con la mejor mujer del mundo y tengo un hijo con ella, Pedro. Le puse ese nombre por San Pedro, mi apóstol preferido. Antes de todo esto, la tuve a Ailin, una hija-novia que me reta y me hace sentir a la vez un papá de treinta. Ella ya es grande, tiene veinticinco años y Pedro, tres. Ailin es una mujer extraordinaria y muy especial en mi vida.
Sí, lo sé… soy un padre con alma de abuelo y un gran mal criador, con todos los errores. Lo sé. Pero soy padre, y me debo a ello.
No sé por qué les cuento esto, tal vez no les interese. Creo que suma para que me conozcan un poco más. No pretendo fastidiar con asuntos propios aunque sin embargo, presiento que vamos por un mismo camino. Como un microcosmos.
En Floresta todos me conocen y saben que soy escritor.
–¡Hola escritor! –gritaban algunos al verme.
–Hola –respondía siempre con timidez.
No entendía el motivo, pero lo cierto es que todos habían leído mi última novela, El techo, y eso parecía ser un disparador inevitable sobre mí.
Floresta es un barrio tranquilo, hermoso y muy familiar. Voy por la calle y me siento como si estuviera en mi casa. Tiene plazas, centros comerciales, muchas pizzerías, aunque a mí me encanta amasar pizzas. ¡Qué va a ser! ¡Ah!, casi lo olvido; también tiene una estación de tren: la estación Floresta del ramal Sarmiento, que dicho sea de paso, la odio. Porque odio el tren. A partir de las siete de la mañana el ruido del tránsito no se hace esperar. A veces es insoportable, pero si no está, lo extraño.
De todos mis conocidos en el barrio, bien puedo decir que Coco es mi mejor amigo. El único amigo; al menos eso creía. Es cinco años mayor que yo, aunque se esfuerza en que esa diferencia no se note demasiado. Más bien, diría que soy yo el que parece ser el viejo en cada encuentro.
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Otro que podría ser considerado amigo, es el Dr. Derek Kessler, un abogado penalista alemán, que vino al barrio en los ’90 y se supo ganar el cariño de la gente, quizá por su sencillez y humildad. Bien podría haber sido mi amigo, pero esta vida caprichosa lo quiso simplemente vecino. De política nunca opinó, incluso le escapa pavorosamente a ese terreno; y acá, en Argentina, comenzó a gustarle el fútbol y se hizo de Racing. Pobre…igual lo respeto y le quiero.
En general, todo transcurre normalmente en mi vida: mi vieja, mi tía, mi hermano con su familia y así va pasando el tiempo, que parece tenernos en la mira a todos.
Una noche de enero, calurosa y pesada, fui a la casa de Coco, en caballito. En la calle se escuchaban todo tipo de canciones. Era verano. Algunos bailaban en la puerta de sus casas…y Coco también. Me causó mucha vergüenza, jamás haría eso. No por algo en particular, sino porque lo detesto.
Pero aquí empieza otro apartado, en caballito.
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