¿Y SI MENTIR FUERA LO CORRECTO?

Hector L Sobalvarro@hectorlsobalvarro
29 oct 2026·13 min de lectura

¿Y SI MENTIR FUERA LO CORRECTO?

Por Héctor L Sobalvarro 

Mentes Débiles Music 


La mentira tiene mala reputación.

Nadie quiere que lo llamen mentiroso.

Podemos aceptar que somos orgullosos,

impacientes,

complicados,

hasta egoístas.

Pero mentirosos…

eso cuesta un poco más.

Porque desde niños nos enseñaron una regla bastante sencilla:

No mientas.

Y probablemente sea una buena regla.

El problema comienza cuando uno crece.

Porque entonces descubre que la verdad también tiene consecuencias.

A veces decir la verdad cuesta una relación.

Un matrimonio.

Una amistad.

Un trabajo.

Dinero.

Reputación.

La tranquilidad de una familia.

Y entonces aquella regla tan sencilla empieza a complicarse.

Porque es muy fácil defender la verdad cuando la verdad no nos cuesta nada.

Lo difícil es defenderla cuando puede quitarnos exactamente aquello que queremos conservar.

Y ahí aparece la mentira.

No siempre como maldad.

A veces como miedo.

Como mala maña.

Como hábito.

Como mecanismo de defensa.

Como una manera de protegernos de algo que no queremos enfrentar.

Una reacción.

Una consecuencia.

Una pérdida.

Una vergüenza.

Tal vez por eso muchas mentiras comienzan con una frase que parece inocente:

Lo hice para protegerte.

Pero esa frase siempre me ha dejado una pregunta.

¿Cómo puedo decidir yo de qué tengo que protegerte?

¿Cómo sé cómo vas a reaccionar ante una verdad que todavía no conoces?

Tal vez llores.

Tal vez te enojes.

Tal vez entiendas.

Tal vez perdones.

Tal vez te vayas.

Tal vez hagas algo que jamás imaginé.

Entonces, cuando digo:

“No te lo conté porque no quería lastimarte”,

¿realmente estaba protegiéndote a ti?

¿O estaba protegiéndome yo de tu reacción?

Porque hay algo extraño en las llamadas mentiras piadosas.

Para protegerte de una reacción que todavía no has tenido,

primero tengo que decidir cuál habría sido tu reacción.

Y después tengo que decidir por ti que no debes tenerla.

Ahí la mentira deja de ser solamente una frase falsa.

Empieza a tocar tu libertad.

Porque si existe una verdad que podría cambiar una decisión que te pertenece,

y yo la escondo deliberadamente,

ya no estoy solamente controlando información.

Estoy interviniendo en tu decisión.

Tal vez te habrías quedado.

Tal vez te habrías ido.

No lo sé.

Pero precisamente ese es el punto.

No me correspondía saberlo por ti.

Yo soy responsable de cómo digo la verdad.

No soy dueño de cómo tú la recibes.

Y quizá por eso la mentira puede destruir mucho más que la confianza.

Mata la tranquilidad.

Después de suficientes mentiras, una conversación sencilla deja de ser sencilla.

“¿Dónde estabas?”

“En el supermercado.”

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Antes, supermercado significaba supermercado.

Ahora aparecen preguntas.

¿Con quién?

¿Por qué tardaste?

¿Por qué no contestaste?

¿Será verdad?

Entonces desde afuera alguien dice:

Qué celoso.

Pero tal vez no sean celos.

Tal vez sea desconfianza.

Y no son exactamente lo mismo.

Los celos preguntan:

“¿Y si prefieres a otra persona?”

La desconfianza pregunta:

“¿Y si lo que me estás diciendo no es verdad?”

Los celos tienen como centro al posible rival.

La desconfianza tiene como centro la palabra.

Y cuando la palabra pierde su valor,

puedes eliminar al rival,

cambiar de trabajo,

mudarte de ciudad,

entregar el teléfono,

compartir la ubicación,

y el problema puede seguir sentado en la misma habitación.

Porque ya no se trata de quién está alrededor.

Se trata de si tu palabra todavía significa algo.

La mentira también mata la inocencia de una relación.

No la inocencia infantil.

La otra.

La tranquilidad de escuchar una explicación sin necesitar investigarla.

Puede matar la intimidad.

Porque intimidad no es solamente desnudar el cuerpo.

También es permitir que alguien conozca una versión suficientemente verdadera de nosotros como para decidir si quiere permanecer ahí.

