Oyó unos pasos. Volteo, no había nadie. ¿Lo había imaginado? No, podía jurar que los había oído. Los había oído acercarse, tan despacio y a la vez tan deprisa. Había oído el sonido seco que hicieron al pisar el pasto. No eran los pasos, era solo que, ya los había oído  antes. Quizás ayer, en la mañana, hace meses, no lo recordaba. Había tratado de no darle mucha importancia. Sonrió levemente, lo había imaginado. Siguió caminando, el cielo se teñía de naranja. Volteo la cabeza de golpe, esta vez estaba segura de haberlos oído. Busco con la mirada, alguien la tenía que estar siguiendo. Siguió adelante tratando de convencerse de que todo estaba en su cabeza, se limpio el sudor de las manos en la blusa. Obscurecía, las luces de la calle se encendieron. Comenzó a caminar mas aprisa aunque ya no podía oír nada. Seguía volteando constantemente, pero seguía sin haber nadie. Las luces le daban una sensación de vació a la olvidada calle. Siguió caminando y durante un momento se sintió tan tonta de haber huido de unos pasos, pudo haber sido una mujer, un niño. No, había algo diferente en ellos e incluso habiendo cientos de personas alrededor ella hubiera podido distinguirlos. Suspiro con alivio al llegar a la casa, busco las llaves, no las encontraba y cuanto más tiempo le tomaba hallarlas, mas ella se daba cuenta de que alguien la observaba. Volvió a mirar, se sobresalto al oír las llaves caer a la acera. Las recogió rápidamente sin fijarse en la silueta de un hombre que se asomaba desde el callejón. Entro a la casa. Franco no estaba ahí, eso le causo una sensación de vació en los pulmones. Se sentó en el sillón, analizo ahí unos segundos la situación. Seguramente era su imaginación, estaba nerviosa, pero el que los oyera no significaba que fueran reales. Lo atribuyo a la falta de sueño, las pesadillas que siempre tenia, quizás lo atribuyo a eso por que la otra alternativa era demasiado escalofriante. Luego se levanto, decidió que no tenía sentido esperar a Franco ahí, él no tardaría. Fue al baño, se mojo la cara con agua, se quedo unos minutos ahí, viendo su rostro mojado en el espejo. Y entonces el sonido del agua fue opacado por un grito. Lo había oído, ya no eran pasos. Lo había oído respirar, lo había oído jadear, lo había oído y si de algo estaba segura era que la respiración y los pasos eran de la misma persona. ¿Pero como podía haber entrado a su casa? El solo pensamiento de poder estar en el mismo lugar con él le helaba la espalda. Salió corriendo del baño, no sabía como había podido entrar, la puerta estaba cerrada, la puerta siempre debía estar cerrada. Entonces vio a Franco llegar. Ella se detuvo en seco y se le quedo mirando.
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•-          Fer ¿Estas bien? -Preguntó él mientras se quitaba la gabardina.
•-          ¿Que, yo? ah,  si.
Él se le acerco, la abrazo y le beso la frente.
•-          ¿Segura?
•-          Si -dijo ella mientras recuperaba el aliento. -Pero...
•-          ¿Qué?
Ella vacilo un momento. Evito mirarlo a los ojos y por fin dijo:
•-          Creo que alguien me sigue.
Ahora él se le quedo viendo a ella, creyó que ya habían pasado por esto. Creyó que las terapias, los medicamentos...
•-          No me crees -Dijo ella soltándose de él.
Él pensó un momento mientras elaboraba la mentira. ¿Y si ella había heredado la misma enfermedad que su madre?
•-          Te creo -Dijo finalmente -Te creo.
Ella suspiro con alivio, sabía que no era verdad, pero tenía que escucharlo.
Tenia calor, mucho calor. Se estaba quedando dormida, no sabía si entre sueños o de verdad podía oír a Franco pasearse de un lado a otro de la habitación sin encender la luz, podía sentir como él la miraba entre la obscuridad. Le pareció tan extraño que él estuviera despierto y lo busco con sus manos entre las sabanas blancas. Entonces lo sintió, sintió su piel tibia. Se levanto de golpe, él estaba dormido. Entonces... ¿Cómo lo había oído caminar entre la obscuridad, como había visto de reojo su silueta perderse y aparecer entre la poca luz que entraba por el filo de la ventana? Ella respiraba tan agitadamente que si los pasos hubieran vuelto, no habría podido oírlos. Movió a Franco bruscamente, sintió como al tocarlo le mojaba de sudor el hombro. El se despertó sobresaltado.
