GUSTAVO E. ALFONZO VELÁSQUEZ
  
  
 
  
  
EL BESO EN LA CASA SOLA
  
  
"Cuando muera, poned sobre mi tumba sólo flores silvestres del mismo cementerio, cortadas por dos niñas que no me conocieron..."
  
Gal Vela
  
  
  
  
  
  
Estancia I - Recuerdos de Provincia
  
Las calles estaban solitarias en la soleada mañana del domingo; sin embargo, la ciudad lucía un rostro tan amigable y el día hacía gala de aquella tan inusual tranquilidad matutina que invitaban a disfrutar una tonificante caminata por los alrededores. El silencio sólo era roto por el eventual trajinar de algún transeúnte, el trinar de escasos pájaros y el zumbido de una bicicleta a gran velocidad.  
Allí estaba de nuevo el muchacho de unos trece o catorce años. Había pasado ya dos veces, raudo por la ligera pendiente. Hacia abajo y luego hacia arriba. A intervalos, en el trayecto, ejecutaba algunas acrobacias espectaculares en su bicicleta, como levantarla en una sola rueda y desplazarla algunos metros, rápidos zig-zags casi rozando el pavimento, paradas repentinas y virajes de 180 grados, para luego reemprender el mismo ejercicio.
El automóvil, a una velocidad regular, tomó la bocacalle súbitamente, justo en el momento en que la bicicleta alcanzaba el mismo punto. El leve impacto hizo saltar al acrobático ciclista a unos dos metros de distancia. Se levantó rápidamente y corrió, como por instinto, hacia su bici. Luego se miró a sí mismo, sus brazos, sus piernas. A salvo, gracias al casco y otros implementos de seguridad que portaba.
Me quedé mirando fijamente la rueda delantera, que quedó  girando en el vacío, e, inesperadamente, afloraron a mi mente los lejanos recuerdos del aro de bicicleta que de niño hacía rodar, deslizando una delgada barra de metal en su hendidura, mientras corría detrás, en compañía de otros niños iguales a mí, llevando sobre los hombros el delicado peso de los ocho o nueve años, olvidando momentáneamente las tareas escolares, el mandado a la bodega..., desentendidos absolutamente de todo.
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Aquel aro de mis evocaciones estaba un poco doblado, pero me gustaba. Me gustaba más que cualquier otro que tuviese una forma más circular, más redonda, más simétrica; debe ser porque rodaba con una cierta dificultad que le hacía parecer hasta simpático y que obligaba a no soltar el control de la pequeña barra en su hendidura, mientras la luz intensa del sofocante sol del mediodía oriental le arrancaba, a él, reflejos azulados, irregulares y misteriosos; a mí, ampollas en los hombros, la espalda y los delgados brazos infantiles.
Pero esa remembranza estaba muy íntimamente conectada a otras, a otros recuerdos lejanos que fluían con gran desorden y que exigían ser organizados en forma coherente. ¡Qué difícil resulta a veces ordenar esos recuerdos viejos que vienen en tropel, en desbandada, como si quisieran apoderarse por completo del pensamiento, filtrarse por algún resquicio y enfocarse todos al mismo tiempo en la mente de uno! Venían a mi mente, primero, de manera un tanto borrosa y difusa, para después fijarse con total nitidez.
Era como volver la mirada y ver en retrospectiva todo un cúmulo de eventos no resueltos. Angustias reprimidas de un tiempo pasado que obligaba a repasar situaciones y conductas. Una búsqueda insistente de soluciones escondidas a las interrogantes que han estado yaciendo en el baúl de la memoria y que quizá no tienen respuesta alguna...
Estábamos en la primera mitad la década de los sesenta y el país apenas había despertado de la pesadilla de una convulsionada época de inestabilidad política y se desperezaba del marasmo para encaminarse, resuelta, a superar sus crisis y conflictos. De momento, quedaban atrás las posiciones antagónicas que habían marcado un pasado reciente, cargado de ignominia, vergüenza y persecuciones, y se daba paso a ese tan ansiado ambiente de tolerancia y cooperación entre las personas, que permitía la búsqueda de fines comunes dentro de un naciente espíritu de pluralismo democrático.
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Era el típico conglomerado de la Venezuela que estrenaba una nueva realidad y que poco a poco crecía con las continuas oleadas de migraciones desde diferentes rincones del país. Familias cargadas con sus viejas maletas y baúles, algunos con sus ahorros, otros con su miseria y sus necesidades; pero todos con sus costumbres, sus esperanzas y sus sueños. Allí asistían también, presurosas, a fusionarse en un solo esfuerzo, diversas culturas venidas de otras latitudes, visionarias de un porvenir promisorio -españoles, italianos, portugueses, libaneses-, que eran aceptados con humildad y complacencia para aportar su granito de arena, su espíritu emprendedor y su afán por buscar siempre mejores destinos y progresar.
