Llegó la hora de irme de la ciudad, pero no quise marcharme sin antes hacerte un homenaje, uno muy nuestro. Busqué la soledad de tu pabellón, esperando ese instante en que por fin se fueran todos y el silencio me permitió encontrarte solo para mí. Ese día, me senté frente a ti y comí uno de los tamales que hiciste antes de partir. Estaba delicioso, mamá. Perdóname por no compartirlo con mis hermanos, pero necesitaba sentirte cerca, sentir que ese instante solo nos pertenecía. Hoy te confieso que, aunque no quería reprocharte nada, si me hubieras pedido dinero para hacer más tamales, te lo habría enviado sin pensarlo, para que no hubieran sido treinta sino sesenta, para regalarte abundancia. Sé que no hubieses querido una lápida impersonal, y por eso decidí hacerla yo misma, para honrarte como te mereces, con flores y muchos colores, con arte a mano, tal como te gustaba. Mientras trabajaba moldeando cada flor y estucando, los recuerdos se arremolinaban en mi mente: aquellas tardes donde aprendía a crear algo nuevo y tú siempre celebrabas mis pequeños logros. Cuando hacía pulseras y aretes, te encantaban, hasta me dabas dinero para comprar materiales. Volvió también el recuerdo de aquella vela rosada, la de la rosa mal diseñada en la base, que no dudaste en llevarte porque te gustó tanto lo que estaba haciendo; buscaste un envase especial para que te hiciera una más grande. Ay mami, como te extraño... Mientras moldeaba las flores para tu lápida, sentí tu presencia cerca, como si estuvieras guiando mis manos. Por un momento fuiste más parte de mí que nunca; un calor suave, como brisa fresca, llenó mi corazón de ternura. El día también estaba hermoso, y lo tomé como una señal de tu felicidad por mi gesto. Al final, mis hermanos y yo pintamos tus flores a mano, en los colores que te representaban, y tus nietos te dejaron ramos hermosos, llenos de vida. Al partir, sentí en mi pecho una mezcla de tranquilidad y gratitud, impregnada de todo tu amor. Aunque la tristeza y el vacío siguen visitándome frecuentemente, puedo decir con certeza que tu amor es mi refugio, ese abrigo que no me ha dejado desmoronarme ni quebrarme. Gracias por acompañarme en cada detalle, en cada memoria, en cada gesto. Te amo y te honro, siempre, mamá.
Me fui llena de ti, sostenida por tu amor y por el homenaje que hicimos juntos mis hermanos, tus nietos y yo.

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