EL ESCRITOR OLVIDADO
Capítulo IV
–Pato, ¿te acordás de Fabián? El francés.
–¡Firus!
–¡Ja!¡Ja!, sí, un gran Firus.
–Pobre tipo. Me acuerdo, pero con asco.
–Bueno, no la está pasando nada bien. Está en cana, Patito, ¡en cana!
–Se lo merece ese hijo de puta.
–Sí, lo sé. Se burlaba mucho de vos, de tu escritura…
Caminábamos por el barrio y de repente un grupo de gente grande me empezó a insultar sin ningún motivo.
–¡Traidor! ¡Sorete! ¿Te creés importante ahora? ¡Idiota! ¡Garca!
–¿Y éstos? –pregunté a Coco, atónito.
–No les des bola.
–¡Pero me insultan! ¿Qué les hice?
–Nada. Escribiste una novela, y te fue bien.
–¿Cómo?
–Sí. Es así. Bancala, Patito, bancala…
Un domingo de febrero, antes de los carnavales de floresta, un muchacho de baja estatura y de pelo cortísimo, corría por una calle cerca de la avenida Segurola.
Se sentó en la entrada de un edificio enorme, en una esquina y permaneció sin respirar.
Había fallecido.
La policía y una ambulancia estaban llegando.
Pero antes de morir, alguien le escuchó decir:
“Ese escritor de mierda, gorilón y vigilante”…
Recuerdo que me quedé mirando el piso de la calle y un viejo vecino se me acercó y mirando hacia otro lado me susurró algo parecido a esto:
“Te ves como un bote a la deriva en un gran lago de Galilea tal vez tranquilo pero agitado por corrientes profundas. Pibe, ojo con las chispas que pueden encender la pradera”.
Confusa y fragmentariamente, elegimos un camino y no sabemos adónde mierda vamos a parar. No sabemos ni siquiera si vamos a lograr, al menos, un centímetro de lo planificado.
De repente tuve la sensación de que alguien estaba a mis espaldas, mirándome. ¡Qué horrible sensación! Pero… ¿y si no es así? ¡Por Dios! ¿Qué pasa en floresta?
Coco se acercó también, me tomó de un hombro y me retiró de ese lugar. Paró un taxi, y me llevó otra vez a caballito. A tomar algo a un bar, o algo parecido, cerca del Cid Campeador. Otro sitio habitué de Coco.
La madrugada se había esfumado como el sueldo de un laburante. Ya casi amanecía. Pero aún sentía que aquello sucedía delante de mis ojos.
Claro que, cuanto más hablábamos del tema, menos podía creerlo.
Coco trató de ayudarme, intentando en vano hacerme entender que no tenía nada que ver, y que lo que le sucedió a aquél muchacho había sido una circunstancia desafortunada. Fuera de lo normal.
–Coco, ¿será que esto me pasa por ser tan directo, tan… duro? No quiero saber más nada, hermano. Estoy podrido.
–Pato –dijo Coco–, porque sos así, es que te elegí como amigo. Pero te comprendo.
Y yo pensaba que él necesitaría todavía muchos años para alcanzar a entender el significado de algunas palabras que le decía. Lo había subestimado. Pero estaba equivocado. Coco entendía todo. Con una mirada bastaba.
Ya en plena caminata por la calle. Había refrescado. Estábamos cerca de una Iglesia.
–Coco ¿oís campanadas? –pregunté, medio confundido.
Él agudizó su oído y contestó que no.
–¿Qué pasa con las campanadas? –preguntó Coco en seguida, ya algo fastidioso.
–Nada, es que a veces oigo campanadas reales y otras veces, campanadas mentirosas.
Se había dado cuenta de que en caballito me estaba faltando el aire. Me ahogaba. Entonces pidió un Uber y me trajo a floresta.
Ese viaje fue un infierno. No podía del mareo. Quería que volviéramos cuando ya habíamos hecho más de la mitad del camino. Estaba descompuesto y hecho una furia.
Ni bien llegamos a la avenida Gaona, comencé a respirar mejor.
