Capítulo VII
 
 
 
En la plaza de Elpidio González y Gualeguaychú, ámbito integrador de la comunidad si los hay, todas las mañanas muy temprano, yo diría más bien, ni bien terminaba de cantar el gallo, se lo veía al viejo Gallotarde caminar con sus manos en la espalda, mirando al piso, moviendo la cabeza una y otra vez.
Era un viejo sabio como pocos. Siempre dispuesto a escuchar más que a hablar. Pero cuando hablaba, dejaba máximas instructivas.
Coco lo conocía muy bien y siempre que surgía algún inconveniente, corría a verlo.
En las paredes de la plaza podía leerse el inevitable y básico DALE ALL BOYS, en otro alguien que indudablemente no era del barrio, había tachado con bronca la palabra DALE y la había reemplazado por PUTO, la cual también había sido tachada y reemplazada nuevamente por DALE, y así no se salvaban no los pobres árboles de los grafitis y el aerosol.
El viejo Gallotarde solía decir:
“Las bandas marcan territorio con grafitis al igual que los perros levantan la patita”.
Sin embargo, eso no era lo peor, ni mucho menos. Lo peor era la droga.
Y el viejo, que también sabía eso, señalaba:
“¡Alguien tiene que decir algo de todo esto!”.
Los barras del club le increpaban que siempre apuntaba contra ellos. Tenían razón, pero también el viejo tenía razón.
Vivía justo enfrente de la plaza Monte Castro, que a su vez, está casi pegada al estadio del Club All Boys, separándola únicamente la calle Miranda. De modo que, a primera mano, bien se le puede dar crédito a sus quejas, a sus palabras.
El asunto incómodo era que nosotros éramos amigos tanto del viejo, como de algunos barras. A éstos últimos yo los conocía del barrio, pues podría decir que nos criamos juntos desde pibes. Más tarde la vida nos llevó por senderos diferentes.
Asimismo, eran amigos del barrio, como ya dije, y en verdad nunca se me había pasado por la cabeza darles vuelta la cara si llegaba a cruzármelos por alguna calle de floresta.
Siempre intenté mantener una postura justa. Cierto era que ellos siendo barras de un club no aceptaban algunas cosas, pero podría dar testimonio de que jamás molestaron a la gente del barrio; tenían ese código futbolero que reza: “con la gente del barrio, no”.
Pero a Gallotarde le jodía de sobremanera las interminables reuniones que aquéllos hacían en la plaza durante todas las noches; hasta el amanecer.
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Música, ruidos, gritos, insultos, cantitos. Todo eso junto, jode.
–¿Ustedes entienden lo que les digo? –preguntó el viejo.
–Sí, por supuesto que lo entendemos Don Gallotarde –dijo Coco.
–Entonces yo le quiero pedir a usted, escritor –me dijo–, que por favor me ayude a hacerles entender a estos perdidos que respeten a los vecinos…
Le interrumpí atónito.
–Perdone usted, señor. Pero si bien comprendo lo que dice, no puedo meterme a decirle nada a nadie. ¿Quién soy yo para decirles a los demás cómo se deben comportar? ¡También yo vivo en floresta, don!
–¡Usted es escritor! ¡Y le va muy bien! –insistió el viejo tembloroso.
–¿Y eso qué tiene que ver?
Me miró con rencor.
–Ya veo –balbuceó–. Decíme una cosa, nene, ¿vos creés que vas a llegar a mi edad? ¡Tengo setenta y seis! ¡Ja, ja! –decía el viejo, mientras se burlaba estúpidamente.
–En verdad, no lo sé. Pero usted tampoco lo sabrá.
De golpe, el viejo dejó de reír. Y se puso a mirar el suelo, como buscando una respuesta inexistente.
Hubo un instante de gran tensión.
Me retiré un par de cuadras después de aquella expresión espontánea pero sincera de parte del viejo. Pero Coco se quedó tratando en vano de explicarle mi intransigente parecer.
Al rato Coco vino a mi encuentro. Sabía perfectamente dónde encontrarme.
Intentó persuadirme de que el viejo no se había enojado, pero el enojado era yo. A pesar de ello, le creí.
Fuera de mi familia, Coco era al único a quien le creía todo lo que me decía.
–¿Sabés que pasa Coco? –le dije con angustia– la gente en este barrio se olvida de que yo escribo, y eso es un oficio y no una profesión. ¿Se entiende?
–Vos me querés decir que sos un escritor olvidado, ¿no?
–Algo así –respondí seco y maravillado por su comprensión.
Entonces Coco se quedó pensativo. Y puso una mano en mi hombro, como una señal de confianza inolvidable.
–¿Por qué todo es tan difícil, Coco? –pregunté ya casi llorando.
–Amigo, el mundo tiene que ser purgado con sangre y fuego; algo muy groso va a suceder y te digo que no va a quedar nada de nada en pie. Todo se hará nuevo.
–¿Estás leyendo El Apocalipsis de San Juan?
–¡Ja! Sabía que te ibas a dar cuenta. Por eso te lo dije.
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–No creo que todo lo que haya dicho el viejo Gallotarde, sea la realidad de lo que ocurre en el barrio. Sin embargo, acá recién, me increpó con un gesto. ¡Con un gesto! ¿Entendés? Y piensa que porque uno es escritor debe funcionar como una especie de político e interceder por él ante una congregación de inadaptados que encima fueron amigos míos. Es una barbaridad. Mi pobre mente no puede aceptar que estemos tan mal como sociedad. ¡Adónde hemos llegado! Lo digo por todo. No peyorativamente. Lo digo por todas las cosas que pasan en el barrio. ¡Me duele Coco! Me duele. Y no puedo hacerme el tonto con todo esto, porque mis hijos, mi mujer, mi vieja, mi hermano y su familia, viven en éste barrio también. ¿Entendés hermano? Todos somos parte del barrio. ¡Todos! Ricos o harapientos, cultos o ignorantes, peronistas o radicales, somos floresta. Pero a pesar de ello, ninguno está exento de alguna desgracia, de que algún estúpido te cague la vida en un instante. O de que algún viejo como ese, te censure y crea algo que no es, y lo divulgue con total normalidad. Lo entiendo, pero no comparto su posición.
Coco me escuchó con la atención que un niño pone cuando le habla un personaje de la TV. Parecía encantado. No sé si me había escuchado o le aburrí, pero lo vi así: encantado.
–Pero en algún momento hay que ponerse a hacer algo porque siempre falta algo, qué se yo… no quería hacerlo esperar, ¿no te parece mejor dejarlo para el domingo Patito? –dijo Coco.
 
–¡El domingo! Coco… ¿Me estás jodiendo, o me parece?
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