Capítulo I
 
 
Hace unos años le endilgaba a mi padre el hecho de no contar con un amigo a su edad. Lo veía como algo frustrante y triste a la vez. Me he jactado de ello durante toda mi vida. Se lo repetía continuamente cada vez que emprendíamos una discusión, principalmente los domingos, día que odio con toda razón y justicia.
La muerte siempre estuvo dando vueltas a mí alrededor, como si ello le produjera un cierto regocijo. Pues bien…
Han pasado cuatro años de la muerte de mi padre y hoy, a mis cincuenta, siento que estoy en ese mismo y caprichoso lugar.
No tengo un solo amigo con quien ir a tomar algo y charlar sobre algún tema como cualquiera de ustedes. Ahora debo decir que no lo tengo y que mi padre tenía razón.
Él decía que “Ellos siempre tienen una excusa para estar a tu lado si les conviene, pero después, misteriosamente se borran”…
Me llamo Gustavo Massoti, pero en el barrio me dicen Pato, y si bien nunca supe el motivo, tampoco me importó demasiado. Más bien diría que me resultaba un apodo simpático e inofensivo.
Hasta hoy no he matado a nadie, pero no me han faltado ganas. Quizá por ello en determinado momento tomé una decisión que por entonces parecía algo extraña, pero que en definitiva me salvaría la vida: ser escritor.
Pareciera que la mismísima muerte me hubiera dicho: “Si vas por ahí, te voy a indultar; momentáneamente”.
Y así fue. Hubo muchas idas y vueltas, como suele ocurrir ante semejante giro. Era un desafío insólito e incluso desfachatado. Sin embargo no le aflojé, más bien, de algún modo, la literatura misma me fue llevando.
Escribí varios mamarrachos, cientos de papeles hechos bollos, tachados y despedazados de la bronca por no lograr conformarme. Mi retorcida paciencia parecía gritarme que la escritura no era para mí. Hasta que una vez no sé qué sucedió, pero surgió un texto vomitado desde el alma; o un grito justo que todavía sigue siendo una deuda nacional. Lo titulé “El techo”, porque para mí un techo no es un lujo, ni tampoco una circunstancia en la escala social, en todo caso se trata de un derecho.
Como un paisano cuenta sus anécdotas, así comienza esta historia que les voy a narrar y de seguro no la van a olvidar.
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