•-          Lo he vuelto a oír -Dijo ella con el tono que se usa cuando se intenta contener las lagrimas.
Él la volteo a ver con una mezcla de risa y profundas ganas de llorar.
•-          Ven -Dijo abrazándola con un brazo y recostándola a lado suyo.
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Mientras ambos sin saberlo ni decírselo, deseaban con todo lo que tenían, que esto no estuviera pasando. Pero ella había visto las sombras y nada, sin importar cuanto desearan podría cambiar eso. Ninguno de los dos pudo dormir, ella no dejaba de temblar, de imaginar que lo veía de nuevo, de sentir que en cualquier momento regresaría, sudando frío, aferrándose a las sabanas. No sabía a que le temía más, a las sombras o a la sensación que dejaban cuando ya no las podía ver. Sentía la respiración de Franco en el cuello y así se quedaron y aunque ninguno hablo o hizo ruido, ella sabía que Franco se hallaba despierto.
Los primeros rayos del sol entraron por la ventana. Cuando se volteo su novio no estaba, se había levantado hace horas, había hecho llamadas, ella lo había oído gritar desde el otro lado de la puerta. Se sentía más tranquila, se levanto, trato de pensar que la noche no había sido más que una pesadilla. Mientras se vestía,  acepto  el hecho de que podría haberlo soñado. Se sentó frente al espejo, busco en los cajones, saco el peine y comenzó a cepillarse su largo cabello castaño. Cualquiera al verla podría haber dicho por la manera en que aún le temblaban los dedos, que se hallaba muerta de miedo. Un miedo diferente, menos notable, menos fuerte, pero latente. Esta vez no grito, ni siquiera dejo caer el peine en el piso de madera, solo palideció y se quedo contemplando inmóvil el espejo en el que unos segundos atrás se había hallado reflejado ese rostro, oculto por una sombra. Tomo una bocanada de aire y tardo un momento en reaccionar ante lo que había pasado. Volteo, tal vez si hubiera volteado antes podría haber visto al hombre que reflejo su imagen. Pero ahora la habitación cálida, tenía una sensación de vacío, similar a la que sufre un cuarto cuando alguien acaba de salir. El sudor frío hacía que la blusa se le pegara a la espalda, se mordía el labio sin darse cuenta, podía oír los latidos de su corazón. ¿Gritar? Gritar no habría bastado, cuando el miedo alcanza esos niveles, de nada te sirve gritar. Sentía como la adrenalina inútil ante esa situación, se liberaba por sus venas. ¿Correr? ¿A donde?, no se podía huir de algo así. En la habitación se aspiraba el miedo. Franco rompió con ese sentimiento al entrar apresuradamente por la puerta con el teléfono en mano, anotando cosas, buscando papeles y luego deteniéndose a mirarla. Colgó.
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•-          Fernanda -Dijo, tomándola de los hombros.
•-          ¿Si?
•-          ¿Has tomado las  medicinas, verdad?
•-          Si.
•-          ¿Todos los días?
•-          Todos.
•-          ¿Segura?
•-          Si -Dijo ella tratando de suplantar el tono de miedo con uno de indignación.
•-          De acuerdo - La soltó, pero no la dejo de mirar.
•-          ¿Qué te pasa? -Pregunto ella, no le gustaba esa mirada. Era la misma mirada que le habían hecho la primera vez que los doctores la vieron.
•-          Nada -Bajo la vista -¿Por qué estas tan pálida? ¿Estas bien?
•-          Si -Dijo ella, se levanto y aún sudando, tomo su suéter negro de la silla y salió por la puerta.