Esa actitud de creadores natos de riqueza constituye un ingrediente esencial para el progreso y el bienestar de estos pueblos emergentes, a los cuales es necesario insuflar de esa "sangre nueva", de ese "contagio de acción" que les permita efectuar el viraje definitivo desde una realidad donde todavía se entremezcla lo rural con lo urbano, dormida en una burbuja de sapiencia pueblerina, aderezada con visos de ignorancia, hacia una dinámica preparación para afrontar cambios y transformaciones radicales, hacia una concepción clara y real de la utilización y aprovechamiento del espacio, los recursos y las posibilidades. 
            Podía desplazarme a través del tiempo para ir desmenuzando situaciones y eventos y revisarlos meticulosamente. Podía ver el barrio como en una película. Lo veía desde sus comienzos, cuando tan sólo existían algunas pequeñas trojas dispersas en el descampado que fuese cedido y autorizado por las autoridades municipales para su ocupación, a un lado de la circunvalación que une al puerto con la capital del estado, donde mi perro amarillo entregó sus últimos aullidos, dejando las vísceras en el pavimento.
            En aquellos tiempos de las trojas, sin cumplir los seis años, me dormía en el improvisado camastro, sobre un colchón de gruesos cartones cubiertos con sábanas gastadas y me cubría con otra sábana, también gastada, que no lograba cubrirme por completo del asedio de los mosquitos y, a veces, asustado por la oscuridad y los ruidos externos de la noche, me desvelaba. Observaba entonces cómo los escasos automóviles que transitaban por aquella carretera, rociaban literalmente las ¿viviendas? con las luces de sus faros hasta que se perdían en la distancia, dejando colar la claridad a través de las rendijas en las tablas que formaban las paredes, proyectando multiformes figuras con las que daba vuelo a mi insomne imaginación.
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A través de esos furtivos halos de luz, aún sin ser Navidad, llegó innumerables veces el Niño Jesús, pero sin los esperados regalos, para luego disiparse en el oscuro ambiente, entre los ronquidos del resto de los felices durmientes.
Vinieron después los tiempos de las calles recién asfaltadas, por las cuales muy pocos vehículos transitaban entonces -y es que no había tantos-, en el tranquilo ambiente de la barriada en franco "proceso de acondicionamiento", allá, en la olvidada periferia de aquella, aún no tan grande ciudad, resuelta firmemente a dejar atrás su aspecto pueblerino y convertirse en una pujante y moderna metrópolis.
            Al correr del tiempo, vino también la construcción azarosa, producto de una bonanza momentánea que aligeró la concreción de una vivienda más sólida y conveniente, donde ya se observaba un cambio radical en la calidad de vida, en la que las nuevas paredes de ladrillo tenían, entre sus múltiples funciones, impedir la irrupción de las imágenes contenidas caprichosamente en los faros de los vehículos que transitaban el lugar, aunque tampoco eran percibidas ya en la misma forma.
La casa, aunque a medio construir, se perfilaba como la clásica y tradicional construcción del oriente del país: un porche, un gran salón, enorme, de donde se pasaba inmediatamente a un fresco comedor, techado pero libre de paredes hacia el patio. Al frente, y lateralmente dispuestos, la hilera de habitaciones que finalizaban con el sanitario, y que daban de frente a un corredor que, al otro lado, presentaba la frescura del patio en donde mi madre solía tener innumerables plantas, tanto ornamentales como frutales. Y se extendía más allá, hasta el final, en donde se hallaba un pequeño cobertizo que mi padre utilizaba para almacenar materiales sobrantes  de la construcción y cachivaches que probablemente tendrían alguna utilidad posterior.
Era ese patio mi universo, mi territorio particular y exclusivo, en el cual me refugiaba y me aislaba en interminables veladas de imaginación y fantasías, dejando algunas veces a un lado los libros para perseguir mariposas y descubrir que solían desovar a una hora determinada de la tarde. Allí, en el patio, tenía dispuesto mi cuartel general, desde donde planificaba mis operaciones e incursiones hacia los predios de alguna lagartija imprudente, a la que perseguía a pedradas; o la captura, cual botín de guerra, de nidos de ratones que servían para mis experimentos "avanzados", que no sabría decir si eran de biología o de química.
Estancia II - Simona, la loca
