Mami, no ha sido fácil. Ha sido duro. Dueles, y duele mucho, pero es un dolor tan profundo e inexplicable que ni siquiera es necesario emitir el sonido del llanto en las noches; las lágrimas ruedan solas, casi sin esfuerzo. La tristeza tiene un eco tan hondo y tan inevitable, que a veces no puedo más que doblarme sobre mí misma, con el corazón arrugado, arrepintiéndome de lo que dejé de hacer a tu lado, de las palabras que nunca te dije y que se quedaron suspendidas en la intención.
Me siento sola. Aunque tu ejemplo de lucha es mi pilar, no puedo evitar preguntarme, a veces con miedo, cómo voy a seguir. Siento que el tiempo, la vida, incluso Dios, me han traicionado. Yo pensaba que estaríamos juntas y nos daríamos el tiempo que merecíamos como madre e hija. Pensé que tu nieto te tendría a su lado por muchos años más, y sin embargo, no fue así.
Duele, mami. Dueles aún en mis sueños, donde te veo tan distante, tan callada, y yo solo puedo observarte, sin poder alcanzarte. Me quedo con los "te quiero" atorados en la garganta, porque a veces todavía me parece mentira. Anhelo no despertar, quedarme ahí, contigo… pero mi cuerpo me traiciona y mis ojos se abren para recordarme que tengo un hijo de 10 años esperándome en este mundo.
No puedo evitar preguntarme: ¿cómo lo hiciste, mami? ¿De dónde sacaste las fuerzas para criarnos sola, para ser madre, guía y refugio, sin ayuda de nadie? Yo siento que mis fuerzas flaquean, que el futuro sin ti y sin la ayuda que prometiste me da miedo.
Me invade la culpa por no haberte disfrutado más, por las ocasiones en que te negué compañía o afecto. Me pesa haber sido la oveja negra, haberte juzgado en lugar de aprovechar el tiempo a tu lado. Ahora no sé cómo seguir, mami. Ahora que no estás, me doy cuenta de que no soy tan fuerte como creía. Tengo tanto miedo.
Te extraño profundamente, mami. Donde sea que estés, guíame. Abrázame en mis sueños y recuérdame que, de alguna manera, sigues conmigo.

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