EL ESCRITOR OLVIDADO - CAPÍTULO 8
Capítulo VIII
En Floresta residía un tipo que ya se había jubilado en la Secretaría de Energía. Vivía a pocas cuadras de mi casa.
Una noche, Coco y yo nos lo cruzamos por avenida Segurola. Hacía calor y por las calles casi no había gente. Aunque aún no era tan tarde, apenas las ocho y media.
–¿Cómo le va, Gallardo? –le pregunté.
–¡Cómo estas Gus! ¡Tanto tiempo! ¿Siguen igual de locos en la Secretaría?
–Lamentablemente, sí –respondí resignado y triste.
Gallardo se fue sin despedirse.
–Mirá a esa mina, Patito –me dijo Coco.
Asustado, sin atreverse a acercarse a ella, la veía caminar rápido con el pelo revuelto, aspirando grandes bocanadas de aire, en esa noche calurosa, su cuerpo agitado, las manos aferradas a su cartera y con las piernas tensas. Con un movimiento violento, ella abrió su blusa con las dos manos, arrancando sus botones y se sentó al suelo aterrada. Su cara fue poniéndose blanca, hasta que de repente su cuerpo empezó a sacudirse.
Aterrado, no sabía qué actitud tomar.
–¡Eh!, vosh shos el eshcritó… ¡Ahora tenésh filo, garca! Vení loco, ayudáme.
Hasta que Coco intercedió:
–Pato, rajemos de acá. Esa mina piró.
–Pero…
–¡Vamos, nene! Es una trampa. ¿No lo ves? Donde ve un mango pone la nariz.
Ya amanecía, era la 5 de la mañana, y floresta revivía de una noche angustiante.
Coco me agarró de un brazo y como si fuera un barrilete me remontó por Segurola corriendo a todo trapo.
–¡Es una trampa! –repetía una y otra vez. Lo cierto fue que me sacó de ahí.
De repente, estábamos en un colectivo, hacia caballito.
¡Otra vez allá! Tenía sueño y me dormía.
Y bueno… había que zafar. Y Coco lo había conseguido, como siempre.
Al rato de haber llegado a caballito, fuimos directo a un pequeño restaurante (que estaba cerrado, pero no para Coco). Y allí el sueño siguió de largo como si nunca hubiese llegado. Charlamos un rato largo. ¡imagínense! Cuando se hicieron las 8, le dije:
–Coco, si no me rajo ahora, voy a preocupar a mi mujer, y no quiero que eso ocurra.
No preguntó nada, como un verdadero amigo. Me pidió un Uber. Llegó al toque. Y me fui derecho por avenida Gaona.
La semana se pasó volando y al otro viernes a la noche lo llamé para saber cómo estaba. De milagro atendió en el primer intento.
Lo cierto fue que volvimos a vernos, en floresta. Coco se dignó a venir, una vez más. Y otra larga noche comenzaba, como si nos hubiese estado esperando.
Aquella vez fuimos a tomar algo a Jonte.
En el camino, unas ocho o nueve cuadras, nos cruzamos con algunas figuras y también con Changuita, que se aferraba de un poste y miraba con anhelante interrogación, parecía estar carcomido por las dudas, preguntándose perpetuamente sobre el sentido de la existencia en general y sobre el hombre y la mujer de aquella región del mundo que vaya Dios a saber dónde existía.
–Pobre Changui –dije–, la primera vez que lo veo en zapatillas y está para atrás.
Y claro, no es de extrañar que uno se exprese así ya que, la opinión pública marca la cancha y determina lo que está bien o no.
No obstante ello, más allá de lo dicho, mi opinión la sostengo ajustándome a derecho. Sobre todo, después de lo había gritado Changuita cuando me reconoció, con más razón entonces reafirmo lo dicho:
–¡Eh!, ¡Gusta! Tírame unos mangos capo, ¿no ves que estoy tirado?¡Dale che! No seas ortiva. Ahora que te va bien con los libritos… ¡No te la creas loco!
Naturalmente que lo miré profundamente y con asco. A este también lo miré por largo rato. El tipo enmudeció; sorprendentemente, enmudeció.
Lástima, porque me hubiese encantado responderle algo así:
“No señor. Yo estoy bien, muchas gracias. El aire de la calle le hará mejor que unos mangos. Buenas noches”.
Claro que Coco lo vio todo y me llevó de un tirón cuando me paré a mirar a Changuita. Fuimos a un bar moderno que por milagro aún funciona en el barrio.
Dentro del barcito, había cuatro señoritas que nos miraban. Nos sentamos pegado a una ventana, porque a mí me gusta ese sector. Ellas parecían cuchichear y se reían exageradamente. Hasta ahí, todo normal.
