Carta #7-Perdóname Mamá
Perdóname por mi soberbia y mi egoísmo, por esas partes de mí que sé que tanto te incomodaban y preocupaban. No puedo aceptar la forma en que mis hermanos viven su duelo. Simplemente siento que, con sus llantos y clamores, no te dejan descansar, especialmente mi hermana, ella, que siempre acaparó tu atención y, ahora, sufre de amnesia por el shock de perderte. Aún tras tu partida, vuelve a ser el centro, como siempre lo fue contigo. No quiero que esto suene a reproche, pero siempre te tuvieron en vida y no te aprovecharon, mientras que yo siempre mendigaba tu atención sin que lo supieras. No sabes el dolor que sentía al verte llegar a mi casa, enterándome de que mi hermana te rechazaba y te iba sacando poco a poco de su vida, después de todo lo que le diste. Me partía el alma verte buscar tu lugar, cuando ya te habías entregado entera a sacar a tus hijos adelante.
Yo era la oveja negra, la que comía aparte porque nunca era convocada a la manada y eso hacía que te comprendiera más de lo que podías imaginar. Mucha de mi rebeldía era sólo parte de la herida, esa que, anhelaba tu atención, tu amor, tu confianza en mí, como lo hacías con mis hermanos. Quería que mi palabra valiera tanto como la suya, que confiaras en mí, tanto como confiabas en ellos, y, ahora que no estás, sigo sintiéndome fuera de ese círculo. Por eso, me cuesta sentir empatía por su dolor… y quizá, mamá, ¿mi actitud tampoco te deja descansar en paz? Perdóname. Hoy quiero decirte que deseo sentirte solo mía en este dolor, que quiero ser egoísta por un instante y tener tu presencia para mí. Perdóname por haber sido una hija difícil, por haberte negado tantos ‘te quiero’, por los muros que mi soberbia y mi resentimiento levantaron y que me impidieron darte el amor que merecías. Siempre fuiste buena con todos, y yo sólo era esa hija rebelde que nadie quería, la que daba problemas, pero que, en el fondo, sólo necesitaba tu amor y tu atención, sin ser juzgada por mi forma de ser. Sabes, mamá, hoy todo eso ya no importa. Los últimos tres años fueron nuestro tiempo de sanación y reconciliación. Me hiciste sentir elegida, me sentí amada. Saber lo orgullosa que estabas de mí fue la salvación en tu partida, me dio sentido y refugio. Tal vez es egoísta regocijarme en esa felicidad, en ese amor que era sólo mío y no de mis hermanos, pero necesitaba saber que me querías. Necesitaba que ese amor borrara cada herida de mi infancia. Gracias por eso, mamá, gracias de todo corazón. Cuánto anhelo devolver el tiempo, pedirte que te quedaras conmigo, montar ese negocio juntas, decirte que aquí siempre tendrías tu lugar. Perdóname por relajarme y pensar que tendría más tiempo; no sabes lo feliz que fui cuando me dijiste que, al iniciar mi internado médico, vivirías conmigo y ayudarías con tu nieto. Me hice tantas ilusiones pensando que ahí tendríamos nuestro tiempo juntas, que podría hacerte la vida más fácil, darte lo que merecías. Hoy sólo puedo pedirte perdón, y pedirte paciencia para que algún día pueda entender el dolor de mis hermanos, para que mi corazón aprenda a ser compasivo, aunque aún anhele sentirte sólo mía.
Te extraño, mamá. A cambio de todo lo que no te di, aquí te entrego mi verdad sin máscaras.
Te amo en cada paso, en cada herida, y te llevo conmigo, siempre.



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