Carta #4-De frente con la Realidad en el refugio de tu Amor
Todos lloran, gritan y muestran su dolor mientras esperan la llegada que nadie quiere. Yo, en cambio, me siento en otra galaxia, como si hubiera tomado un somnífero y el mundo se hubiera vuelto distante, confuso, silenciado; apenas escucho lo que ocurre a mi alrededor. La gente se acerca, me dicen cuánto lo sienten, y yo solo puedo sentir rabia y tristeza mezcladas en mi corazón. No quería sus lástimas, no quería que te redujeran a un motivo de tristeza. Tú eras luz, amor, determinación, colores, flores y alegría. ¿Por qué tanto llanto?
Y entonces, de repente, un pensamiento claro inundó mi mente: todos sienten culpa. Sí, culpa. Porque tú siempre fuiste buena con todos, incluso cuando te rechazaron por tener menos, cuando te despreciaron, aunque ofrecieras tu ayuda, aunque te humillaran y nunca lo valoraran. Entendí que tu partida ya era suplicio suficiente para ellos. Si soy sincera, habría querido que tu velorio lo compartiéramos solo tus hijos, tus nietos y yo. No quería que nadie te molestara, que te miraran o que se acercaran con su tristeza. Pero sentí que no podía ser egoísta por primera vez en mi vida y debía permitir a los demás expresar su dolor, su culpa, su propio duelo. Vi a mis hermanos llorar, mi hermana, destrozada; mi hermano, luchando con su tormenta interior, evidente en su mirada. Yo solo podía observar, expectante, mientras esperábamos tu llegada. En mi corazón guardaba la esperanza imposible de que no llegaras, que todo fuera una broma y aparecieras riéndote, diciendo que solo querías vernos reunidos una vez más. La espera se hizo eterna. Decidí que, si era el final, debía ser como a ti te gustaba: tierno, cálido, hermoso. Mandé a cambiar las flores por hortensias y margaritas blancas y lilas, tu cóctel favorito de colores y vida. Intenté hablar con todos, pedirles que te dejaran descansar, que no reprocharan tu partida repentina. ¡Mamá, tú merecías descanso! Escuché sus anécdotas, sus palabras de cariño, y justo ahí llegó mi salvavidas, mi revelación. Me di cuenta de que, entre tus tres hijos, yo era con quien más hablabas, a quien siempre expresabas tu orgullo. Por fin me reconocí en tus gestos: no era más la oveja negra; tú veías mi cambio de vida, te alegrabas con cada paso. No lo había notado antes, porque estaba cegada por la soberbia y el resentimiento, pero entonces me aferré a esa verdad: en tu partida, me sentí amada, elegida, querida. Vi que me tenías de foto de perfil en tu celular, vi el último mensaje de Facebook donde me dejaste tu amor. Y me aferro a la satisfacción de sentir ese amor por última vez, con todas las fuerzas de mi ser. Sí, fui egoísta. No me importó el dolor de los demás; solo quería sentir tu amor, sólo para mí, porque lo necesitaba.
A tu llegada, todo estalló: los llantos, los gritos. Me choqué de frente con la realidad, el mundo se abrió de golpe y una fosa oscura me engulló. No quería escuchar a nadie; quería correr, salir huyendo, pero mis piernas no me obedecían. Me envolví en ellas, como queriendo evitar que mi corazón saliera despedido, mis manos aferradas al pecho buscando desaparecer esa sensación, pero era imposible: la verdad era que estabas ahí, en ese cofre blanco. Las palabras bonitas y los recuerdos se borraron de repente, reemplazados por la desolación y el vacío de saber que no volvería a escuchar tu voz. Me costó mucho volver a mí, regresar al centro de mi propia presencia. Cuando todo se calmó y la gente me dio espacio, busqué tu cofre, lo abracé. Te volví a expresar cuánto te quiero; ¡no sé si me habrás escuchado, espero que sí! No podía creer que no te volvería a ver. Aun así, con el corazón temblando, levanté la tapa; no me atreví a mirar tu rostro, porque quiero guardarte en mi memoria feliz y sonriente. Pero sí te acaricié las piernas, porque sentía la necesidad enorme de tocarte una vez más, sin importar nada. Quería que sintieras que yo estaba ahí, presente, como tantas veces. En ese instante, los recuerdos volvieron: aquellas tardes en que te masajeaba los pies con crema de manos, cuando me decías “gracias, hija, siento mucho descanso”. Las lágrimas salieron silenciosas, pero aproveché para decirte que descansaras por fin, que lo merecías, que buscaras un lugar cálido y lleno de luz donde sentarte. Te pedí que me perdonaras, y también te perdoné; te dije, tantas veces como pude en esos segundos, que te amaba. Aproveché para pedirte que me visitaras en mis sueños, que yo te recibiría con los brazos abiertos. Te soy sincera, mamá, ese gesto alivió un poco mi corazón: poder sentirte, aunque fuera sólo por unos segundos, hacerte saber que mi amor no tiene final.
Gracias, mamá. Gracias por demostrarme tu amor hasta el último momento. No quiero recordar lo duro ni lo malo, solo lo verdaderamente lindo y especial que vivimos juntas.



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