La cosa se puso brava cuando una de ellas me reconoció (¡cuando no!), y comenzó a decir palabrotas en voz alta:
–¡Ah! Chicas, parece que nos visitan tipos que se olvidaron de dónde salieron. ¡Miren!
–¿Otra vez? –se me escapó.
Coco me dijo:
–No des bola, Patito. Ya se van a calmar.
–Pato –dijo Coco de repente–, hace unas noches soñé que te ibas del barrio para siempre. Nos despedíamos fraternalmente, como si nunca más nos fuéramos a ver. Me pregunto qué podrá significar –y luego agregó–: ¿Vos crees en el significado de los sueños?
–No, no. Bueno, también eso, por qué no. Pero creo que los sueños son algo misteriosos y de hecho, hace miles de años que el ser humano viene dándoles significados de todo tipo. Que los signos del zodíaco, que la luna en no sé dónde, que algún planeta haciendo mecha en determinado punto del espacio, y claro, ello influye en tu vida, y bla bla bla… Puros cuentos. Pero ojo, los sueños son otra cosa.
–¡Aha! ¿Y eso cómo lo explicarías?
–Mirá –dije. Respiré profundamente, como resignándome a una crítica anticipada seguida de una desconfianza aburrida y detestable–. Una vez, cuando todo parecía ya terminado en mi vida familiar, quiero decir: después de haber criado a mi hija, tuve un sueño. Un sueño que me marcó para siempre.
–¡Contáme!
–Bueno… lo cierto fue que yo creo que soñé que el mismísimo Jesús se me había aparecido y sentenció: “Tendrás un hijo varón”. Estaba de espaldas a mí y con la mano derecha levantada. Era una luz fuerte que me cegaba. No era un presagio, sino más bien una sentencia. Una órden.
–¿Y entonces? –preguntó Coco ingenuamente, pero con picardía.
–Y entonces…
–¡Vino Pedro! ¡Bravo! –exclamó con una sonrisa feliz y emocionado.
–Sí –dije–. Vino Pedro. Se fue mi viejo, y vino el pibe. Te confieso algo más: después de eso, no pude volver a escribir Coco.
–O sea que eso fue después de tu novela.
–Exacto.
Sueño siempre con el viejo. Y a veces me sigo peleando…
–¿Volviste a soñar con Jesús?
–No.
–¿Seguro?
–No.
Y con una mirada finalizó la juntada.
En Floresta residía un tipo que ya se había jubilado en la Secretaría de Energía. Vivía a pocas cuadras de mi casa.
Una noche, Coco y yo nos lo cruzamos por avenida Segurola. Hacía calor y por las calles casi no había gente. Aunque aún no era tan tarde, apenas las ocho y media.
–¿Cómo le va, Gallardo? –le pregunté.
–¡Cómo estas Gus! ¡Tanto tiempo! ¿Siguen igual de locos en la Secretaría?
–Lamentablemente, sí –respondí resignado y triste.
Gallardo se fue sin despedirse.
–Mirá a esa mina, Patito –me dijo Coco.
Asustado, sin atreverse a acercarse a ella, la veía caminar rápido con el pelo revuelto, aspirando grandes bocanadas de aire, en esa noche calurosa, su cuerpo agitado, las manos aferradas a su cartera y con las piernas tensas. Con un movimiento violento, ella abrió su blusa con las dos manos, arrancando sus botones y se sentó al suelo aterrada. Su cara fue poniéndose blanca, hasta que de repente su cuerpo empezó a sacudirse.
Aterrado, no sabía qué actitud tomar.
–¡Eh!, vosh shos el eshcritó… ¡Ahora tenésh filo, garca! Vení loco, ayudáme.
Hasta que Coco intercedió:
–Pato, rajemos de acá. Esa mina piró.
–Pero…
–¡Vamos, nene! Es una trampa. ¿No lo ves? Donde ve un mango pone la nariz.
Ya amanecía, era la 5 de la mañana, y floresta revivía de una noche angustiante.
Coco me agarró de un brazo y como si fuera un barrilete me remontó por Segurola corriendo a todo trapo.
–¡Es una trampa! –repetía una y otra vez. Lo cierto fue que me sacó de ahí.
De repente, estábamos en un colectivo, hacia caballito.
¡Otra vez allá! Tenía sueño y me dormía.
Y bueno… había que zafar. Y Coco lo había conseguido, como siempre.
Al rato de haber llegado a caballito, fuimos directo a un pequeño restaurante (que estaba cerrado, pero no para Coco). Y allí el sueño siguió de largo como si nunca hubiese llegado. Charlamos un rato largo. ¡imagínense! Cuando se hicieron las 8, le dije:
–Coco, si no me rajo ahora, voy a preocupar a mi mujer, y no quiero que eso ocurra.