Salió de la casa, su miedo era contenido por la ira. El no le creía, todo es diferente, todo cambia cuando le dices a las personas lo que no quieren oír. No sabía a donde ir, desde que salió no dejaba de sentir que alguien la seguía, ya no temía que la siguieran, ahora su miedo se concentraba en no dejar que la atrapara. No sabía quien era, que podría hacerle, porqué la seguía a ella. Ella no tenía nada, nada que valiera la pena. Presionó las manos con fuerza mientras caminaba por la banqueta, se sentía extrañamente protegida por los rayos del sol, al menos así podría verlo cuando se acercara, cuando la atrapara. Era mejor que morir sin saber quien la había matado. Seguía presionando las manos con fuerza y las presiono con tanta que sintió con alivio como se le abría la piel. Sabía a donde iba, pero no sabía para que, no creía que en ese lugar encontrara respuestas, pero creyó que tal vez no se atreverían a tocarla en una iglesia. Así que el miedo continuaba, sentía frío en la espalda que se transformaba en calor y de vuelta en frío. Su respiración era rápida. <> esas fueron las únicas palabras que repitió una y otra vez durante el camino, con las brazos cruzados, sin atreverse ahora a mirar, caminaba rápido. No podía volver, él debía de creer que estaba loca y no lo culpaba, incluso ella comenzaba a sospecharlo. Caminaba más rápido y hacía tanto frío que podía ver su aliento aparecer y desvanecerse en el aire. La estaban observando, lo sentía tan cerca. Se detuvo sin dejar de jadear, miro de reojo, no había nadie, no había ni una persona en toda la calle. Ni siquiera el joven de ojos verdes y cabello alborotado que se paraba siempre en esa esquina a pedir dinero para drogarse. <> pensó <>. Camino y  por primera vez en su vida, lo oyó, una fría y grave voz, hablaba bajo pero tan claro, que lo podía escuchar sin esfuerzo sobre el sonido de sus sollozos. La voz se expandió por la calle, alguien tenía que haberla oído, miro las luces de las casas, ellos debían, alguien tenía que haber oído. El frío le acaricio la espalda, el miedo la hizo correr. Pero era como si no estuviera en su cuerpo, sabía que estaba corriendo, pero al mismo tiempo sentía que seguía parada en la calle, inmóvil oyendo esa fría voz carente de sentimiento. "No puedes huir" ¿Cómo pudo haberle dicho algo así? Esas palabras le arrebataron de golpe hasta la poca esperanza que le quedaba. Seguía corriendo entre el frío, volvió a recordar las palabras "No puedes huir, no puedes huir".
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•-          ¡Mírame! -Grito - ¡Mírame huir!
Comenzó a dar vueltas buscando, como si creyese que la voz le respondería. Se asomo, vio la  iglesia, corrió, entró. Estaba obscura, incluso siendo de día, la ciudad se hallaba sumida en una triste obscuridad. Sintió una sensación de paz, camino lento, como si buscara a alguien o se aseguraba que alguien no se hallara ahí. Luego caminó al lugar más cercano al altar, las velas eran lo único que dejaba ver algo de las pinturas y cuadros, ella se arrodillo. Rezo, < Siguió rezando en voz baja, oyó unos pasos, suaves al pisar la alfombra. Debía ser el padre.
•-          Padre -Dijo, aun arrodillada frente al altar -Siento que desde hace tiempo, Dios no esta conmigo.
Él se acerco más.
•-          Si pudiera hacer algo, por favor padre, dígame que no estoy loca.
El hombre se hallaba cada vez mas cerca.
•-          Dígame -Dijo entre sollozos -Que aunque Dios no haga nada, él escucha.
