Tenía ganas de tomar mates en familia, así que estiré hacia una silla cercana, donde reposaban el pantalón y la remera. Más tarde me tiré de cabeza debajo de la cama, para encontrar las zapatillas, y después de pasar por el baño, donde me cepillé los dientes y me peiné, me disponía a saludar a los míos y sacarme la espina de quién era aquel de la voz como flauta. Yendo por el pasillo, camino al comedor, no dejó de llamarme la atención el pleno silencio que reinaba, con la mano derecha aferrada al picaporte un escalofrío relampagueante me recorrió las tripas y los sesos y la sangre. Era la anunciada sensación de angustia que seguía acompañándome y para la cual no tenía por el momento argumentos que la sostuvieran. No sin miedo, como venciéndolo en un punto extremo, o tal vez el punto más alejado de un sentimiento significa simultáneamente su abolición, franqueé la puerta y el vacío de un televisor apagado, una mesa desierta y seis sillas y un sillón sin nadie apoltronado en ellos. Crucé hasta la cocina, cuya oscuridad era pronunciada porque la ventana estaba cerrada y la luz eléctrica apagada. Para guiarme en la penumbra, abrí la ventana a tientas y mirando el cielo advertí lo nublado que estaba, las nubes amenazaban con soltar el agua que apenas lograban sujetar y la lluvia regresaría a darle dolores de cabeza a los campesinos con cosechas en pie, quienes últimamente se veían perjudicados por las lluvias frecuentes. Absorto en la contemplación, me sacó de ella un ruido de motor de automóvil, no teniendo una buena perspectiva desde mi posición, tapado por unas plantas de mandarinas y lo pequeño de la ventana. Con paso apurado, me dirigí sin miramientos para saber quiénes eran las personas del vehículo estacionado frente  a mi casa. Empezaba a impacientarme de veras y ahora esto me daba fuerza para sospechar que no todo marchaba con normalidad. Parado en el umbral, observo en un coche bastante deteriorado y largo como a siete sujetos (entre hombres y mujeres) hacinados en ese espacio, entre ellos puedo distinguir a mi madre, que solícita me levantó la mano en señal de saludo. A los demás no pude de ningún modo establecer quiénes eran, porque apenas mi madre hizo ese gesto el que conducía apretó el acelerador y pronto desaparecieron. Quedé perplejo, no comprendiendo por qué no me habían avisado de ese viaje, por qué se iban así, de ese modo inesperado, cuando yo no recordaba en absoluto de algún plan previsto para esa mañana, porque entre nosotros comentamos hasta el mero hecho de ir al baño.. Aunque tal vez a la noche anterior no podía atraparla en mi memoria, había quedado atrapada en una nefasta nebulosa.
Página 2

Bordeé el jardín que une nuestro hogar con la vereda, con la convicción de que este recorrido tenía para ofrecerme alguna respuesta, o cuanto menos un indicio del cual sujetarme; de cualquier modo mi intuición me dictaba que caro posiblemente iba a pagar el enterarme de todo. No sé si sería por alguna razón fisiológica o psicológica mía, según lo supuse en esos instantes. Sin embargo, ahora frente a este manojo de hojas llenas y el sol macilento que me da en la cien derecha sé que mis conjeturas eran bien ciertas y además cuento con argumentos como para estar más firme en la tesitura.
 El  aire de mi habitación, lo mismo en la cocina y en el comedor estaba viciado, enfermo, sucio de impurezas, flotaba pesado y era dificultoso mover el cuerpo, y cuando gané la calle fue peor: apenas si podía dar un paso, apenas si me era posible mover las manos. Atiné a quedarme estático, a la espera de alguien que pudiera ayudarme, que me despojara de mi inacción voluntaria y llamativamente las personas y los animales estarían ocupados en sus menesteres, pues no se hacían ver, de cualquier modo la situación se prestaba plenamente para cavilar. La primera idea que se me cruzó fue más bien una pregunta, ¿por qué si la atmósfera estaba así de intratable mi familia no tenía inconvenientes para irse bien temprano en auto y no avisarme siquiera? ¿O acaso una coyuntura era todo esto que brotó repentinamente y mis deudos se encuentran ahora a mitad del camino que deseaban recorrer? Claro, ahí pensé que podía estar estribada la razonable explicación y me tranquilicé: las personas y los perros y gatos estaban tan afectados como yo y permanecían suspensos en el sitio que les tocó en suerte. Yo enfrente de mi casa, pudiendo moverme a una velocidad de dos metros por hora, con suerte si esto no variaba a la medianoche estaría de regreso en mi cama. Esta disquisición me parecía propia de una cabeza brillante y me ufanaba por cierto. Hasta en algunos momentos agudizaba bien mis oídos porque me parecía escuchar algún ruido como de sirena, o a veces el giro incesante y tremendo de las hélices de los helicópteros que vendrían a rescatarnos. Un ratito más tarde lloraba de tristeza al suponer que esto era algo que tal vez los científicos pudieron haber tenido conocimiento pero en vista del pánico colectivo que pudiera desencadenar omitieron brindar la información. Es posible que se hubieran construido cápsulas para quedar ajenos a este mal. Podría ser, al menos eso quería creer, que esto fuera momentáneo y efímero, después retomaría la normalidad y el rescate sería para las personas más sensibles. Mi mente con suma facilidad para atar cabos sueltos iba armando hipótesis que cayeron estruendosamente desde una altura ruidosa de diez mil metros cuando desde la vereda de enfrente, saltando un alambrado y emergiendo desde una arboleda, apareció mi gato Martín. Con presteza se movía y un tanto anonadado quedó cuando me vio en la pose ridícula en que me hallaba, hasta ahí no se me había ocurrido hablar, tal vez por lo perturbado que había amanecido. Fue inútil intentarlo porque no pude emitir más que un chillido débil como de ave enferma y terminé frustrado. Martín repuesto de su asombro inicial, se acercaba lento y felino, por mi parte empecé a dibujar una sonrisa, quedó rondándome con su elegante paso, su garbo inigualable, su miau miau contento, su cola parada apuntándole al cielo, allá donde debía estar el dios que nos abandonó. Estábamos en ameno encuentro cuando por el mismo alambrado surgió la figura de Gastón, mi otro gato, y rompió el encanto, Gastón venía  vaya uno a saber en qué pensamientos y cuando yo me le salí al cruce con mi cuerpo helado no pudo menos que retroceder unos pasos. Gastón inició idéntico ritual que su hermano, el de dar giros sobre mí y luego enroscarse en mis pantalones de hacer gimnasia con la punta de la cola parada dirigiéndola al cielo. Estuve asombrado olvidándome por completo que mi teoría había sido un fracaso, pues por lo pronto no a todos afectaba, porque los muy pillos de mis gatos estaban ahora alzando ambos al mismo tiempo sus patas y regándome con sus calientes orinas de enamorados.
40

Cargando comentarios...