Mamá
Solía pensar que, al nacer, la cigüeña se equivocó de puerta. De niña, soñaba con otra vida: padres ricos, promesas grandes, un destino sin carencias ni ausencias. Creía, en mi inocencia, que estaba destinada a algo más que la lucha cotidiana y el esfuerzo constante. Y en medio de esos sueños imposibles, no veía tu entrega silenciosa, no veía el peso de tu amor porque buscaba respuestas en lo que me faltaba, no en lo que me dabas. Hoy, desde tu ausencia y el frío de sentirme sola, todo adquiere otro sentido. Ahora entiendo, mamá, lo que es vivir con la cabeza llena de preocupaciones, con el corazón roto y cansado. Entiendo lo que es sentir ansiedad ante el futuro y miedo a no poder. Entiendo la dificultad de demostrar afecto cuando el alma está desgastada y todo lo que quieres es huir, dormir, desaparecer por unas horas de la angustia y la exigencia.Perdóname por no haberlo visto. Por pensar que tu distancia era falta de amor y no cansancio, por pensar que tus silencios eran frialdad cuando eran pura lucha por no rendirte. Ahora sé lo difícil que fue y cómo ese agotamiento no era hacia mí sino hacia el mundo y sus injusticias. Ahora comprendo tus largas horas de sueño, tu dificultad para abrazar, ese dolor sordo que te acompañaba siempre. Ahora, en mi propio desgaste, reconozco tu fuerza. Siento en mi piel el mismo cansancio y la misma incertidumbre. Y aunque es tarde para decírtelo en persona, quiero que sepas que te entiendo, que tu peso era real, tu entrega inmensa y tu amor, aunque silencioso, me sostuvo mucho más de lo que imaginé. No llegué tarde, mamá, solo tardé en mirar con el corazón abierto. Te abrazo y te llevo conmigo. Si pudiera hablar contigo, solo diría: gracias, perdón, y te entiendo. Ahora, por fin, de mujer a mujer.

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