En mi apartamento, la habitación que ocupabas cuando me visitabas sigue intacta; tus cosas siguen en su lugar y no quiero moverlas, porque anhelo que tu energía permanezca allí. A veces entro buscándote, intentando encontrar tu presencia, deseando contarte cómo estuvo mi día. Te confieso que la primera semana fue muy difícil, me costó volver a mi rutina. Te extrañaba demasiado y mil preguntas me inundaban de culpa ¿Por qué no pasé mis últimas vacaciones contigo? ¿Por qué tuve que ser tan orgullosa? Si hubiera estado contigo esos días… ¿hubiera cambiado algo? A mi mente llegan las últimas conversaciones entre nosotras, cuando te sentías feliz, compartiendo con mi abuela. Me dijiste “le preparo desayuno, la baño y la ayudo, y ella está contenta”. En el fondo de mi corazón yo también sabía que tú estabas contenta, y pensé que lo mejor era que pasaras tiempo con tu madre, porque también lo merecías. Hoy agradezco a la vida que nos permitiera sanar antes de tu partida; agradezco haber comprendido que no fuiste una mala madre por ser diferente a las demás, sino porque luchabas con tus propios traumas internos. Entendí que, aunque estabas rota, me disté lo mejor de ti, a tu manera. No quiero reprocharte lo malo ni seguir haciéndome daño; la herida de tu ausencia es suficiente. Al final, descubrimos cuánto teníamos en común y que de ahí nacían nuestras diferencias. Comprendí que solo querías protegerme y evitar que repitiera tus errores. Esta semana fue especialmente dura para mí, en la universidad hubo grados y vi a tantas madres acompañando a sus hijas, vestidas elegantes y orgullosas. Mi corazón se encogió y tu ausencia se volvió más intensa; por un momento, sentí que no podía más, que iba a colapsar. No quería regresar a la universidad, pedí mi retiro, aunque no me lo aceptaron y sigo estudiando. Sé que, al final, es lo que tú hubieras querido: que no me rindiera, que continuara y siguiera llenándote de orgullo. Ser esa hija médica de la que tanto presumías me dio alivio en el corazón. Fue duro ver a esas madres felices, saber que yo estoy sola sin ti; ¿quién va a ayudarme en la semana de parciales?, ¿quién va a cuidar a tu tesorito de 10 años, tu cielito amado al que hacías cosquillas? Madre mía, me siento sola. No es lo mismo tenerte lejos y esperar que me visites dos o tres veces al año, que saber que ya no volveré a verte. ¡Qué duro es todo esto! Te he hecho velas con flores, las que tanto te gustan, y cada domingo te prendo una; es mi homenaje, mi promesa de no olvidarte, de que siempre estás presente. He soñado contigo tres veces, y te agradezco cada visita en mis sueños. No dejes de hacerlo, permíteme abrazarte alguna vez en ellos. En el último sueño me dijiste que tú también recorriste el mismo camino; al principio no lo entendí, pero al pensarlo
comprendí tu mensaje: debo seguir, como tú lo hiciste también, siempre adelante. Siempre estuviste sola y nos sacaste adelante sin ayuda. Ahora me toca a mí recorrer ese camino, aunque tengo la certeza de que no estoy sola: tú siempre vas conmigo. En otro sueño estabas feliz, me mostraste tus monedas y dijiste que tenías pocos recuerdos. Ojalá esos recuerdos sean lindos y felices. Te extraño, mami, no imaginas cuánto. Gracias por amarme con mis virtudes y mis errores. No te alejes de mí, no me olvides tú a mí. Hago lo mejor que puedo ahora con mi dolor e intento, de alguna manera, seguir demostrándote mi amor.

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