Veinticinco días (V) Novelita
Esta charla breve se dio casi a gritos, pues yo continuaba apostado en la calle de donde provenía y él apoyado a la ventana de su propiedad.
Sentí que mi corazón volvía a latir con normalidad. Y temí que lo de la mañana temprano fuese un claro síntoma de que estaba por enloquecer. Analicé y tuve como muy cercana la posibilidad de ir a hacerme atender por un psiquiatra, obviamente que mi psiquis funcionaba con algún trastorno. Casi que había huido creyendo ver rarezas y anomalías cuando en realidad las cosas atisbaban una sustancial mejoría.
Me desvela mi desvelo. Ahora, caigo en la cuenta que hace tres días que no logro concretar el sueño, desde la ocasión aquella en la que abrí mis cansados ojos en mi habitación y ya nada volvió a ser igual. Que esto sea un sueño me parece una idea tan absurda y pueril que ni siquiera debe ser tomada en cuenta. Baste para su corroboración decir que me he pellizcado cuando la locura me llevó a tales extremos, esto es algo mucho más real y mucho más insoportable que las propias pesadillas. Que un ser humano pase tres noches sin pegar un ojo no deja de ser asombroso, pero si ni siquiera tiene (tengo) sueño o cansancio es más insólito todavía. Y no es poco el ajetreo, producto de una acción perenne a la que estoy sometido, para dictaminar este hecho como entendible. Según conozco mi cuerpo podría llegar a asegurar que podría estar dos años seguidos sin abandonarme a un colchón frondoso y no tendría quejas, ¿qué diablos pasa? Para colmo de males anoche cuando dispuse mi ánimo y energías en encontrarme y entablar diálogo con esa persona que comparte el naranjo no pude hacerlo. Me había sentado apoyando mi espalda a un árbol, con una inmejorable vista del ámbito que quería dominar, cuando de súbito escondió sus esplendorosas hijas para descargar su lluvia de desazón y melancolía. Era una llovizna sostenida, tibia, las gotas golpeaban la piel, amagaban introducirse por los poros, luego se deshacían en una armonía tal que tuve miedo, parecía que el agua iba a cubrirme por completo, que iba a formar parte de mí, fue eso de una duración no muy extensa, pero me empapó soberanamente. Llovió toda la noche aunque fue a partir de entonces una lluvia corriente y vulgar, de a ratos se desataba furiosa y a ratos bien mansa. Quedé impertérrito, como estatua dejando que las gotas me dieran un poco de paz, que esa era la sensación más patente, y por lo mucho que había pasado no pude menos que entregarme como si estuviera en la bañera. De manera que la frustración porque la persona que yo esperaba acudió a la cita que desconocía, se compensó con creces porque en tres días los momentos de relajación se habían ausentado sin previo aviso. Y, la noche, hecha para dormir, la pasé yo estándome sin hacer nada, con el cuerpo y la cabellera empapados, abstraída de la realidad, porque mis pensamientos merodeaban celestiales distritos, pues según es sabido recién cuando uno piensa logra zafarse de lo terrenal para elevarse hacia alturas poco transitadas, según sea un hombre (o una mujer) más o menos inteligente, cosa que no depende de él sino de la genética y ésta de fuerzas metafísicas o divinas, podrá volar hacia las nubes o apenas si dará un salto de diez centímetros para caer pedante enseguida; y ahora que lo razono no es muy pronunciada la altura a la que yo debí (y debo) haber trepado. Qué cosa más rara se me ocurre es esto de que las almas más obtusas son siempre las más vanidosas, aquellas que como no logran recoger ningún encomio de sus facultades intelectuales o físicas, son ellas mismas las que no gastan humildad y recato para decir para ellos, pero también para que lo oigan los demás (si no renunciarían a expresarse así): ¡Cómo le escapan a los dichos inteligentes! ¡No, yo no creo mucho porque soy un tipo pensante! ¡Yo sé, a mí no me engañan! ¡Pienso demasiado! Y, modestamente, uno supone que si pensaran más y hablaran menos harían menos perjuicio, al menos no al mundo cognoscitivo pero sí le harían un gran favor a las orejas, cansadas de esos loros que repiten lo de la radio y lo de la televisión; porque jamás agarrarán un libro, estos esclarecidos tipos, por ejemplo de filosofía ya que “soy muy cascote”. Bueno, volviendo a gobernar el hilo de la narración, sólo sé que absorto pasé la noche sin cerrar los párpados, a los que a menudo tenía que secar con mi puño.