–Ya estás en tu casa, Patito –dijo Coco sonriente.
–¿Y entonces? –pregunté de la nada.
–¿Entonces qué?
–Nada, que me metí en un viaje, Coco.
–¡Andá a cagar Pato!
–Me pregunto qué podrá significar –dije después–. ¿Vos creés en el significado de los sueños?
–¿Vos querés decir lo de las campanadas?
–No, no. Bueno, también eso, por qué no. Aunque los sueños son misteriosos. Es como que nadie puede salir indemne de eso. ¿No creés?
Coco se rio, con la misma risa extraña de un loco fuera de toda razón. Una risa que no pertenecía a esa charla.
No solo experimenté sorpresa sino decepción al suponer que aquello me alejaba por no poder comprender la risa de Coco, ya que, después de todo lo que habíamos hablado en ese amanecer, hasta un ciego podría haber visto ciertas discordias que harían imposible mi vuelta al barrio.
Estaba harto de los insultos y la falta de respeto.
A punto de entrar a casa, un trasnochado se plantó frente a mi humanidad para increparme:
–¡Sorete! ¡Oligarcón! Andáte del barrio. Aquí no sos bienvenido.
Se quiso acercar haciéndose el matón. Al principio sentí temor. Ese temor previo a una pelea que te avisa de un peligro inminente; pero luego la bronca me desbordó y lo frené de un empujón. Quiso reaccionar, como es lógico. Lo miré fijo y profundo, como diciéndole: “estoy dispuesto a todo”. El tipo se retiró enseguida, corriendo por Camarones.
–¿Qué es esto? –me dije–. ¿Oligarcón? ¡Justo Yo! Por favor… ¡Imbéciles!
En seguida advertí que Coco aún estaba cerca. Lo había visto todo. Hasta él mismo había quedado perplejo: por un lado parecía que todos resultaban ser parte de una broma, por otro, sentía que de algún modo esas expresiones manifestaban sabiamente lo que pensaban.
–¿Tanto les debo? –pregunté mortificado.
Y con extremo pudor, Coco murmuró: “No es tu culpa”.
–Pato, ¿te acordás de Fabián? El francés.
–¡Firus!
–¡Ja!¡Ja!, sí, un gran Firus.
–Pobre tipo. Me acuerdo, pero con asco.
–Bueno, no la está pasando nada bien. Está en cana, Patito, ¡en cana!
–Se lo merece ese hijo de puta.
–Sí, lo sé. Se burlaba mucho de vos, de tu escritura…
Caminábamos por el barrio y de repente un grupo de gente grande me empezó a insultar sin ningún motivo.
–¡Traidor! ¡Sorete! ¿Te creés importante ahora? ¡Idiota! ¡Garca!
–¿Y éstos? –pregunté a Coco, atónito.
–No les des bola.
–¡Pero me insultan! ¿Qué les hice?
–Nada. Escribiste una novela, y te fue bien.
–¿Cómo?
–Sí. Es así. Bancala, Patito, bancala…
Un domingo de febrero, antes de los carnavales de floresta, un muchacho de baja estatura y de pelo cortísimo, corría por una calle cerca de la avenida Segurola.
Se sentó en la entrada de un edificio enorme, en una esquina y permaneció sin respirar.
Había fallecido.
La policía y una ambulancia estaban llegando.
Pero antes de morir, alguien le escuchó decir:
“Ese escritor de mierda, gorilón y vigilante”…
Recuerdo que me quedé mirando el piso de la calle y un viejo vecino se me acercó y mirando hacia otro lado me susurró algo parecido a esto:
“Te ves como un bote a la deriva en un gran lago de Galilea tal vez tranquilo pero agitado por corrientes profundas. Pibe, ojo con las chispas que pueden encender la pradera”.
Confusa y fragmentariamente, elegimos un camino y no sabemos adónde mierda vamos a parar. No sabemos ni siquiera si vamos a lograr, al menos, un centímetro de lo planificado.
De repente tuve la sensación de que alguien estaba a mis espaldas, mirándome. ¡Qué horrible sensación! Pero… ¿y si no es así? ¡Por Dios! ¿Qué pasa en floresta?
