CÓMO NO TE VA A GUSTAR?

Hector L Sobalvarro@hectorlsobalvarro
24 oct 2026·6 min de lectura

¿CÓMO NO TE VA A GUSTAR?

Por Héctor L Sobalvarro

Hay palabras que con el tiempo dejan de significar solamente lo que significaban.

La historia las toca.

La sociedad las usa.

Las ideologías las adoptan.

Las experiencias las cargan de nuevas asociaciones.

Y un día escuchamos una palabra y reaccionamos no necesariamente a su raíz, sino a todo lo que hemos aprendido a colocar encima de ella.

Radical es una de esas palabras.

Cuando alguien dice:

—Hay que ser radical.

es fácil imaginar extremismo, intolerancia, fanatismo o una persona incapaz de aceptar otra manera de pensar.

Pero la palabra tiene una raíz mucho más interesante.

Radical viene del latín radix: raíz.

Ir a la raíz.

Entonces quizá ser radical no signifique necesariamente irse a un extremo.

Quizá algunas veces significa ir suficientemente profundo.

Pensé en esto mientras intentaba cambiar algo mucho menos filosófico: mi manera de alimentarme.

Me propuse hacerlo durante cuarenta días.

No más o menos.

No cuando fuera conveniente.

No de lunes a viernes para negociar conmigo mismo durante el fin de semana.

Cuarenta días.

Ayer Mateo estaba comiendo pizza.

Y yo quería un pedazo.

No había dejado de gustarme la pizza. No había desaparecido el deseo. Tampoco había ocurrido un milagro mediante el cual mi cuerpo rechazara repentinamente aquello que tantas veces había disfrutado.

Simplemente recordé mi decisión:

Cuarenta días.

Y entendí algo.

Para mí, ser radical en ese momento no significaba creer que la pizza era mala.

Mucho menos significaba impedir que Mateo la comiera.

Significaba ser estricto con una decisión que yo mismo había tomado.

Ahí está una diferencia enorme.

Porque una cosa es decir:

“Yo decidí no comer esto.”

Y otra muy distinta:

“Vos tampoco deberías comerlo.”

En algún lugar entre esas dos frases puede comenzar uno de nuestros problemas más humanos.

Encontramos algo que nos funciona y queremos compartirlo.

Es comprensible.

Descubrimos una forma de alimentarnos, un libro, una película, una filosofía, una religión, una manera de trabajar, una idea política, una rutina, un negocio, una canción.

Nos produjo algo.

Nos ayudó.

Nos emocionó.

Y queremos que alguien que amamos experimente lo mismo.

—Probalo.

Hasta ahí quizá solamente estamos compartiendo.

Pero entonces la otra persona lo prueba y dice:

—No me gustó.

Y algo extraño ocurre dentro de nosotros.

—¿Cómo que no te gustó?

Como si el gusto del otro necesitara explicación.

—Probalo otra vez.

—No.

—Pero probalo bien.

—Ya lo probé.

—Es que no puede ser que no te guste.

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Y sin darnos cuenta dejamos de compartir una experiencia y comenzamos a negociar con la libertad ajena.

Lo hacemos con comida.

—¿Cómo no te va a gustar el sushi? ¡Es delicioso!

Con películas.

—¿Cómo no te gustó? ¡Mirá quién actúa! ¡Ese hombre ha ganado premios!

Con libros.

—¿Cómo no te gusta leer?

Con poesía.

—¿Cómo no te puede gustar la poesía? Te hace sentir, pensar, vivir.

Con filosofía.

—¿Cómo no tenés curiosidad por estas cosas?

Y también lo hacemos con asuntos mucho más profundos.

La religión.

La política.

La manera de criar a nuestros hijos.

La forma de llevar una relación.

Nuestra idea del éxito.

Nuestra manera de entender la vida.

Quizá detrás de esa insistencia no siempre existe maldad.

A veces existe entusiasmo.

Encontramos algo que nos hizo bien y queremos compartir esa satisfacción.

Es casi como alguien que descubre una experiencia extraordinaria y dice:

—Tenés que probar esto. No sabés lo que se siente.

El problema comienza cuando la invitación se convierte en insistencia.

Y la insistencia, en control.

