Escuché el silencio. Puede sonar ilógico, lo sé. Pero lo escuché.
Estaba en el rincón de la cama, casi dormido, el televisor debía de haberse apagado unos minutos atrás, y en ese momento, entre el dulce sabor de la realidad y los sueños, escuché mi latir. Un golpe seco seguido por otro. Podía sentir el calor que emanaban mis oídos y las gotas de sudor que recorrían su largo camino de mi frente a mi pecho.
Mis ojos se mantenían cerrados, pero visualizaba la estática, justo como esos aparatos viejos que al no tener señal dejan brotar una incesante e hipnotizadora estática, solo que esta, que se proyectaba en mi cabeza, justo enfrente, o quizás detrás de mis ojos, no tenía ese sonido característico, solo una intensa suciedad visual de color blanco y negro.
Justo allí, mientras mi mente se tomaba unas pequeñas vacaciones de sus labores principales, el resto de mí, que continuaba admirando la nula señal que se mostraba en mis ojos, comprendí que además de esto mi cuerpo, que bien se pudiera decir que en ese momento no era en lo absoluto mío, estaba inmóvil, no tengo la menor idea del porqué lo descubrí, quizá buscaba desplazarme hacia otro rincón mas frio de la cama o sencillamente quería remover el cabello de mi cien, el punto es que no conseguía hacer ninguna de las dos.
Mis brazos, piernas, cabeza y torso estaban fijos, como si la cama y yo fuéramos uno solo, una masa pesada y completamente fija.
Por supuesto, el pánico inundó lo que quedaba de mí desencadenando que mi respiración comenzara un agitado juego por hacerse escuchar. Nunca en mi vida había comprendido tan claramente el significado de instinto de supervivencia. Esa noche este se vistió de una lucha interna por despertar mi mente y mi cuerpo.
Podía escuchar los gritos del silencio que salían de mis cuerdas vocales, solo para resonar por todas mis cavidades y aun así ser ignorados por cualquiera que pudiera escucharlos. Luché por lo que pareció una vida entera y hubiera estado bien, al cabo de unos segundos entendí que hasta las cosas que no se comprenden puede volverse normalidad si tardan el tiempo suficiente, sin embargo, justo cuando tranquilaba mi respiración para buscar la salida mas racional que se me pudiera ocurrir con la mitad de mi cerebro funcionando, mis ojos se abrieron; se mantenían fijos en un punto de mi habitación, pero abiertos.
Fue allí cuando todo lo que cuentan las películas y los libros de terror tomó forma en frente de mí. Nunca olvidaré aquella mano que se estiró hasta bloquear mi campo visual. El frio aun recorre mi cuerpo al recordar su color. Tan negra, tan pura, tan deseosa de… ¿de qué? ¿de tocarme, de sentir mis ojos penetrando su oscuridad? Aun no lo sé, pero les aseguro que es una pregunta que surge en medio de la noche al dormir.
Eso y… ¿será hoy el día de volverla a ver?
DicotomíaMi verdadero amorEl amorUn Corazónbritneycomo debe sertips para cancionesEstaba en el rincón de la cama, casi dormido, el televisor debía de haberse apagado unos minutos atrás, y en ese momento, entre el dulce sabor de la realidad y los sueños, escuché mi latir. Un golpe seco seguido por otro. Podía sentir el calor que emanaban mis oídos y las gotas de sudor que recorrían su largo camino de mi frente a mi pecho.
Mis ojos se mantenían cerrados, pero visualizaba la estática, justo como esos aparatos viejos que al no tener señal dejan brotar una incesante e hipnotizadora estática, solo que esta, que se proyectaba en mi cabeza, justo enfrente, o quizás detrás de mis ojos, no tenía ese sonido característico, solo una intensa suciedad visual de color blanco y negro.
Justo allí, mientras mi mente se tomaba unas pequeñas vacaciones de sus labores principales, el resto de mí, que continuaba admirando la nula señal que se mostraba en mis ojos, comprendí que además de esto mi cuerpo, que bien se pudiera decir que en ese momento no era en lo absoluto mío, estaba inmóvil, no tengo la menor idea del porqué lo descubrí, quizá buscaba desplazarme hacia otro rincón mas frio de la cama o sencillamente quería remover el cabello de mi cien, el punto es que no conseguía hacer ninguna de las dos.
Mis brazos, piernas, cabeza y torso estaban fijos, como si la cama y yo fuéramos uno solo, una masa pesada y completamente fija.
Por supuesto, el pánico inundó lo que quedaba de mí desencadenando que mi respiración comenzara un agitado juego por hacerse escuchar. Nunca en mi vida había comprendido tan claramente el significado de instinto de supervivencia. Esa noche este se vistió de una lucha interna por despertar mi mente y mi cuerpo.
Podía escuchar los gritos del silencio que salían de mis cuerdas vocales, solo para resonar por todas mis cavidades y aun así ser ignorados por cualquiera que pudiera escucharlos. Luché por lo que pareció una vida entera y hubiera estado bien, al cabo de unos segundos entendí que hasta las cosas que no se comprenden puede volverse normalidad si tardan el tiempo suficiente, sin embargo, justo cuando tranquilaba mi respiración para buscar la salida mas racional que se me pudiera ocurrir con la mitad de mi cerebro funcionando, mis ojos se abrieron; se mantenían fijos en un punto de mi habitación, pero abiertos.
Fue allí cuando todo lo que cuentan las películas y los libros de terror tomó forma en frente de mí. Nunca olvidaré aquella mano que se estiró hasta bloquear mi campo visual. El frio aun recorre mi cuerpo al recordar su color. Tan negra, tan pura, tan deseosa de… ¿de qué? ¿de tocarme, de sentir mis ojos penetrando su oscuridad? Aun no lo sé, pero les aseguro que es una pregunta que surge en medio de la noche al dormir.
Eso y… ¿será hoy el día de volverla a ver?
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