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Detrás de mi casa, en una de las calles que estrenaban sus funcionales aceras, en una vivienda en construcción, nos reuníamos en aquellos tiempos de vacaciones escolares: Miguel, su hermano Rafael, Adalberto, Eduardo, su hermano Orlando y yo,  para jugar a las "lanzadas". El juego consistía en correr por encima de las vigas de las viviendas en pleno proceso de edificación, esquivando ágilmente los penachos de cabillas que garantizaban la continuidad de las columnas, para luego realizar un salto mortal e increíble sobre el consabido montón de arena para construcción, depositado a un lado, para luego volver a subir a las vigas  y nuevamente saltar hasta el montón. La intención era marcar en el montón de arena las huellas más profundas; y siempre ganaba Adalberto, claro, era el más gordo de todos y pesaba más. Pero, igual, la verdadera diversión estaba en el simple hecho de saltar al montón de arena.
-¡Muchacho, bájate de esa viga, que te vas a caer! -gritaba alguien.
Corríamos entonces para evadir el regaño. Recuperábamos nuestros aros y, entre risas y guasas, corríamos a través de todo el conjunto de calles, hacia los confines de la escuela; luego, más arriba, hacia la calle empinada de la iglesia en construcción, en donde una vez fui "monaguillo suplente". Nos gustaba remontar la empinada cuesta conduciendo nuestros aros; para luego, desde arriba, dejarlos rodar libremente hacia abajo, en competencia, persiguiéndolos, riendo y jadeando ruidosamente.
            Era precisamente en ese sector, frente a la escuela, en donde nos quedábamos impávidos frente a la "casa sola", una casucha que hacía esquina entre la calle que pasaba frente a la escuela y la que bajaba de la iglesia, quedando la vivienda poco menos que enclavada en la pendiente y cuyo apelativo obedecía a que, por lo general, permanecía sola, aunque se sabía que la habitaba un anciano de caminar lento pero de aspecto huraño que nos infundía temor.
Y casualmente fue allí, frente a aquella casa, donde fue a parar aquel día el aro de Miguel, después de hacer un extraño giro en su trayectoria, desviándose a la izquierda. Ese día nos acercamos todos con gran sigilo a recuperar el aro y pudimos notar que la puerta, un pedazo de madera deforme y carcomida, estaba conspiradoramente entreabierta. No recuerdo quién de nosotros empujó la puerta y la abrió de par en par con un crujido sombrío. Desde el recinto, nos saludó un silencio expectante.
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Nos miramos unos a otros, atemorizados, pero igual nos dispusimos a trasponer el umbral, guiados por la imprudente curiosidad infantil. Ya adentro, en una pequeña estancia de un solo ambiente, admiramos unas hermosas espuelas de montar, colgadas de un clavo en la pared, que parecían custodiar al desvencijado camastro con sus sábanas cuidadosamente extendidas. A un lado, un fogón apagado y una tosca mesa con dos sillas de cuero. Al otro lado, un pequeño armario cuyas puertas abiertas dejaban ver algunas ropas del propietario del lugar. Al centro, la salida al minúsculo patio.
-¡Viene el dueño! -gritó alguno de improvisto.
            Corrimos entonces despavoridos, con la angustia en nuestro ser y los aros en las manos. No lo podría precisar exactamente, pero creo que ninguno de nosotros paró hasta llegar a su casa.
Uno de esos días de vacaciones escolares, recuerdo que eran ya los últimos, corriendo por las cercanías de la escuela y la iglesia, divisamos inesperadamente a Simona. Era, a la sazón, una muchacha de unos doce años cuya anatomía comenzaba ya a mostrar las sinuosas y atractivas formas femeninas, arropadas por un viejo y gastado camisón. Trastocada la niña, algunas veces escapaba de su casa y deambulaba por el sector, siendo entonces presa de la muchachada que se apresuraban en azorarla.
-¡Simona, la loca...! ¡Simona, la loca...! -gritaba el vocerío infantil con pitas y burlas. ¡Cuán crueles pueden ser los niños en pandilla!
            La sorprendida muchacha corría presurosa a ponerse a salvo, pero sin proferir insulto alguno como respuesta a la afrenta. En aquel entonces, no sabía si era muda o simplemente se rehusaba a hablar. Sólo sé que yo también participaba de aquella cruel persecución.
            Finalmente llegó el comienzo del nuevo año escolar. El primer día de clases. No sé por qué razón, el primer día de clases me entusiasmaba tanto. Quizás porque implicaba el reencuentro con todos mis amigos del año anterior, ocasión en la que lucíamos camisas nuevas y exhibíamos con orgullo nuestros escasos útiles escolares recién comprados. El colegio se inundaba rápidamente con la algarabía infantil, imposible de acallar, y con ese característico olor a lápices y cuadernos nuevos que siempre está presente en mi mente. Todo ello causaba en mí una impresión que nunca he sabido expresar a plenitud.
