Mi madre me esperaba con impaciencia detenida en el umbral, con el delantal puesto y el mate en la mano, mis peripecias anteriores, con mis temores más secretos y la inevitable visita a un psiquiatra.
-Tomá nene, tardaste bastante en pegar la vuelta, me parece que viniste caminando, ¿o  me equivoco? Es que allá en la ciudad no te cuidás en absoluto, si seguís así vas a engordar y en dos o tres años vas a parecer el gordo Ayala (riéndose por la ocurrencia).
Asentí, sin largar palabra. Desorientado, de todo lo que derredor me hostigaba, mi madre era lo único que me transmitía sosiego. Estando cerca de ella me sentía protegido. Mimado, como siempre. Y, de golpe, Martín se enroscaba en mis piernas, ronroneando su felicidad. Antes de que me diera su bien caliente y fétido saludo lo tomé en mis brazos para hacerle unos mimos detrás de sus orejas y por la panza blanca, pues a excepción de ésta su color era una especie de marrón amarillado. Y del color y expresión de tigre era Gastón, quien desperezándose con un miau tenue se me acostó en las rodillas, los celos del animal son cosa grave: debí repartir  equitativamente el espacio para que no concluyera mi mateada de casi mediodía en una riña, que a mí podría dejarme el lamentable saldo de arañazos por el cuerpo.
Unos pasos resonaron en el patio, una persona torpe y pesada como el señor vecino Valdéz no podría haberse dedicado al espionaje y a tareas que exigen mantenerse subrepticio, pues le es imposible pasar desapercibido aún caminando descalzo en arena y en puntas de pie. Golpeó las manos, como mera formalidad, pero no por ello esperar contestación, antes bien pasó decidido hacia el comedor.
-Hola a todos –gritó jolgorioso-, ¿se puede? Ah, me engancho en esta rueda- con tono deliberadamente cursi-.
-Sí, cómo no don Valdéz, aquí está mi hijo y dialogábamos…
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Algo de Valdéz me chocaba, es más advertí con agudeza que las facciones de mi madre adquirieron una preocupación hasta entonces ausente. Ya ella se había puesto en la dimensión de los demás, ese Valdéz ejercía un influjo que no dejó de desilusionarme, ¿quién era ese tipo? Por más que mamá no dejaba de traerme a cuento ese domingo en el que se mudaron al barrio, yo estaba bien seguro de no registrarlo en mi memoria. Para colmo, se trajo una silla y sentándose junto a mí, me fastidiaba con sus chistes, que mi madre increíblemente festejaba y en una ocasión me apretó los hombros, haciéndome sentir un dolor que mezclado con bronca me hizo odiarlo.
-Así que mañana van a jugar un partido pibe…
-Si, bah, no sé, depende. Me invitaron hace un rato.
-Sí, yo lo escuché por casualidad, buena cosa es el deporte para la salud, y más de un jovencito. A todos los chicos, y los más grandecitos también, deberían estar obligados a practicar una actividad deportiva así mantienen un equilibrio psicológico y físico, ¿no?
No le contesté, porque apenas lo escuchaba. Pero como noté que mi madre lo oía encantada, y que me cruzaba una mirada de reproche:
-Sí, tiene razón.
-Porque yo conozco casos, ya que soy un hombre que he andado por muchos caminos, que hay muchachos que son excelentes estudiantes pero que dejan a un lado la parte física y tienen que pagar el precio de la locura. En cambio, fíjense en los futbolistas por ejemplo, o en los tenistas, ellos se mantienen en el nivel competitivo  más alto y gozan de los placeres de la vida como nadie, independientemente de no haber tocado jamás un libro. Con la tontería a cuestas, uno la pasa regio, no se da cuenta de nada.
“Execrable y brutal teoría la suya señor”, merecía como respuesta. Lo que hubiera determinado un desmayo de mi madre por haberle faltado el respeto a su ídolo. Por lo que no tuve más que gesticular con la boca, mover la cabeza como un idiota y poner mi mejor rostro de pensador y colgarme el teléfono cuando hubo sonado una vez.
-Sí, él habla, ah ¿cómo estás? Me alegro mucho. ¿Qué? Bueno… está bien –mire el reloj pulsera-, a la noche ya estoy allá. No, de nada, hasta pronto.
-¿Qué, te vas, hijo? –la desazón estampada en sus ojos lustrosos.
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-Sí, me necesitan para un asunto urgente. Al parecer me salió un trabajo para ser secretario de un abogado primo de un amigo, pero el tipo quiere hablar conmigo mañana a la mañana a más tardar…Ahora me voy a preparar el bolso porque La Verde  llega hasta Venado cuando sale a las cuatro de la tarde, ahí tengo que hacer alguna combinación hasta Rosario.
Adivine cierta incomodidad en Valdez,  como si ese llamado no estuviera pautado, como si ellos fueran los demiurgos para los actos de mi Teodelina y, sobre todo, de mi existir. Y, en caso de que mi presunción fuese cierta, si es que tuviera verdaderamente esa corazonada debería aquí mismo aseverar que tenía muy buena intuición el tipo, porque la llamada en realidad se había cortado inmediatamente cuando atendí apresurado y yo no menos presto para idear un salvoconducto para liberarme de aquella atmósfera tuve el tino de armar esa estratagema para pirarme y respirar los aires distintos de Rosario. A mi madre también la noté un poco contrariada, lo que me hizo jactar de mi repentización, pues no soportaría pasar más de cuatro horas con estas personas en las que se trasluce un misterio, un secreto que me afecta directamente. Para colmo cuando me iba a despedir de mis gatos, los llamé desesperados, detrás de la casa, lindera con unos imponentes trigales, casi caigo de bruces al pasto al observar pasmado un sauce tremebundo en medio del potrero que solíamos utilizar con los niños del barrio.
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