Y entonces aparece una pregunta incómoda:

Si te enamoraste de una versión de mí que yo cuidadosamente fabriqué para ti,

¿de quién te enamoraste realmente?

Pero quizá una de las cosas más graves que mata la mentira sea la realidad compartida.

Dos personas pueden interpretar un acontecimiento de manera diferente.

Pueden discutirlo.

Recordarlo diferente.

Darle significados distintos.

Eso no necesariamente significa que alguien esté mintiendo.

La memoria humana no es una grabación.

Estar equivocado no es mentir.

Recordar diferente no es mentir.

Para hablar de mentira tiene que existir algo más:

la intención de hacerte creer algo que yo considero falso.

Y cuando eso ocurre repetidamente,

ya no vivimos completamente en la misma realidad.

Yo sé una cosa.

Tú crees otra.

Y yo necesito que sigas creyéndola porque esa versión me conviene.

Eso es poder.

Por eso quizá mentir no sea solamente alterar la verdad.

A veces es intentar conservar el poder sobre una realidad que la verdad nos obligaría a compartir.

Y entonces aparece otra palabra:

privacidad.

Porque tampoco creo que honestidad signifique decirlo todo.

No todo el mundo tiene derecho a saber todo de nosotros.

Hay pensamientos privados.

Hay historias que no nos pertenecen contar.

Hay secretos confiados por otros.

Hay preguntas que alguien simplemente no tiene derecho a hacernos.

Puedo decir:

“No quiero hablar de eso.”

Puedo decir:

“Eso pertenece a mi vida privada.”

Puedo decir:

“No tienes derecho a preguntarme eso.”

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Puede molestarte.

Puede hacerte sospechar.

Puede incluso hacer que te vayas.

Pero no te fabriqué una realidad.

Hay una diferencia enorme entre decir:

“No voy a decirte con quién estoy”

y decir:

“Estoy sola”

cuando alguien está sentado a mi lado.

Una cosa puede ser un límite.

La otra es una realidad inventada.

Y tal vez algunas personas mienten precisamente porque nunca aprendieron a poner límites.

Es más fácil inventar una historia que soportar el conflicto de decir:

“No.”

“No te corresponde.”

“No voy a explicártelo.”

“Puedes enojarte.”

La mentira hace entonces el trabajo que debería haber hecho el límite.

Pero tiene un precio.

Y algunas veces ese precio ni siquiera lo paga quien mintió.

Lo paga alguien más.

Un hijo, por ejemplo.

“Si tu papá pregunta, dile que venimos solos.”

“No le digas que él está aquí.”

Eso ya no es solamente mentir.

Es reclutar.

Ahora el niño tiene que recordar dos realidades:

lo que ocurrió

y lo que debe decir que ocurrió.

Tiene que recordar quién sabe qué.

Qué versión corresponde a cada persona.

Qué palabra puede provocar una pelea.

Y puede quedar atrapado en algo que ningún hijo debería tener que resolver:

Si digo la verdad, traiciono a quien me pidió esconderla.

Si miento, engaño a alguien que también quiero.

El adulto evitó momentáneamente el conflicto.

El niño lo heredó.

Hay mentiras cuyo precio no lo paga solamente la persona engañada.

A veces lo paga también quien fue obligado a sostenerlas.

Ese es el costo colateral de la mentira.

Una persona miente.

Otra cubre.

Otra guarda silencio.

Otra confirma la versión.

Y de pronto la mentira original necesita nuevas mentiras para seguir respirando.

Quizá por eso algunas mentiras se parecen a otros hábitos destructivos.

Primero utilizas la conducta.

Después la conducta empieza a utilizarte.

Ya no mientes solamente para esconder el hecho original.

Mientes para esconder que mentiste.

Y si te descubren…

como decía un amigo mío:

“Finjo demencia.”

Suena gracioso.

Hasta que uno piensa en lo que significa.

“Yo nunca dije eso.”

“Me entendiste mal.”

“No fue así.”

“No me acuerdo.”

“Estás exagerando.”

“¿Y por qué estabas investigándome?”

La primera mentira intenta esconder el hecho.

La siguiente intenta escapar de la responsabilidad de haber mentido sobre el hecho.

Y cada vez que una mentira es descubierta aparece una oportunidad de regresar a la verdad.

Ser descubierto no te convierte en honesto.

Lo que haces después de ser descubierto quizá sí revele si estás dispuesto a empezar a serlo.