Tal vez una de las formas más pequeñas del control sea precisamente esa:

la incapacidad de aceptar que alguien pueda experimentar lo mismo que nosotros y sentir algo diferente.

Porque respetar al otro no consiste solamente en permitirle tomar grandes decisiones.

También significa respetar sus gustos.

Sus tiempos.

Sus límites.

Su derecho a decir:

“No me gusta.”

Sin obligarlo a presentar una defensa ante un tribunal.

Yo aprendí algo de eso con una coliflor.

Cuando llegué de Nicaragua a Guatemala era niño y había muchos alimentos a los que no estaba acostumbrado.

Uno de ellos era la coliflor.

La detestaba.

Pero aparecía en mi plato.

Y si no me la comía, no podía levantarme de la mesa.

Podían pasar horas.

Y después podía volver a aparecer.

Hasta que me la comiera.

Tal vez quienes hacían eso creían estar enseñándome algo bueno.

Quizá pensaban que un niño debía aprender a comer de todo.

Quizá la intención era correcta.

Pero mi memoria no guardó una lección sobre nutrición.

Guardó rechazo.

Durante años veía una coliflor y sentía asco.

El alimento terminó cargando con una culpa que nunca había sido suya.

Hasta que muchos años después pensé algo casi ridículo:

La coliflor no tiene la culpa de que me hayan obligado a comerla.

Y decidí darle otra oportunidad.

No porque alguien estuviera parado frente a mí diciéndome:

—Te la vas a comer.

Sino porque ahora era yo quien podía decidir.

Y descubrí algo todavía más curioso.

Me gustó.

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Hoy incluso el arroz de coliflor encaja perfectamente en la manera en que he decidido alimentarme.

La misma comida.

Otra experiencia.

La diferencia fue la libertad.

Quizá por eso con Mateo intento hacerlo distinto.

Le digo:

—Probalo una vez.

Si no le gusta, puede dejarlo.

Así ocurrió con el brócoli.

Lo miraba como muchos niños miran algo verde en un plato: con sospecha.

Lo probó.

Y le gustó.

Pero pudo haber ocurrido lo contrario.

Y también habría estado bien.

Porque enseñar a alguien a probar algo nuevo no debería significar quitarle el derecho a decidir si quiere volver a probarlo.

Entonces regreso a la palabra con la que comenzó todo:

radical.

Creo que sigo queriendo ser radical.

Pero radical conmigo.

Quiero ser radical con determinadas decisiones.

Con mis proyectos.

Con aquello que quiero cambiar.

Con las promesas que me hago.

Si decido cuarenta días, quiero tener la disciplina de recordar que son cuarenta días incluso cuando hay un pedazo de pizza enfrente.

Pero mi radicalidad tiene una frontera.

Vos.

Mi decisión no me concede autoridad sobre la tuya.

Mi descubrimiento no invalida tu experiencia.

Mi entusiasmo no elimina tus límites.

Y que algo haya cambiado mi vida no significa que tenga que cambiar la tuya.

Quizá ahí podamos distinguir dos formas completamente diferentes de radicalidad:

La radicalidad sana echa raíces hacia adentro.

La radicalidad peligrosa intenta echar raíces en la vida de los demás.

La primera me exige.

La segunda comienza a exigirte.

La primera dice:

“Esto es lo que he decidido para mí.”

La segunda termina diciendo:

“Esto es lo que deberías decidir vos.”

Y quizá por eso el problema nunca fue realmente ser radical.

El problema comienza cuando dejo de preguntarme hasta dónde llegan mis raíces y comienzo a extenderlas dentro del terreno ajeno.

Podemos compartir.

Podemos recomendar.

Podemos enseñar.

Podemos invitar.

Podemos incluso decir con entusiasmo:

—Probalo. A mí me encantó.

Pero después necesitamos aprender una de las formas más difíciles del respeto:

escuchar al otro decir:

—A mí no.

Y resistir esa pequeña desesperación que inmediatamente quiere preguntar:

¿Cómo no te va a gustar?

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Publicado en Textale · Obra registrada bajo licencia de autor
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Escrito porHector L SobalvarroEscribo para cuestionar lo que creemos entender sobre la vida, Dios, el amor, la muerte y nosotros m…
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