Por hoy dejaré de narrar esos primeros sucesos. Por cierto que nada asombroso a mi paso hallé: vacas y toros, cerdos y cerdas, cereales y nada más que eso, a la gente se la había llevado el viento. De hambre no creo que fallezca, ya que los frutos son abundantes y varios, pude proveerme de los necesarios sin tener que sacrificar animal alguno.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Después de que el mágico efecto cesó, aproximadamente de una duración de un cuarto de hora, ni se me pasó por la cabeza regresar a casa, pues algo me forzaba a alejarme de ella. Mis originales intereses de la corrida resurgieron. Mi idea de alcanzar la ruta era: ir por la orilla del pueblo, debiendo transitar cien metros hacia el oeste y después seiscientos para el norte, para poder estar en ese angosto y asfaltado camino que significaba para mí mucho. Ahora recapacito que la ruta era vivida, sin que lo notara claramente, como la posibilidad de escapar a toda esa desagradable confusión. Mi intención era la de escapar, no quise a nadie inquirir sobre la paralización que habíamos-¿o acaso había yo solo?- padecido, pues en el trayecto las gentes me miraban un poco distraídas desde sus eventuales ocupaciones. De cualquier modo, más allá del evidente esfuerzo por ocultarlo, no eran lo tan buenos como histriones para que yo no advirtiera que estaban casi pasmados al verme, tanto es así que a una vieja conocida de la familia que en su patio tendía la ropa recién lavada le levanté la mano para saludarla y me respondió con la total apertura de sus ojos, casi salidos de sus cuencas. No estaba seguro de que sectores determinados de Teodelina estuviesen tal cual yo los recordaba, pero no podía nada objetar a ello, porque era mucho el tiempo que no recorría esa parte de la comunidad. Sin embargo, en una cosa sí estuve y estoy seguro: cuando llegué a una esquina, erguida y dando lástima casi, estaba una vieja casona, y no hacía bastante que en ese mismo lugar yo había estado jugando a la pelota con muchachos del barrio, y no recordaba haber visto nunca esa construcción. Enajenado en tales reflexiones, pisé la realidad movido por el sonido de la falta de aceite de una cadena de bicicleta, a veinte metros, un hombre como de cincuenta años  maniobraba firme el volante y ahí casi se me paró el corazón de puro pánico. El sujeto tenía expresión demoníaca: alto y más bien gordo, pero no obeso, un bigote negro y grueso y una melena excesivamente larga y probablemente sucia; por más que lo miré fijamente él no reparó en mí, caso contrario hubiera terminado huyendo. Relatado así, parezco un orate, un miedoso que solo fabula, pero el aspecto del hombre me transmitía escozor, una parte de mi lo repelía, sentía asco, y a la vez fascinación; me traía el apagado recuerdo de una cara.
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Ya en la ruta, empecé a trotar lo más lentamente posible. Mi designio era trotar hasta la escuela agro técnica, que está a tres kilómetros más allá del cementerio –según es fama en mi pueblo-, después descansar un rato para iniciar una caminata hasta Villa Cañas, la localidad más cercana en la provincia de Santa Fe. Alentaba la esperanza de que solamente Teodelina estuviera enferma de una plaga que la hacía comportar a su gente de modo tan perturbador e indecente. Como por donde trotaba era la ruta vieja, no  había movimientos, más allá de que a cada muerte de obispo alguna camioneta circulaba a gran velocidad, pasando los habitantes de las zonas rurales hacia el pueblo a realizar compras y/o gestiones. Esto me obligaba a estar siempre alerta, cada motor encendido cuyo ruido el viento me trajera era el motivo para estarme bien cerca de un costado, a fin de protegerme. Cuando doblé por la curva peligrosa, el cansancio que antaño siempre sentía no se había presentado, tal vez por los nervios o porque mejoraba continuamente mi condición física. Ya el edificio de la escuela emergía a la distancia, sabiendo que eran los últimos metros apuré la marcha y cuando menos me lo esperaba al vetusto auto que hacía una horas estuvo detenido frente a mi casa, lo tenía ahora frente a mí. El que conducía era un gordo, moreno, de pelo largo, como ya el calor se sentía con cierto rigor, desprendió dos botones de su camisa y arremangado, con una sonrisa que no me agradó en modo alguno, descendió:  
-Saliste a correr pibe, está bien, esta lindo el día y además cuando se tiene edad hay que aprovechar.
No contesté nada, di un paso para atrás, buscando con la mirada a mi madre, justo en ese preciso momento la vi bajar del Falcon.
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