Alegoría de La Paz

Hector L Sobalvarro@hectorlsobalvarro
7 oct 2026·10 min de lectura

ALEGORÍA DE LA PAZ

Por Héctor L Sobalvarro

El viento trajo un murmullo de cascabeles y sal,

la Felicidad llegaba cantando por el sendero,

con su sombrero de plumas y su capa cristalina,

saltando sobre los charcos con paso fino y ligero.

Entró sin golpear la puerta, bailó sobre la canela,

dejó un racimo de risas prendido de la pared,

encendió de pronto un fuego de luces y serpentinas

y nos sirvió una copa para calmar la sed.

Pero al caer la tarde, juntó sus mil cascabeles,

cerró su maleta de oro con prisa y con disimulo.

“Me voy para otra casa, que el mundo me está esperando”,

dijo guiñando un ojo, y se perdió en el oscuro.

Nos quedamos en la sombra, mirando la puerta abierta,

con el eco del pandero flotando en la soledad,

hasta que un paso lento, sutil como la neblina,

recorrió el pasillo largo con toda su majestad.

Era la Paz que entraba, sin prisa, sin alboroto,

descalza sobre las baldosas, vistiendo un manto de lino,

puso en la mesa un plato con pan caliente y romero

y acomodó en las esquinas las piedras del camino.

No trajo luces de fiesta ni cantos extravagantes,

sino el sonido constante del agua sobre el brocal,

desató los nudos ciegos que nos ataban el pecho

y encendió una luz serena frente a la tempestad.

Comprendí esa misma noche la historia de los viajeros,

el truco del visitante y la ciencia del hogar:

La felicidad es una emoción que visita.

La paz es un lugar donde el alma aprende a vivir.

La primera es un cometa que cruza el cielo encendido,

un relámpago de dicha que viene y vuelve a partir.

La segunda es la morada, la tierra limpia y la cuna,

el refugio silencioso donde aprendemos a ser.

⸻

Escribí esas palabras creyendo que había entendido a la Paz.

Pero había un problema.

Seguía imaginándola llegando.

La había vestido de lino.

La había puesto descalza.

La había hecho recorrer el pasillo de mi propia casa.

Había escrito:

Era la Paz que entraba.

Y un día me pregunté:

¿Y si nunca entró?

¿Y si fui yo quien la imaginó afuera porque todavía no sabía dónde buscarla?

Quizá por eso pasamos buena parte de nuestra vida pidiéndole que venga.

Dame paz.

Necesito paz.

Quiero encontrar paz.

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Hasta podemos hablarle como a ese ser casi angelical que vemos a la distancia. Le damos una que otra oración para que nos elija, como quien le pide a un santo que interceda por un milagro.

Y mientras esperamos que llegue…

la casa está llena de ruido.

Felicidad es probablemente la más escandalosa.

No lo digo como reproche.

Me gusta cuando viene.

Trae sus cascabeles, abre las ventanas, pone música, sirve una copa y durante unas horas consigue que la existencia parezca mucho más sencilla.

Hay noches así.

Hay amores así.

Hay abrazos así.

Hay conversaciones, viajes, canciones, personas y momentos que uno quisiera agarrar por los hombros y decirles:

—No te vayás todavía.

Pero Felicidad nunca prometió quedarse.

Nosotros inventamos esa parte.

Quizá ahí comienza Apego.

Apego aparece justo cuando Felicidad recoge su maleta.

—No te podés ir.

Felicidad lo mira sorprendida.

—¿Por qué no?

—Porque me hiciste sentir bien.

—Sí.

—Entonces quedate.

—Yo nunca te prometí eso.

—Pero pensé que esto iba a durar.

Y Felicidad, antes de atravesar la puerta, podría responder algo terriblemente sencillo:

—Vos lo imaginaste.

Ahí comienza nuestra pelea.

No necesariamente con Felicidad.

Con la realidad.

Porque no solamente queremos conservar lo que amamos.

Queremos conservar la historia que habíamos construido alrededor de ello.

La persona.

El futuro.

La promesa.

La sensación.

La versión de nosotros mismos que existía mientras aquello estaba presente.

Y cuando se va, cerramos el puño.

Como si pudiéramos agarrar agua.

Cuanto más fuerte apretamos, más rápido se escurre entre los dedos.

Entonces Paz, que ha permanecido silenciosa durante todo este espectáculo, dice:

—Abrí la mano.

—Si la abro, la pierdo.

—Ya se fue.

—Entonces no quiero abrirla.

—Mirá tu mano.

La abro.

Está mojada.