Porque tampoco es igual confesar que ser descubierto.

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Decir:

“Tengo algo que contarte”

no es lo mismo que admitir únicamente aquello que la otra persona acaba de demostrar.

Confesar por partes,

entregando solamente la verdad que ya no puede esconderse,

puede seguir siendo otra manera de administrar la realidad.

Entonces aparece la pregunta:

¿Puede cambiar un mentiroso?

Creo que sí.

Pero no porque prometa que nunca volverá a mentir.

Una persona que ha utilizado la mentira durante años puede haber descubierto que funciona.

Evita discusiones.

Protege su imagen.

Compra tiempo.

Conserva relaciones.

Evita consecuencias.

Controla lo que otros saben.

El problema es que aquello que funciona se repite.

Hasta convertirse en reflejo.

Por eso cambiar no consiste solamente en dejar de decir cosas falsas.

Consiste en aprender a soportar aquello de lo que la mentira nos protegía.

La vergüenza.

La pérdida.

El enojo del otro.

La posibilidad de decepcionar.

La posibilidad de que alguien conozca la verdad y decida irse.

Quizá el mentiroso comienza realmente a cambiar cuando prefiere enfrentar las consecuencias de la verdad antes que seguir disfrutando de la protección de la mentira.

Pero entonces aparece otra injusticia posible.

El que cambia puede decir:

“Ya te estoy diciendo la verdad. ¿Por qué no confías en mí?”

Porque la verdad puede decirse en cinco minutos.

La credibilidad no se reconstruye en cinco minutos.

Mi padre decía algo mucho más sencillo:

“La confianza es como un vaso de agua.

Si se derrama, no la vuelves a poner.”

Durante mucho tiempo entendí esa frase como una advertencia:

cuida la confianza porque, una vez perdida, no regresa.

Hoy la entiendo un poco diferente.

Tal vez alguna confianza sí pueda reconstruirse.

Pero no recoges el agua derramada y la vuelves a poner limpia en el mismo vaso.

Algo ocurrió.

Algo tocó el suelo.

Y aunque vuelvas a llenar el vaso,

ya sabes que una vez estuvo vacío.

La confianza se destruye con información,

pero se reconstruye con experiencia.

“Te prometo que cambié”

es información.

Meses o años diciendo la verdad cuando habría sido más conveniente mentir

es experiencia.

Y aun así,

reparar no significa necesariamente recuperar.

Puedes decir toda la verdad.

Puedes arrepentirte.

Puedes cambiar.

Puedes hacer las cosas correctamente durante mucho tiempo.

Y la otra persona todavía puede decidir irse.

Cambiar te da derecho a convertirte en una persona diferente.

No te da derecho a recuperar a la persona que lastimaste.

Porque perdonar,

confiar

y reconciliarse

son tres cosas diferentes.

Puedo perdonarte y no volver a confiar en ti.

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Puedo volver a confiar en ti y decidir que no quiero regresar.

Y podemos intentar reconciliarnos y descubrir que algunas cosas, aunque reparadas, ya no soportan el mismo peso.

Entonces,

¿por qué es mejor no mentir?

Aquí pensé que encontraría una respuesta sencilla.

No la encontré.

Kant prácticamente diría que la mentira ataca la dignidad y la autonomía del otro, porque manipula la información con la que decide.

Sartre nos obligaría a mirar hacia adentro y preguntarnos si estamos actuando de mala fe, construyendo explicaciones para escapar de nuestra propia libertad y responsabilidad.

El budismo añadiría otra pregunta:

¿A qué estoy tan apegado que necesito deformar la realidad para conservarlo?

Mi relación.

Mi reputación.

Mi comodidad.

Mi dinero.

Mi imagen.

El control.

La versión de mí mismo que quiero que los demás sigan creyendo.

Quizá algunas personas no mienten porque odien la verdad.

Mienten porque están demasiado apegadas a algo que la verdad podría quitarles.

Y la Biblia lo plantea desde otra dirección:

“Desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros.”

Efesios 4:25.

No dice solamente que la mentira sea mala.

Coloca la verdad dentro de la relación.

Somos miembros los unos de los otros.

Lo que altero en tu percepción termina alterando lo que existe entre nosotros.

Pero todavía queda el problema más difícil.

¿Mentir está siempre mal?

Supongamos que alguien quiere matar a una persona inocente que escondí en mi casa.

Toca la puerta.

“¿Está aquí?”

¿Tengo obligación moral de decir la verdad?

Si digo que no,

mentí.

