carta #11- Veinte de septiembre
¿Que cómo me siento? No lo sé. Han pasado ya dos meses desde tu partida y la herida duele igual que el primer día. Vivo con un nudo en la garganta que no me deja desahogarme. Es difícil salir con una sonrisa en el rostro cuando el corazón está hecho pedazos. Más difícil aún es ver a otros niños con sus abuelas en el parque, ver cómo los esperan a la salida del colegio, cómo siempre los acompañan a sus actividades, tal como tú solías hacerlo con tu nieto.
Sonreír no cuesta… lo que duele es contener las lágrimas al enfrentar esas escenas. Antes quizá no les daba valor, pero ahora daría lo que fuera por volver a vivirlas contigo.
¿Sabes? Hoy, en la misa, el padre decía que para Dios nada es imposible. Y sin querer, me reí por dentro, porque lo imposible es que Él te devuelva a mí. No dejo de preguntarme: ¿por qué tú? ¿Qué quiso hacer conmigo al llevarte? ¿Será que pretende verme más hundida de lo que tantas veces he estado a lo largo de mi vida? Porque, créelo o no, ya estoy acostumbrada a tocar fondo, pero esta vez el vacío es distinto… es insoportable.
¿Qué quieres de mí, Dios? No puedo volver a ti, porque me has arrebatado demasiado. Y te reprocho, y aunque me pidas aceptación, yo no puedo… no quiero… no lo acepto.
Dime, mamá, ¿cómo voy a enfrentar la vida sin ti? ¿Cómo seguir sin tu apoyo, sin tus palabras de aliento? A veces juro escucharte en mi mente y quisiera creer que eres tú, que realmente me hablas, y no solo mi subconsciente aferrándose a no olvidar el sonido de tu voz.



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