Entonces soltó un grito que espanto hasta al silencio al sentir como una mano fría y larga le tocaba el hombro. Volteo, esta vez el sudor que le bajaba por la cara no podía distinguirse de las lágrimas. Esta vez temblaba tanto, que no podía ponerse de pie, no veía nada, las negras pupilas se habían abierto tanto que habían reemplazado todo el color miel de sus ojos. Un escalofrió le recorrió el cuerpo mientras la misma voz que había oído poco tiempo atrás, se repetía como un eco en la sola iglesia. <>. No sabía como había salido de la iglesia, asumió que la había dejado atrás, solo sabía que corría mientras obscurecía, la noche tenia miedo, corría ya sin importarle si alguien la estaba siguiendo o no. Solo corría mientras el sudor frío se trasformaba en caliente. Mientras la sangre viajaba tan fuerte y rápido que ella podía sentirla, mientras su corazón se oía más fuerte que sus propios pasos. Mientras oía risas, y aunque corría en la calle, sentía como si corriera en un pasillo, como si los muros se acercaran y las risas fueran cada vez más fuertes y más fuertes. Lo oía correr detrás de ella y lo oyó dar la vuelta en la misma esquina que ella lo hizo. Solo las estrellas serian testigos de lo que estaba por pasar. El cielo se veía exactamente igual, pero completamente diferente. Veía las luces de su casa, corría más rápido, más rápido que antes, mas rápido de lo que había corrido en toda su vida. Subió los escalones que llevaban a la entrada, sintió como él la jalaba del suéter, forcejeó, intento abrir la puerta, giro la manija, él la estaba jalando, rápido, empujo la puerta y por fin irrumpió en la habitación entre gritos y lágrimas y lo vio.  Al verla la piel pálida de Franco contrastaba más que nunca sus profundos ojos azules. Ella lo abrazó, él se hallaba tan espantado como ella. Se soltó con brusquedad y en cuanto más la veía más se daba cuenta que, por más que le doliera admitirlo, había tomado la decisión correcta.
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•-          María Fernanda...
•-          Franco. Estas aquí. -Dijo llorando -Él esta cerca, por favor haz algo, no dejes que me encuentre, por favor, haz algo.
•-          Fernanda -Bajo la mirada mientras escogía las palabras -Hay unos hombres aquí...
•-          ¿De que hablas? ¿Qué hombres? -Contuvo la respiración esperando que no fueran los que sospechaba.
•-          Creo -Tomo aire -Creo que tu condición ha empeorado.
•-          ¡¿De que hablas?! ¡Yo no estoy loca! ¿Crees que lo imagine? Él es real, él existe y él esta aquí.
•-          Mira...Los doctores pueden ayudarte y yo seguiré amándote, sin importar que.
Unos hombres altos entraron por la puerta de la cocina, vestidos con batas blancas.
•-          No Franco, no hagas esto.
•-          Tengo que hacerlo...
Los hombres comenzaron a caminar hacia ella.
•-          ¡No! -Se aferro a los brazos de él - ¡No estoy loca! ¡No me hagas esto!
Los hombres la tomaron de los brazos...
•-          ¡No! ¡Por favor, no dejes que me lleven! ¡Por favor!
Él la seguía mirando tan pálido como cuando la vio entrar.
•-          ¡Por favor! Tienes que creerme.
Los hombres la jalaban de los brazos hacia la puerta.
•-          ¡Yo no estoy loca! -Grito entre sollozos.
Y esas fueron las últimas palabras que él pudo oír antes de que ellos la sacaran de la casa y lo dejaran solo en una sala. Él se quedo ahí inmóvil, oyendo sin entender ni una palabra de sus gritos. ¿Cómo podía haber hecho eso? No, era lo mejor, lo mejor para todos. Ella estaría bien y con el tiempo volvería a ser la mujer que él siempre había amado. Sentía una presión en el pecho y seguía sin moverse.
•-          Perdóname... -Dijo tan bajo, que su voz se confundía con el aullido del viento. -Perdóname.
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Él se movió, ya no podía oírla gritar, oyó el sonido que hizo el auto donde la llevaban al arrancar. Había hecho lo correcto, lo correcto, ella estaba loca, ella estaba sufriendo y esa era la única solución. Se sentó en el sillón tratando de justificarse lo que había echo, puso sus manos sobre su cabeza <> y entre el silencio de la noche, él sintió como si su corazón se saltara un latido, como si le arrancaran de golpe el aire de los pulmones, palideció, sus dedos se aferraron con firmeza a la manga de su camisa, trago saliva, volteo y con la boca seca, con un grito atrapado en los labios, él se dio cuenta de que no había nadie y sin embargo podía seguir escuchando como esos pasos templados se hallaban cada vez mas cerca...
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