Pero si digo que sí,

dije la verdad y quizá colaboré con algo monstruoso.

Entonces descubrimos algo incómodo:

verdad y moralidad no son exactamente sinónimos.

Una verdad puede utilizarse para hacer daño.

Una mentira puede utilizarse para impedirlo.

Así que decir:

“Mentir siempre está mal”

quizá sea demasiado fácil.

La pregunta tiene que ser mejor.

¿Estoy mintiendo para proteger a alguien de un daño injusto?

¿O estoy mintiendo para protegerme de una consecuencia que no quiero enfrentar?

Eso cambia muchísimo.

Y todavía queda una mentira más difícil.

La que funciona.

La que nadie descubre.

La que consigue exactamente aquello que buscaba.

Nadie llora.

Nadie se va.

Nadie sabe.

Entonces:

si una mentira nunca es descubierta y aparentemente nadie sufre por ella,

¿sigue estando mal?

Ahí la respuesta se vuelve incómoda.

Porque desde afuera puedo decir:

Claro que sí.

Pero cuando soy yo quien puede perderlo todo…

tal vez empiezo a negociar.

Puedo decir que mentir está bien si me conviene.

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Moralmente sé que algo no cuadra.

Pero la mentira tiene una habilidad extraordinaria:

le ata las manos,

los pies

y la boca

a la moral.

Porque casi todos sabemos defender nuestros principios mientras nuestros principios no nos cobran demasiado.

La verdadera prueba comienza cuando hacer lo que consideramos correcto puede costarnos algo que amamos.

Y todavía podríamos decir:

Pero si nadie descubrió la mentira, nadie sufrió.

Tal vez.

Pero quizá sufrimiento no sea la única forma de daño.

Si durante diez años alguien tomó decisiones que habría tomado de manera diferente conociendo la verdad,

aunque haya vivido feliz,

algo le fue quitado.

La posibilidad de elegir con conocimiento de la realidad.

Su autonomía.

Tal vez nunca sintió el daño.

Tal vez murió sin conocerlo.

Pero no pudo tomar una decisión que le pertenecía,

porque alguien tomó parte de ella por él.

Y ahí regreso al principio.

Quizá la razón más profunda para no mentir no sea que la verdad siempre produce mejores resultados.

No los produce.

La verdad puede destruir relaciones.

Puede hacernos perder dinero.

Puede decepcionar a nuestros hijos.

Puede quitarnos personas que amamos.

Puede dejarnos solos.

Tampoco es que la verdad siempre duela menos.

A veces duele muchísimo más.

Es que decir la verdad significa aceptar algo que a los seres humanos nos cuesta muchísimo aceptar:

que no somos dueños de la reacción del otro.

Puedo elegir lo que hago.

Puedo elegir cómo te hablo.

Puedo elegir mis límites.

Puedo decidir qué partes de mi intimidad no te pertenecen.

Pero cuando una verdad sí afecta una decisión que te corresponde,

no debería fabricar otra realidad para conseguir de ti la respuesta que yo quiero.

Tal vez por eso la mentira resulta tan tentadora.

Porque durante unos minutos nos ofrece algo que la verdad jamás puede prometernos:

control.

Control sobre lo que sabes.

Control sobre cómo me ves.

Control sobre lo que decides.

Control sobre si te quedas.

Y quizá por eso decir la verdad requiere algo más que honestidad.

Requiere renunciar a ese control.

Decirte:

Esta es la verdad.

No sé qué vas a hacer con ella.

Tal vez me entiendas.

Tal vez me perdones.

Tal vez me dejes.

Pero esa decisión es tuya.

Y si alguna vez mentí para evitar que pudieras tomarla,

entonces no solamente te debía una disculpa.

Te debía algo que la mentira te había quitado:

tu libertad.

Por eso quizá la pregunta nunca fue solamente:

¿Está mal mentir?

La pregunta era:

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¿Qué estoy intentando conservar cuando decido mentir, y quién terminará pagando el precio para que yo pueda conservarlo?

Porque la mentira parece barata cuando miramos solamente lo que nos permite conservar.

La factura aparece después.

Y algunas veces,

la factura ni siquiera llega a nosotros.

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© CC BY-NC-ND 4.0 — Solo lectura
Publicado en Textale · Obra registrada bajo licencia de autor
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Escrito porHector L SobalvarroEscribo para cuestionar lo que creemos entender sobre la vida, Dios, el amor, la muerte y nosotros m…
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