Y comprendo algo.

Abrir la mano no significa que el agua nunca estuvo ahí.

La mano todavía está mojada.

Soltar no borra.

Aceptar no niega.

Dejar ir no convierte lo vivido en mentira.

Hay personas que ya no podemos tocar y continúan viviendo de alguna manera en una frase que repetimos.

Hay lugares a los que quizá nunca volvamos y todavía podemos cerrar los ojos y caminar por ellos.

Hay voces que dejaron de sonar y, sin embargo, aparecen exactamente cuando las necesitamos.

Tal vez por eso confundimos tantas veces soltar con perder.

No son exactamente lo mismo.

Pero entonces llega Miedo.

Miedo no toca la puerta.

Pregunta:

—¿Y si nunca vuelve algo así?

Y detrás aparece Ansiedad:

—¿Y si mañana es peor?

Dolor se sienta en una silla sin pedir permiso.

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Apego sigue mirando la puerta.

Felicidad ya está lejos, pero todavía escuchamos sus cascabeles.

Todos hablan.

Todos quieren ser escuchados.

Y nosotros los escuchamos porque hacen ruido.

Curiosamente, nos entregamos a ellos con una facilidad extraordinaria.

A Miedo le entregamos decisiones.

A Ansiedad le entregamos el futuro.

A Apego le entregamos las manos.

A Ira le prestamos la boca.

A Dolor, algunas veces, le entregamos la casa entera.

Y a Felicidad…

a Felicidad somos capaces de perseguirla durante años.

Entonces Paz pregunta desde algún rincón:

—Si sos capaz de entregarte completamente a todos ellos, ¿por qué peleás tanto conmigo?

No contesto.

—Solamente ríndete a mí —susurra.

Pero rendirse suena peligroso.

Nos enseñaron a resistir.

A luchar.

A conquistar.

A recuperar.

A demostrar.

Incluso a aparentar.

Nos ponemos máscaras.

A veces hasta nuestros propios cascabeles.

Queremos que alguien vea que estamos bien.

O que vea que estamos mal.

Hacemos ruido.

Quizá porque el silencio nos obligaría a escucharnos.

Y Paz no grita.

Ese es su problema.

Compite contra personajes mucho más ruidosos.

Durante mucho tiempo pensé que tener Paz significaba que dejarían de dolerme las cosas.

Ahora no lo creo.

Eso sería anestesia.

La anestesia no siente.

La Paz siente sin convertirse en esclava de lo que siente.

Puedo llorar y tener Paz.

Puedo extrañar y tener Paz.

Puedo reconocer que algo me rompió y aun así no entregarle lo que queda de mi vida.

Puedo decir:

Esto estuvo mal.

Esto me dolió.

Esto no era lo que quería.

Y después agregar:

Pero no voy a permitir que lo que ocurrió gobierne para siempre lo que ocurre dentro de mí.

La Paz no es un día sin tormenta.

Es otra cosa.

Pienso en un roble.

Un roble bajo el sol sigue siendo un roble.

Un roble bajo la lluvia sigue siendo un roble.

Cubierto de nieve, sigue siendo un roble.

Azotado por el viento, sigue siendo un roble.

Hasta que llega el hacha.

Entonces cae.

Porque la Paz tampoco nos vuelve invulnerables.

Hay golpes que nos tumban.

Pérdidas que nos parten.

Días en los que no podemos permanecer de pie.

Pero caer no siempre significa dejar de tener raíces.

—Entonces, ¿qué son mis raíces? —pregunto.

Paz guarda silencio.

Y tengo que responder yo.

Mis raíces son el agradecimiento.

Son la capacidad de mirar todo lo bueno que todavía tengo cuando mi mente insiste en mostrarme solamente aquello que perdí.

Son lo que alimenta mis días y hace que cada mañana vuelva a levantarme y siga caminando.

Son mi hijo.

Mi hija.

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Mi nieto.

Son las memorias que todavía me hacen sonreír cuando aquello que recuerdo ya no puede ser tocado.

Es la voz de mi padre aunque él ya no esté.

Es el amor de mi madre.

Son sus oraciones.

Es mi todo.

Pero también son un viaje hacia adentro.

Un lugar donde algunas veces quema y otras veces congela.

Son constancia.

Silencio.

La decisión de sentir todo lo que significa estar vivo sin salir corriendo de mí mismo.

Y cuando finalmente llego hasta allí descubro algo extraño:

no estoy solo.

Pero todavía queda una pregunta.

¿Quién está conmigo?

Hace años tuve un sueño.

Era de noche.

