Almas con hilachas (Parte VIII)
_ ¿Vos coordinabas en esa época? ¿O era el Chacho Méndez?
_ No, el boludo del coordinador era yo. El tano lo llamaba por teléfono al presidente nuestro que estaba laburando en su oficina y el presidente me taladraba los sesos a mí para que hiciera todo lo que me pidiera el tano. Qué italiano de mierda, desde ese día me da cosa cada vez que escucho hablar de Italia…
_ Sí, me acuerdo que Carmona le acercó la planilla para empezar el primer partido y con lapicera roja le habíamos marcado al Negro Tolosa, que se había pegado la vuelta de Tigre hacía 4 meses para que le prestara especial atención y ahí nomás el tano se mandó una escena de película. Era un verdadero histérico. Pidió que le hiciéramos la planilla de nuevo y que él no quería a nadie a su lado cuando se jugara el partido porque seguramente le íbamos a recomendar jugadores que nos quisiéramos sacar de encima. Y él simplemente buenos jugadores, y que para eso tenía ojos para mirar por su cuenta y que no necesitaba ayuda de nadie para saber si un jugador servía o no servía.
_ Y Masquito pareció el Bocha ese día. Le salieron todas. Metió como cuatro goles, como cuatro o cinco goles. La rompió. Y el negrito Tolosa como jugó en el equipo de Masquito mucho no se lució. Cuando quisimos probar con unos cambios porque el partido estaba muy desparejo el tano se molestó mucho y quiso que siguiera todo como hasta allí. Fue como un 9 o 10 a 2 el resultado de ese partido.
Alrededor de estos entrenadores los chicos seguían jugando. Tagliaferri salió lesionado. Esto alarmó al más viejo de los conversadores que cortó la conversación y corrió para interiorizarse de la salud del chico que podía hacerlo participar a él de algún negocio de millones.
Los rostros, de padre e hijo, ensombrecieron. El muchacho hasta tuvo deseo fidedigno de llanto, que apenas pudo reprimir. El alivio vino en forma de una caricia tierna en la cabeza que su padre oportunamente le ofrendó.
Lo que platicaban los profes del club de su barrio era sencillamente devastador para su ego henchido. Él que había viajado a jugar al fútbol a Italia y que se probó en la Roma y en el Siena y que llegó a jugar una temporada en una cuarta categoría y volvió para jugar como una verdadera estrella, que nunca alcanzaba a brillar con su mejor luz en las ligas de las provincias de Santa Fe, Buenos Aires y Córdoba. Él que se mojaba el escaso cabello que portaba y que solía exhibirse en esas ciudades pequeñas y pueblos con aires de galán de telenovelas en busca de incautas mujeres que aspiraban con vivir con él en Italia, cuando éste se decidiera a regresar. Según su versión, hasta los 24 años, decía que estaría volviendo a Europa ni bien se recibiera de preparador físico. Y él que cuando caminaba o corría solía de reojo ver su sombra y extasiarse por su buena figura. Y que en la punta de su lengua, tanto con compañeros cuanto con rivales o público en general solía espetar para terminar la porfía:
_ ¿Y vos dónde jugaste boludo?
El funcionario sorbió mientras tanto dos tragos de su té. Y probó unas galletas. Luego prosiguió:
_ Se ve que están de parabienes ustedes.
Y ni bien acabó de decirlo fijó fuertemente su mirada en el padre, que no pudo ocultar su fastidio y ganas de trompearlo sin más preámbulos por esa hiriente ironía.
_ No, el boludo del coordinador era yo. El tano lo llamaba por teléfono al presidente nuestro que estaba laburando en su oficina y el presidente me taladraba los sesos a mí para que hiciera todo lo que me pidiera el tano. Qué italiano de mierda, desde ese día me da cosa cada vez que escucho hablar de Italia…
_ Sí, me acuerdo que Carmona le acercó la planilla para empezar el primer partido y con lapicera roja le habíamos marcado al Negro Tolosa, que se había pegado la vuelta de Tigre hacía 4 meses para que le prestara especial atención y ahí nomás el tano se mandó una escena de película. Era un verdadero histérico. Pidió que le hiciéramos la planilla de nuevo y que él no quería a nadie a su lado cuando se jugara el partido porque seguramente le íbamos a recomendar jugadores que nos quisiéramos sacar de encima. Y él simplemente buenos jugadores, y que para eso tenía ojos para mirar por su cuenta y que no necesitaba ayuda de nadie para saber si un jugador servía o no servía.
_ Y Masquito pareció el Bocha ese día. Le salieron todas. Metió como cuatro goles, como cuatro o cinco goles. La rompió. Y el negrito Tolosa como jugó en el equipo de Masquito mucho no se lució. Cuando quisimos probar con unos cambios porque el partido estaba muy desparejo el tano se molestó mucho y quiso que siguiera todo como hasta allí. Fue como un 9 o 10 a 2 el resultado de ese partido.
Alrededor de estos entrenadores los chicos seguían jugando. Tagliaferri salió lesionado. Esto alarmó al más viejo de los conversadores que cortó la conversación y corrió para interiorizarse de la salud del chico que podía hacerlo participar a él de algún negocio de millones.
Los rostros, de padre e hijo, ensombrecieron. El muchacho hasta tuvo deseo fidedigno de llanto, que apenas pudo reprimir. El alivio vino en forma de una caricia tierna en la cabeza que su padre oportunamente le ofrendó.
Lo que platicaban los profes del club de su barrio era sencillamente devastador para su ego henchido. Él que había viajado a jugar al fútbol a Italia y que se probó en la Roma y en el Siena y que llegó a jugar una temporada en una cuarta categoría y volvió para jugar como una verdadera estrella, que nunca alcanzaba a brillar con su mejor luz en las ligas de las provincias de Santa Fe, Buenos Aires y Córdoba. Él que se mojaba el escaso cabello que portaba y que solía exhibirse en esas ciudades pequeñas y pueblos con aires de galán de telenovelas en busca de incautas mujeres que aspiraban con vivir con él en Italia, cuando éste se decidiera a regresar. Según su versión, hasta los 24 años, decía que estaría volviendo a Europa ni bien se recibiera de preparador físico. Y él que cuando caminaba o corría solía de reojo ver su sombra y extasiarse por su buena figura. Y que en la punta de su lengua, tanto con compañeros cuanto con rivales o público en general solía espetar para terminar la porfía:
_ ¿Y vos dónde jugaste boludo?
El funcionario sorbió mientras tanto dos tragos de su té. Y probó unas galletas. Luego prosiguió:
_ Se ve que están de parabienes ustedes.
Y ni bien acabó de decirlo fijó fuertemente su mirada en el padre, que no pudo ocultar su fastidio y ganas de trompearlo sin más preámbulos por esa hiriente ironía.
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