Capítulo V
 
 
 
Cuando entré a casa, fui derecho a la cama, sin comer. Estuve acostado durante horas sin poder reponerme.
Finalmente, como a las cinco de la tarde, me levanté a jugar un poco con Pedro y tomar unos mates con Eugenia. De a poco se me alivió la angustia, y pude comer algo. Ahí comprendí para siempre, que la familia ayuda participar de la belleza que es la vida. Como un hilo de Ariadna que puede hacer perceptible tanto dolor y confusión.
Este es un tiempo funesto en que nuestra gente padece hambre, frío y odio. ¿Qué delito cometimos? ¿Y ellos?
Parecía que todo había sido planeado, hasta que, sin haberlo propuesto, Coco se encontró frente a mí en el café “La Esponja” y al entrar oyó a Chiquito que arengaba a Racing.
–¡Qué mierda! –exclamó Coco.
–¿Ves? –dije–, ¿y encima me lo tengo que bancar? ¡No! Olvídate –dije enojado–. ¡Nos vamos de aquí!
–Pato –intercedió Coco, algo serio–. ¡Mirá, en la otra cuadra está Brenda, ¿vamos a verla?
–¿En qué cuadra, Coco?
–Por allá…
–¿Me estás jodiendo? ¡Dale che! ¿Vos también?
–No Patito. ¡Posta! Vení, vení, vamos nene…
Y lo seguí, como un perro sigue a quien tiene la carne.
–Pato –dijo Coco–, hace un año que venimos al mismo lugar. ¿Te diste cuenta de eso?
Y claro, pensé. La vida no sólo se mide por el paso del tiempo, sino por las personas con las que uno transcurre ese tiempo. La vida son los amigos. Y eso te marca para siempre.
–Por ejemplo –dije de golpe–, me acuerdo de mi viejo, de mi amigo.
–¡Hincha del ciclón!
–Si… lo extraño, Coco.
–Te comprendo, amigo. Sé lo que se siente perder a un ser querido.
–¡No quiero perderte Coco! No quiero…
–Dejáte de joder, Patito, ¿qué decís? Vení, vamos…
Lo abracé y sentí esa necesidad al tiempo que le dije:
–¡Coco viejo y peludo, nomás!
Él reía como un chico. ¡Cuánta felicidad podría describirse en su rostro!
Lo cierto fue que, a mitad de la calle Alcaraz, una figura muy jugada se nos plantó delante y empezó a increparme, igual que los anteriores, alegando que: ¿quién soy yo para hablar en nombre de los sin techo?
Lo miré con odio y le respondí:
–Vos me importás tres carajos. Yo le hablo a los que se rompen el lomo todos los días.
–¿Y yo qué soy? –insistió el caradura.
–Sos un pelotudo, que desperdicia su vida.
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Coco me arrancó de ahí y me llevó directo a un bar conocido en el barrio.
Parecía un símbolo aquél bar: era el primero en que había conocido la felicidad.
Ya adentro, mientras miraba un cuadro de la reina Isabel por otro lado, (y por cierto que me divertía), había fotos de prostitutas famosas desnudas haciendo poses indescriptibles.
Coco ni las miraba. Era ya una parte de su cotidianeidad. Pero para mí era como un semáforo en medio de una autopista.
Teníamos hambre, y pedimos pizza.
En la calle había algunos pidiendo morfi.
–Coco –le dije a mi amigo–, tomá, llevále la pizza a esos chicos. Por favor. Sufren… Yo ahora pido otra.
–Sí. Pero la pago yo. No te preocupes.
Cuando volvió, contento, me aclaró:
–Acá tienen que cambiar muchas cosas. Muchas.
–Sí, tenés razón.
Veía a hombres y mujeres volviendo de su trabajo. Y por otro lado, también veía las caras de los que buscaban y no conseguían. Caras de frustración después de un lago día que parecía haber tedioso por haberse esperanzado con la idea de obtener un empleo.
Se cumpla o no, creo que esperar tiene un valor, un sentido. Más allá del logro de lo esperado.
Hablo de la esperanza, porque aunque uno la pierda siempre vuelve.
Cuando estábamos por pagar para irnos, la gente me miraba. Algunos comenzaron a acercarse. Yo pensé: “ahora me van a putear; ya me reconocieron”.
Sin embargo, hubo piedad esa vez.
Coco me dio un codazo, y preguntó:
–Che, ¿y ese viejito, quién es? –en referencia a uno que pasaba lentamente por Benito Juárez.
–¿Ese viejito? ¿El de camisa rayada y bastón?
–Si
–No sé. Pero ¿qué es lo que te llama la atención?
–Tiene, por lo menos, cien años. Y todavía anda. Seguro que va a la parroquia de San Pedro. Está por empezar la misa.
Una anciana que pasó cerca lo oyó y asintió con la cabeza. Y dijo:
–Nosotros tenemos la esperanza de que ustedes van a lograr lo que no pudimos, o no llegamos a realizar. Es como una antorcha de fuego que se pasa de uno a otro. La antorcha es el saber y el fuego, la esperanza viva.
Entonces me atreví a cambiar unas palabras con anciana tan tierna y sabia.
–Sabe, soy escritor y…
–Sí, hijo. Lo sé. Te reconocí. ¡Pero no te asustes! A mí me encantó tu novela –aclaró con una sonrisa maternal.
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–Le confieso que me alivia escucharlo. Y también le confieso que desde que recibí ese premio ya no soy el mismo. Hubiese dado cualquier cosa por no haberlo obtenido.
Coco miraba y escuchaba con asombro.
–Pero si no lo hubieses obtenido, te hubieses frustrado, ¿no es cierto?
–Sí. Pero podría seguir escribiendo.
–Hijo, recuerda lo de la antorcha y el fuego.
Dicho eso, se retiró con la lentitud de los que saben caminar.
Como sucede casi siempre que se intercambian opiniones, me quedé pensativo, pero sonriente. Y Coco también.
–Vamos, –dijo– seguíme.
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