El caminante: buscando al maestro.
A veces la lluvia puede dar una agradable sensación de purificación, este no era el caso, las gotas de agua caían inclementes bajo un cielo negro y relampagueante. Por supuesto, dentro de esa calamidad de clima se encontraba el caminante, silbando tranquilamente mientras se desplazaba totalmente seco, más que nada por un extraño artefacto que le fue dado por un alquimista, le llamó "para aguas" o algo así. Y por aquel sendero pedregoso se encaminó al este, en donde se encontraba el pueblo "Khel", o eso decía la señal que había visto unos segundos atrás.
Por el camino podía ver una montaña, de hecho era lo único que observaba, ya que ese era su destino, o por lo menos si a quien iba a visitar seguía ahí. El pueblo era pequeño, el caminante podría haber dicho que habían cuatro o cinco viviendas y no se habría equivocado, por otro lado tenían un bar, una herrería y un sitio cuya puerta tenia escrituras raras.
-¿Qué es ese sitio?- preguntó el caminante a una señora que se encontraba sentada en la entrada de su casa en la posición justa para estar protegida de la monstruosa lluvia.
-ahi curamos a los enfermos chico, ¿que es ese cacharro que llevas?
El caminante ignoró completamente las palabras de la señora, sus ojos se dirigieron a una persona entre las pocas que caminaban tranquilamente por el pueblo. Un hombre viejo con una larga barba, rostro repleto de arrugas y una túnica desgastada por el clima, el tiempo o los dos. El anciano le miró de manera desafiante mientras caminaba, acontinuación, desapareció en una masa de gente que se juntó sin ninguna razón.
-Es él- dijo el caminante con su mejor sonrisa. Sus manos le temblaban de la emoción ante la oportunidad de conocer por fin a la persona que buscaba desde hace tanto tiempo.
No comió ni bebió nada ese día, solamente se dedicó a correr hacia la montaña, en cuyo pie se podía divisar una cabaña. Recuperando el aliento, el hombre no tuvo más opción que detenerse a unos metros de la morada, justo en el momento en que el anciano salió calmadamente.
-Por favor, déjame ser tu discípulo-dijo el caminante.
El anciano inmutable le dijo con mucha seriedad:
-No lo hare, chico, vete de aqui.
El joven intentó acercarse a él para persuadirle pero una fuerza se lo impedía, y al girarse el anciano, el caminante fue empujado por una fuerza invisible que le alejó unos metros hacia atrás. En aquel momento sólo un pensamiento pasaba por su cabeza:
-Me enseñará.
Por el camino podía ver una montaña, de hecho era lo único que observaba, ya que ese era su destino, o por lo menos si a quien iba a visitar seguía ahí. El pueblo era pequeño, el caminante podría haber dicho que habían cuatro o cinco viviendas y no se habría equivocado, por otro lado tenían un bar, una herrería y un sitio cuya puerta tenia escrituras raras.
-¿Qué es ese sitio?- preguntó el caminante a una señora que se encontraba sentada en la entrada de su casa en la posición justa para estar protegida de la monstruosa lluvia.
-ahi curamos a los enfermos chico, ¿que es ese cacharro que llevas?
El caminante ignoró completamente las palabras de la señora, sus ojos se dirigieron a una persona entre las pocas que caminaban tranquilamente por el pueblo. Un hombre viejo con una larga barba, rostro repleto de arrugas y una túnica desgastada por el clima, el tiempo o los dos. El anciano le miró de manera desafiante mientras caminaba, acontinuación, desapareció en una masa de gente que se juntó sin ninguna razón.
-Es él- dijo el caminante con su mejor sonrisa. Sus manos le temblaban de la emoción ante la oportunidad de conocer por fin a la persona que buscaba desde hace tanto tiempo.
No comió ni bebió nada ese día, solamente se dedicó a correr hacia la montaña, en cuyo pie se podía divisar una cabaña. Recuperando el aliento, el hombre no tuvo más opción que detenerse a unos metros de la morada, justo en el momento en que el anciano salió calmadamente.
-Por favor, déjame ser tu discípulo-dijo el caminante.
El anciano inmutable le dijo con mucha seriedad:
-No lo hare, chico, vete de aqui.
El joven intentó acercarse a él para persuadirle pero una fuerza se lo impedía, y al girarse el anciano, el caminante fue empujado por una fuerza invisible que le alejó unos metros hacia atrás. En aquel momento sólo un pensamiento pasaba por su cabeza:
-Me enseñará.
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