Sentí que mi corazón volvía a latir con normalidad. Y temí que lo de la mañana temprano fuese un claro síntoma de que estaba por enloquecer. Analicé y tuve como muy cercana la posibilidad de ir a hacerme atender por un psiquiatra, obviamente que mi psiquis funcionaba con algún trastorno. Casi que había huido creyendo ver rarezas y anomalías cuando en realidad las cosas atisbaban una sustancial mejoría.
Me desvela mi desvelo. Ahora, caigo en la cuenta que hace tres días que no logro concretar el sueño, desde la ocasión aquella en la que abrí mis cansados ojos en mi habitación y ya nada volvió a ser igual. Que esto sea un sueño me parece una idea tan absurda y pueril que ni siquiera debe ser tomada en cuenta. Baste para su corroboración decir que me he pellizcado cuando la locura me llevó a tales extremos, esto es algo mucho más real y mucho más insoportable que las propias pesadillas. Que un ser humano pase tres noches sin pegar un ojo no deja de ser asombroso, pero si ni siquiera tiene (tengo) sueño o cansancio es más insólito todavía. Y no es poco el ajetreo, producto de una acción perenne a la que estoy sometido, para dictaminar este hecho como entendible. Según conozco mi cuerpo podría llegar a asegurar que podría estar dos años seguidos sin abandonarme a un colchón frondoso y no tendría quejas, ¿qué diablos pasa? Para colmo de males anoche cuando dispuse mi ánimo y energías en encontrarme y entablar diálogo con esa persona que comparte el naranjo no pude hacerlo. Me había sentado apoyando mi espalda a un árbol, con una inmejorable vista del ámbito que quería dominar, cuando de súbito escondió sus esplendorosas hijas para descargar su lluvia de desazón y melancolía. Era una llovizna sostenida, tibia, las gotas golpeaban la piel, amagaban introducirse por los poros, luego se deshacían en una armonía tal que tuve miedo, parecía que el agua iba a cubrirme por completo, que iba a formar parte de mí, fue eso de una duración no muy extensa, pero me empapó soberanamente. Llovió toda la noche aunque fue a partir de entonces una lluvia corriente y vulgar, de a ratos se desataba furiosa y a ratos bien mansa. Quedé impertérrito, como estatua dejando que las gotas me dieran un poco de paz, que esa era la sensación más patente, y por lo mucho que había pasado no pude menos que entregarme como si estuviera en la bañera. De manera que la frustración porque la persona que yo esperaba acudió a la cita que desconocía, se compensó con creces porque en tres días los momentos de relajación se habían ausentado sin previo aviso. Y, la noche, hecha para dormir, la pasé yo estándome sin hacer nada, con el cuerpo y la cabellera empapados, abstraída de la realidad, porque mis pensamientos merodeaban celestiales distritos, pues según es sabido recién cuando uno piensa logra zafarse de lo terrenal para elevarse hacia alturas poco transitadas, según sea un hombre (o una mujer) más o menos inteligente, cosa que no depende de él sino de la genética y ésta de fuerzas metafísicas o divinas, podrá volar hacia las nubes o apenas si dará un salto de diez centímetros para caer pedante enseguida; y ahora que lo razono no es muy pronunciada la altura a la que yo debí (y debo) haber trepado. Qué cosa más rara se me ocurre es esto de que las almas más obtusas son siempre las más vanidosas, aquellas que como no logran recoger ningún encomio de sus facultades intelectuales o físicas, son ellas mismas las que no gastan humildad y recato para decir para ellos, pero también para que lo oigan los demás (si no renunciarían a expresarse así): ¡Cómo le escapan a los dichos inteligentes! ¡No, yo no creo mucho porque soy un tipo pensante! ¡Yo sé, a mí no me engañan! ¡Pienso demasiado! Y, modestamente, uno supone que si pensaran más y hablaran menos harían menos perjuicio, al menos no al mundo cognoscitivo pero sí le harían un gran favor a las orejas, cansadas de esos loros que repiten lo de la radio y lo de la televisión; porque jamás agarrarán un libro, estos esclarecidos tipos, por ejemplo de filosofía ya que “soy muy cascote”. Bueno, volviendo a gobernar el hilo de la narración, sólo sé que absorto pasé la noche sin cerrar los párpados, a los que a menudo tenía que secar con mi puño.
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