_ ¿Vos coordinabas en esa época? ¿O era el Chacho Méndez?
_ No, el boludo del coordinador era yo. El tano lo llamaba por teléfono al presidente nuestro que estaba laburando en su oficina y el presidente me taladraba los sesos a mí para que hiciera todo lo que me pidiera el tano. Qué italiano de mierda, desde ese día me da cosa cada vez que escucho hablar de Italia…
_ Sí, me acuerdo que Carmona le acercó la planilla para empezar el primer partido y con lapicera roja le habíamos marcado al Negro Tolosa, que se había pegado la vuelta de Tigre hacía 4 meses para que le prestara especial atención y ahí nomás el tano se mandó una escena de película. Era un verdadero histérico. Pidió que le hiciéramos la planilla de nuevo y que él no quería a nadie a su lado cuando se jugara el partido porque seguramente le íbamos a recomendar jugadores que nos quisiéramos sacar de encima. Y él simplemente buenos jugadores, y que para eso tenía ojos para mirar por su cuenta y que no necesitaba ayuda de nadie para saber si un jugador servía o no servía.
_ Y Masquito pareció el Bocha ese día. Le salieron todas. Metió como cuatro goles, como cuatro o cinco goles. La rompió. Y el negrito Tolosa como jugó en el equipo de Masquito mucho no se lució. Cuando quisimos probar con unos cambios porque el partido estaba muy desparejo el tano se molestó mucho y quiso que siguiera todo como hasta allí. Fue como un 9 o 10 a 2 el resultado de ese partido.
Alrededor de estos entrenadores los chicos seguían jugando. Tagliaferri salió lesionado. Esto alarmó al más viejo de los conversadores que cortó la conversación y corrió para interiorizarse de la salud del chico que podía hacerlo participar a él de algún negocio de millones.
Los rostros, de padre e hijo, ensombrecieron. El muchacho hasta tuvo deseo fidedigno de llanto, que apenas pudo reprimir. El alivio vino en forma de una caricia tierna en la cabeza que su padre oportunamente le ofrendó.
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Lo que platicaban los profes del club de su barrio era sencillamente devastador para su ego henchido. Él que había viajado a jugar al fútbol a Italia y que se probó en la Roma y en el Siena y que llegó a jugar una temporada en una cuarta categoría y volvió para jugar como una verdadera estrella, que nunca alcanzaba a brillar con su mejor luz en las ligas de las provincias de Santa Fe, Buenos Aires y Córdoba. Él que se mojaba el escaso cabello que portaba y que solía exhibirse en esas ciudades pequeñas y pueblos con aires de galán de telenovelas en busca de incautas mujeres que aspiraban con vivir con él en Italia, cuando éste se decidiera a regresar. Según su versión, hasta los 24 años, decía que estaría volviendo a Europa ni bien se recibiera de preparador físico. Y él que cuando caminaba o corría solía de reojo ver su sombra y extasiarse por su buena figura. Y que en la punta de su lengua, tanto con compañeros cuanto con rivales o público en general solía espetar para terminar la porfía:
_ ¿Y vos dónde jugaste boludo?
El funcionario sorbió mientras tanto dos tragos de su té. Y probó unas galletas. Luego prosiguió:
_ Se ve que están de parabienes ustedes.
Y ni bien acabó de decirlo fijó fuertemente su mirada en el padre, que no pudo ocultar su fastidio y ganas de trompearlo sin más preámbulos por esa hiriente ironía.
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