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            La maestra Cruz María era muy atractiva pero sumamente estricta y a veces estaba de muy mal genio. Sólo a veces. Como el día en que dictaba un tema y yo estaba al fondo del salón de clases, distraído. Lanzó con tal fuerza el borrador de tiza hasta la pared de fondo, que todo el polvillo de tiza cayó sobre mi delgada humanidad, entre las risas de todos, la mía incluida.
Sólo a veces, porque otras, lucía un aspecto melancólico y su mirada se perdía por momentos hacia algún punto distante. Cruz María debía estar pasando por algún conflicto sentimental porque, en ocasiones, después de cumplidos los objetivos de la jornada escolar, nos obsequiaba con una bella canción, así, a capela. Era hermoso entonces. Mi maestra de cuarto grado tenía una voz maravillosa que lograba enternecernos a todos.
            Aquel día, después de asistir a las clases, salimos juntos los de la pandilla habitual. Yo iba detrás, de último. Al instante, divisamos a Simona. Mis compañeros pasaron a su lado burlándose cruelmente y hostigándola. Ella, como siempre, emprendió la huída, desesperada, buscando donde refugiarse. Yo corrí tras ella, estimulado por el apremio y las arengas de la pandilla. Ella se refugió en la casa sola; y yo, olvidando por un momento mi temor a la casa, abrí la puerta y entré resuelto en su busca. Allí estaba Simona, agazapada tras el armario, mirándome con gran angustia.
Era la primera vez que la veía tan cerca y mi agitación se convirtió en sorpresa. Tras los mechones ralos y despeinados que caían sobre su rostro, los más grandes e increíblemente hermosos ojos verdes que he visto en mi vida me miraron con una mezcla de recelo y súplica. Sus mejillas estaban coloradas -no sé si debido a la carrera o a un súbito rubor- y manchadas con restos de mango y otros manjares previamente degustados. Tras la sorpresa de ambos, se hizo una larga e inusitada calma. Nos quedamos mirándonos en silencio por un momento y luego pareció tranquilizarse. Entonces sonrió dulcemente y, con un tono muy bajo en su voz, me dijo:
-No me grites...
No respondí, pues aún no volvía de mi estupor. Mi cuerpo se aflojó. Me sentí desarmado y sin fuerzas, sin saber qué hacer. Impulsivamente, la besé en la mejilla para luego echar a correr, con el rostro ardiendo, avergonzado. Desde ese día y por muchos días, no pude dejar de pensar en Simona y en ese mágico y sublime momento en la casa sola.
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            Después, mi tiempo se consumió entre la rutina diaria, las tareas escolares y los nuevos amigos. Todo me absorbía y me mantenía bastante ocupado como para volver a las andadas con el aro que, finalmente, fue quedando olvidado en un rincón del patio hasta que un buen día desapareció de mi casa, de mi mente y de mi vida. La pandilla poco a poco se fue disolviendo y ya no nos reuníamos como antes. Después, sólo a veces, algunos de nosotros coincidíamos en algún lugar y compartíamos algún momento de camaradería.
Lo supe el mismo día que ocurrió y sentí dentro de mí un enorme vacío, igual a la sensación que experimentamos cuando se marchan las visitas que han permanecido por días en nuestra casa y a quienes solemos acostumbrarnos con gran facilidad. Cuando se es niño, las personas en derredor son, a veces, como ríos que pasan y se van después quién sabe dónde. Pero, ambos, las personas y los ríos, van dejando siempre algo tras de sí: éstos un cauce hecho; aquéllas, pedazos de existencia que nos relaciona y que somos incapaces de olvidar por el resto de nuestras vidas.
Nunca supe la causa del evento, pero Simona, la loca, había fallecido. Su velatorio y sus exequias fueron como su propia vida: solitarios. Sólo estuvieron presentes en sus modestas exequias sus familiares más cercanos y algunas señoras rezanderas del lugar. ¡Paz a sus restos!
Ya de adolescente, jamás me atreví a preguntar. No sé si las personas relacionadas de alguna manera con ella la recordarán alguna vez; tampoco sé si alguno de mis compañeros de la pandilla alguna vez, quizá esbozando una sonrisa de picardía y comprensión, se habrá acordado de sus mejillas manchadas de mango y de su angustia; pero a mi mente, aún después de tantos años, por momentos llega el lejano pero imborrable recuerdo de Simona, la loca y el beso en la "casa sola". 
2000

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