Coco se acercó también, me tomó de un hombro y me retiró de ese lugar. Paró un taxi, y me llevó otra vez a caballito. A tomar algo a un bar, o algo parecido, cerca del Cid Campeador. Otro sitio habitué de Coco.
La madrugada se había esfumado como el sueldo de un laburante. Ya casi amanecía. Pero aún sentía que aquello sucedía delante de mis ojos.
Claro que, cuanto más hablábamos del tema, menos podía creerlo.
Coco trató de ayudarme, intentando en vano hacerme entender que no tenía nada que ver, y que lo que le sucedió a aquél muchacho había sido una circunstancia desafortunada. Fuera de lo normal.
–Coco, ¿será que esto me pasa por ser tan directo, tan… duro? No quiero saber más nada, hermano. Estoy podrido.
–Pato –dijo Coco–, porque sos así, es que te elegí como amigo. Pero te comprendo.
Y yo pensaba que él necesitaría todavía muchos años para alcanzar a entender el significado de algunas palabras que le decía. Lo había subestimado. Pero estaba equivocado. Coco entendía todo. Con una mirada bastaba.
Ya en plena caminata por la calle. Había refrescado. Estábamos cerca de una Iglesia.
–Coco ¿oís campanadas? –pregunté, medio confundido.
Él agudizó su oído y contestó que no.
–¿Qué pasa con las campanadas? –preguntó Coco en seguida, ya algo fastidioso.
–Nada, es que a veces oigo campanadas reales y otras veces, campanadas mentirosas.
Se había dado cuenta de que en caballito me estaba faltando el aire. Me ahogaba. Entonces pidió un Uber y me trajo a floresta.
Ese viaje fue un infierno. No podía del mareo. Quería que volviéramos cuando ya habíamos hecho más de la mitad del camino. Estaba descompuesto y hecho una furia.
Ni bien llegamos a la avenida Gaona, comencé a respirar mejor.
–Ya estás en tu casa, Patito –dijo Coco sonriente.
–¿Y entonces? –pregunté de la nada.
–¿Entonces qué?
–Nada, que me metí en un viaje, Coco.
–¡Andá a cagar Pato!
–Me pregunto qué podrá significar –dije después–. ¿Vos creés en el significado de los sueños?
–¿Vos querés decir lo de las campanadas?
–No, no. Bueno, también eso, por qué no. Aunque los sueños son misteriosos. Es como que nadie puede salir indemne de eso. ¿No creés?
Coco se rio, con la misma risa extraña de un loco fuera de toda razón. Una risa que no pertenecía a esa charla.
No solo experimenté sorpresa sino decepción al suponer que aquello me alejaba por no poder comprender la risa de Coco, ya que, después de todo lo que habíamos hablado en ese amanecer, hasta un ciego podría haber visto ciertas discordias que harían imposible mi vuelta al barrio.
Estaba harto de los insultos y la falta de respeto.
A punto de entrar a casa, un trasnochado se plantó frente a mi humanidad para increparme:
–¡Sorete! ¡Oligarcón! Andáte del barrio. Aquí no sos bienvenido.
Se quiso acercar haciéndose el matón. Al principio sentí temor. Ese temor previo a una pelea que te avisa de un peligro inminente; pero luego la bronca me desbordó y lo frené de un empujón. Quiso reaccionar, como es lógico. Lo miré fijo y profundo, como diciéndole: “estoy dispuesto a todo”. El tipo se retiró enseguida, corriendo por Camarones.
–¿Qué es esto? –me dije–. ¿Oligarcón? ¡Justo Yo! Por favor… ¡Imbéciles!
En seguida advertí que Coco aún estaba cerca. Lo había visto todo. Hasta él mismo había quedado perplejo: por un lado parecía que todos resultaban ser parte de una broma, por otro, sentía que de algún modo esas expresiones manifestaban sabiamente lo que pensaban.
–¿Tanto les debo? –pregunté mortificado.
Y con extremo pudor, Coco murmuró: “No es tu culpa”.
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