Capítulo VI
 
 
 
Coco me llevó directo a Avenida Segurola y Juan A. García. El barcito de All Boys. Hoy día, una parrilla. Los tiempos cambian…
Nos sentámos. Yo miraba todo con desconfianza. “Acá me van a putear de lo lindo”, pensé.
Pero no ocurrió eso. Gracias a Dios, ni siquiera me habían registrado.
A veces leo a ciertos escritores como si fueran amigos míos. Toco sus libros como si con eso fueran a escucharme.
Coco se dio cuenta de que algo estaba pensando.
–Pato –me dijo, serio–, ¿leíste a Héctor Tizón?
–No. Pero una vez vi en la tele un documental sobre su vida. Él contaba que para escribir hay que alejarse, y llevarse consigo algo de tabaco y una buena bebida alcohólica, muchos papeles y lápices.
–Me enteré de que no es muy leído. ¡Con todo lo que sabía ese escritor! ¡Qué vergüenza lo que han hecho con nuestra cultura!
–Y que lo digas…
–Pato, tengo una prima en San Petersburgo. Todos los 29 de junio, conmemoran la fiesta de las Noches Blancas. ¡Es algo hermoso! Vos tenés que ir allí; son los pagos de tu escritor favorito, ¿me equivoco?
–No. No te equivocás. Llevo años deseando no morir sin conocer esa ciudad.
–Además, esa fecha es el día de San Pedro, tu apóstol favorito.
–Es cierto.
La camarera nos había traído un vino extraordinario. Y dijo:
–Invitación de la casa. Para el maestro.
Juro que creí estar soñando.
–¿Viste Patito? ¡No todos te odian, amigo!
Coco se puso en pie e inició un aplauso del cual todos los presentes se habían hecho eco. La vergüenza se había apoderado de mí.
Me tuve que parar para agradecer (mirando al suelo) y pedirles que terminen. Pero ellos continuaron con más fuerza todavía. Incluso me había parecido escuchar un: “¡Bravo!”, por el fondo.
Le increpé a Coco que aquello había estado armado. Preparado para la ocasión.
–Vos me estás jodiendo, ¿verdad? –respondió, casi ofendido.
No respondí. Más bien, me quedé helado. Lo miré y afirmé aquella expresión.
–¿Qué pensás Patito? –preguntó Coco, con ganas de enojarse.
–Nada.
–¡Bueh!
–¿Qué? ¿Pasa algo?
–¡No, che! ¡Calentón!
El vino me había pegado. Y tal vez me lo había tomado a mal.
El viento fresco me despejó. Y dije en voz alta:
–Tal vez a nuestra muerte el alma emigre –mientras caminábamos– ¿De dónde viene el alma? –dije, de golpe.
Íbamos por Segurola, hacia Juan B. Justo.
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Coco estaba mudo. Caminaba a la par mía, pero no era capaz de decir algo. Raro en él, que siempre hablaba y llevaba la conversación adelante.
Pero esa vez, había parecido que algo lo había sorprendido. Sin dudas, estaba raro. Casi no era él.
–¿Qué te pasa, Coco? –le pregunté.
–Nada.
–¡Mentira! Decime qué te pasa.
Respondió las mismas palabras de su ex mujer. Y sonrojándose, confesó que no tenía horarios y que tan solo se llevaba las palabras a su casa.
–Me las guardo para mí, Patito. Perdonáme.
–Pero, ¡amigo! –excalmé–. ¿Cómo me decís eso? Por supuesto que te entiendo. Y me parece fantástico que te guardes algo para vos.
Un buen hombre siempre se guarda algo. Algo para el final de su vida.
De repente, sonó mi celular.
Atendí en seguida. Me habían avisado por teléfono que el domingo siguiente habría una serie de pequeñas entrevistas con una revista literaria de España, relacionada con mi novela. Me hicieron notar que se habían enterado del premio, y que esas entrevistas se sucederían semanalmente y siempre en relación con el mismo contenido. Por una parte, era de interés general terminar el proceso de entrevistas; por otra, sin embargo, las entrevistas debían ser minuciosas en todos los sentidos, aunque el esfuerzo que suponían, nunca durasen mucho. Por eso se había adoptado la solución de aquellas entrevistas que, aunque se sucedían con rapidez, eran breves. Se había fijado un domingo como día para la primera entrevista, a fin de no perturbar mi vida familiar semanal. Se suponía que estaría de acuerdo, pero, si deseaba otra fecha, se trataría de complacerme en lo posible. La entrevista se podía realizar también, por ejemplo, de noche, pero sin duda yo no hubiese estado suficientemente descansado. En cualquier caso, si yo no me oponía, la entrevista se realizaría aquél domingo. Se mostraban muy cordiales y comprensivos. Pero insistían.
No hace falta decir otra vez que odiaba los domingos. ¿Verdad?
A todo esto, Coco gesticulaba y hacía preguntas sobre el asunto. Eran las dos de la madrugada.
Cuando corté la llamada, expresé:
–¿Era necesario llamarme a estas horas?
–Pato –dijo Coco–, en España es mucho más tarde. Ya amaneció.
–Claro, soy un completo descortés- ¿Cómo se llama eso acá?...
–¡Forro! –gritó el gordo, riéndose.
Me reí un buen rato. No por su expresión sino más bien, por la inmediatez de la misma.
Me había parecido verlo moverse en cámara lenta. Me sentía mareado, otra vez.
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Coco tenía ganas de ir a quedarse con esa Brenda (toda la noche). Lo respeté y me fui a casa.
Ya en casa, conversábamos con Eugenia y me hizo notar que por la pandemia del Covid-19, había entrado en vigencia una cuarentena obligatoria. De modo que, las entrevistas con los españoles no podrían llevarse a cabo, a menos que implementasen algún sistema de video conferencias.
Miré la hora, eran ya las siete de la mañana.
“Perfecto”, pensé. “En España ya es mediodía”.
Los llamé.
Acababan de reservar pasajes para los próximos días.
 Se rieron a carcajadas cuando mencioné la cuarentena. Incluso, el director de la revista tomó el auricular y dijo por encima del tubo, mientras esperaba la confirmación de su pasaje a Buenos Aires:
–Una pregunta, señor Massoti, teniendo en cuenta que llegaré el sábado por la tarde: ¿querría venir a una fiesta en mi velero el próximo domingo a la mañana? Habrá mucha gente y tal vez conocidos suyos. Entre otros el Ministro de cultura de la Ciudad, Landino. ¡Venga!
Yo no podía creer lo que estaba diciendo ese tipo. Si bien, no carecía de importancia para mí, porque aquella invitación del director de la revista española, suponía una oportunidad inmejorable para la difusión de mi novela y por qué no también un intento de reconciliación con la gente del barrio, ni bien se enterasen de semejante evento.
Sin embargo, tuve que humillarlo diciendo:
–¡Muchas gracias! Pero por desgracia este domingo no puedo, ya estoy comprometido.
–¡Lástima! –dijo el director. Y prosiguió charlando con otro pero sin cortar la llamada conmigo. Yo me había quedado como un tonto escuchando toda esa charla, que en realidad me importaba un corno.
Aquél domingo había amanecido nublado. Estaba cansado porque la noche anterior me había quedado despierto hasta muy tarde.
Me llamó Coco:
–Me tenés que acompañar a ver al viejo Gallotarde, en la placita de All Boys. Vos sabés quién es. Tiene algo que decirnos.
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