No preguntó nada, como un verdadero amigo. Me pidió un Uber. Llegó al toque. Y me fui derecho por avenida Gaona.
La semana se pasó volando y al otro viernes a la noche lo llamé para saber cómo estaba. De milagro atendió en el primer intento.
Lo cierto fue que volvimos a vernos, en floresta. Coco se dignó a venir, una vez más. Y otra larga noche comenzaba, como si nos hubiese estado esperando.
Aquella vez fuimos a tomar algo a Jonte.
En el camino, unas ocho o nueve cuadras, nos cruzamos con algunas figuras y también con Changuita, que se aferraba de un poste y miraba con anhelante interrogación, parecía estar carcomido por las dudas, preguntándose perpetuamente sobre el sentido de la existencia en general y sobre el hombre y la mujer de aquella región del mundo que vaya Dios a saber dónde existía.
–Pobre Changui –dije–, la primera vez que lo veo en zapatillas y está para atrás.
Y claro, no es de extrañar que uno se exprese así ya que, la opinión pública marca la cancha y determina lo que está bien o no.
No obstante ello, más allá de lo dicho, mi opinión la sostengo ajustándome a derecho. Sobre todo, después de lo había gritado Changuita cuando me reconoció, con más razón entonces reafirmo lo dicho:
–¡Eh!, ¡Gusta! Tírame unos mangos capo, ¿no ves que estoy tirado?¡Dale che! No seas ortiva. Ahora que te va bien con los libritos… ¡No te la creas loco!
Naturalmente que lo miré profundamente y con asco. A este también lo miré por largo rato. El tipo enmudeció; sorprendentemente, enmudeció.
Lástima, porque me hubiese encantado responderle algo así:
“No señor. Yo estoy bien, muchas gracias. El aire de la calle le hará mejor que unos mangos. Buenas noches”.
Claro que Coco lo vio todo y me llevó de un tirón cuando me paré a mirar a Changuita. Fuimos a un bar moderno que por milagro aún funciona en el barrio.
Dentro del barcito, había cuatro señoritas que nos miraban. Nos sentamos pegado a una ventana, porque a mí me gusta ese sector. Ellas parecían cuchichear y se reían exageradamente. Hasta ahí, todo normal.
La cosa se puso brava cuando una de ellas me reconoció (¡cuando no!), y comenzó a decir palabrotas en voz alta:
–¡Ah! Chicas, parece que nos visitan tipos que se olvidaron de dónde salieron. ¡Miren!
–¿Otra vez? –se me escapó.
Coco me dijo:
–No des bola, Patito. Ya se van a calmar.
–Pato –dijo Coco de repente–, hace unas noches soñé que te ibas del barrio para siempre. Nos despedíamos fraternalmente, como si nunca más nos fuéramos a ver. Me pregunto qué podrá significar –y luego agregó–: ¿Vos crees en el significado de los sueños?
–No, no. Bueno, también eso, por qué no. Pero creo que los sueños son algo misteriosos y de hecho, hace miles de años que el ser humano viene dándoles significados de todo tipo. Que los signos del zodíaco, que la luna en no sé dónde, que algún planeta haciendo mecha en determinado punto del espacio, y claro, ello influye en tu vida, y bla bla bla… Puros cuentos. Pero ojo, los sueños son otra cosa.
–¡Aha! ¿Y eso cómo lo explicarías?
–Mirá –dije. Respiré profundamente, como resignándome a una crítica anticipada seguida de una desconfianza aburrida y detestable–. Una vez, cuando todo parecía ya terminado en mi vida familiar, quiero decir: después de haber criado a mi hija, tuve un sueño. Un sueño que me marcó para siempre.
–¡Contáme!
–Bueno… lo cierto fue que yo creo que soñé que el mismísimo Jesús se me había aparecido y sentenció: “Tendrás un hijo varón”. Estaba de espaldas a mí y con la mano derecha levantada. Era una luz fuerte que me cegaba. No era un presagio, sino más bien una sentencia. Una órden.
–¿Y entonces? –preguntó Coco ingenuamente, pero con picardía.
–Y entonces…
–¡Vino Pedro! ¡Bravo! –exclamó con una sonrisa feliz y emocionado.
–Sí –dije–. Vino Pedro. Se fue mi viejo, y vino el pibe. Te confieso algo más: después de eso, no pude volver a escribir Coco.
–O sea que eso fue después de tu novela.
–Exacto.
Sueño siempre con el viejo. Y a veces me sigo peleando…
–¿Volviste a soñar con Jesús?
–No.
–¿Seguro?
–No.
Y con una mirada finalizó la juntada.
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