Había llovido.

Yo estaba en un lugar grande y abierto. En el suelo habían quedado charcos y sobre ellos apenas se reflejaban algunas luces.

Entonces vi una silueta humana a la distancia.

Venía hacia mí.

Sentí miedo.

No un miedo intelectual.

Miedo en el cuerpo.

El corazón comenzó a golpearme tan fuerte que podía escucharlo en mis oídos. Sentía el temblor recorrerme mientras aquella figura continuaba acercándose.

Pensé que algo oscuro venía por mí.

Quise moverme.

No pude.

La figura siguió caminando.

Cada vez más cerca.

Más cerca.

Hasta quedar frente a mi rostro.

Entonces pude verla.

Era yo.

Desperté acelerado.

Pero extrañamente sentí Paz.

Había tenido miedo de encontrarme conmigo mismo.

Y cuando finalmente ocurrió…

no había ningún demonio esperándome.

Estaba yo.

Con mis recuerdos.

Mis heridas.

Mis errores.

Mi historia.

Mis muertos.

Mis vivos.

Mis amores.

Mis pérdidas.

Mis raíces.

Quizá llevamos demasiado tiempo mirando una silueta a la distancia esperando que sea Paz quien venga caminando hacia nosotros.

Pero entonces recuerdo unas palabras de Jesús:

“La paz os dejo, mi paz os doy.”

No dijo que nunca habría tormenta.

No dijo que Felicidad se quedaría para siempre.

No dijo que no habría pérdida, miedo o dolor.

Dijo:

Mi paz os doy.

De niño escuché una historia.

Contaban que Dios quería esconder la Paz del ser humano para que este tuviera que buscarlo.

Pensó esconderla en el océano.

Pero imaginó que algún día construiríamos submarinos capaces de encontrarla.

Pensó ponerla entre las estrellas.

Pero comprendió que construiríamos naves y llegaríamos hasta ellas.

Pensó en lugares cada vez más remotos.

Hasta que finalmente decidió:

La pondré dentro de ellos.

Ahí tardarán mucho más en buscarla.

No sé de dónde salió aquella historia.

Pero nunca la olvidé.

Y hoy me hace pensar que quizá pasamos demasiado tiempo recorriendo océanos y mirando estrellas mientras evitamos el único viaje que realmente nos asusta:

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el viaje hacia adentro.

No porque nosotros seamos dioses.

No porque no necesitemos a nadie.

No porque todo lo necesario para vivir nazca mágicamente dentro de nosotros.

Somos también las personas que nos amaron.

Las palabras que nos dejaron.

Las manos que nos sostuvieron.

Las oraciones que alguien hizo por nosotros cuando ni siquiera estábamos presentes.

Somos raíces entrelazadas con otras raíces.

Pero llega un momento en que tenemos que entrar solos a nuestra propia casa.

Sentarnos.

Guardar silencio.

Y escuchar.

Entonces quizá descubramos que Paz nunca estuvo compitiendo con los demás.

Miedo puede entrar.

Dolor puede sentarse.

Ansiedad puede hablar.

Apego puede llorar junto a la puerta.

Y cuando Felicidad vuelva —porque algunas veces vuelve— no tenemos que recibirla con desconfianza.

Al contrario.

Que entren los cascabeles.

Que suene el pandero.

Que se abran las ventanas.

Que baile sobre la canela.

Bailemos con ella.

Disfrutemos su visita.

Solo no volvamos a confundir una visita con una mudanza.

Cuando llegue la hora y Felicidad vuelva a cerrar su maleta, podemos acompañarla hasta la puerta.

Dar las gracias.

Y dejarla partir.

Porque ninguno de ellos tiene las escrituras de la casa.

Ni Miedo.

Ni Dolor.

Ni Apego.

Ni siquiera Felicidad.

La casa pertenece al alma que finalmente aprendió a habitarla.

Y quizá entonces, cuando todos los cascabeles callen, volvamos a escuchar aquella voz que siempre confundimos con alguien que venía desde lejos.

Muy bajito.

Casi como el agua cayendo sobre un brocal:

—Solamente ríndete a mí.

Y finalmente comprenderemos lo que aquellas palabras querían decir desde el principio:

La felicidad es una emoción que visita.

La paz es un lugar donde el alma aprende a vivir.

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© CC BY-NC-ND 4.0 — Solo lectura
Publicado en Textale · Obra registrada bajo licencia de autor
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Escrito porHector L SobalvarroEscribo para cuestionar lo que creemos entender sobre la vida, Dios, el amor, la muerte y nosotros m…
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