una leve caricia
El cuarto era un pequeño cubil con ventanas de madera de color pasado y olor a recuerdos de un viejo perfume olvidado.
La cama parecía una enorme nube viajera impulsada por el viento de una antigua colina perdida en un desconocido valle.
La cama parecía respirar al compás de los pensamientos del muchacho que reposaba sobre ella.
El tic tac de un viejo reloj mural se convertía en el cómplice del grito del tiempo que obligaba a despertar en los recuerdos las peores tristezas y soledades escondidas.
La fotografía sobre la pared parecía un dibujo desgastado por la melancolía del anhelo incrustado en el corazón.
El alma que anhela dormir en los brazos del tiempo se arriesga a encontrar las más terribles y bellas alternativas del corazón que perdió su rumbo en la realidad más lúgubre y cambiante para engañarnos en cada esquina con encontrar un camino…el camino.
La fotografía extendía mágicamente un camino invisible que entraba directamente a los ojos del melancólico muchacho que sentía como su corazón se partía con esa calzada que se alimentaba de la sangre del anhelo que se veía cada vez más y más claro.
La hermosa y dubitativa expresión de la mujer de la fotografía inspiraba correr hacia ella, brincando a través de sus labios y romper sus ojos para entrar en su alma y encontrar esos espejos mágicos que dibujaban en su mirada una imagen de su interior, un refugio en la tempestad y frío del invierno de la razón. El muchacho se reclino y extendió su mano hacia la fotografía. A sus ojos parecía acariciar su rostro en un gesto arremolinado de su mano, para descender y sentir el sudor de sus dedos como una fría escarcha, en una fría y olvidada habitación.
Sentado en la cama sus oídos zumbaron con un estridente ruido desconocido, y la habitación comenzó a dar vueltas como en un carrusel mágico y sus ojos se comenzaron a llenar de lágrimas y cayó.
El torpe movimiento de su mano derecha parecía buscar algo a su lado. Tonta soledad, eterna amante de los soñadores e incansable inquisidora que no perdona a los necios pensamientos que se atreven a entrar en razón.
Al incorporarse la habitación estaba igual, como el dolor que sentía cada vez que miraba la fotografía.
De pie se atrevió a abrir la ventana y observar a las personas caminar dos pisos más abajo. Una caminaba apurada, la otra caminaba lento, muchos caminaban sin saber porque y otros tantos deambulaban preguntando un no sé.
Bajo las escaleras lentamente y con ojos casi marchitos levanto la cabeza levemente para contemplar la negrura de un día de invierno que servía de antesala a la sinfonía de la brisa que inundaba cada rincón de la ciudad.
Pensó levemente en lo sucedido en la habitación. Era extraña la sensación del despertar de un desmayo casi tan inoportuno como la alegría que podía sentir alguna vez en la huella de su atormentado corazón.
La brisa era la peor compañía por cualquier calle al arrastrar las hojas e interrumpir los pensamientos que envuelven la cabeza como remolinos de fantasmas aulladores de una tristeza.
Una pequeña banca en una plazoleta le guiño un ojo y lo invito a sentarse para descansar el alma y darle algo de refrigerio a los huesos heridos.
- El cielo…parece diferente a pesar de ser un invierno más. Se dijo. Sentado con las manos en los bolsillos de su chaqueta, un escalofrío lo sacudió.
A lo lejos una silueta caminaba lentamente con unos libros en las manos y mirando el suelo que insistía en no cambiar de color. -No puede ser…no puede ser. El muchacho se incorporó temblando como los árboles en una estruendosa noche de lluvia acompañada de innumerables relámpagos.
Petrificado saco sus manos de los bolsillos y comenzó con cada paso a mirar horrorizado, congelado… herido.
La joven de hermosos ojos azules notó a su observador y volvió su rostro hacia él. El muchacho impávido, movió sus ojos de un lado a otro y sobaba sus piernas como un niño que pide disculpas después de una cruel travesura.
La bella mujer levanto sus cejas y se detuvo.
El momento parecía congelarse como la peor perversión de una complicidad mal hecha.
- ¿Eres tu…verdad? Los brazos del muchacho se levantaron como para recibir un regalo invisible.
El silencio muchas veces es el portal a otro mundo,un mundo donde la música y los sueños existen,si existen,pero en la mente de cada persona,sobre todos,de los mas olvidados,que muchas veces suspiran a gritos que necesitan de algo...o de alguien...jóvenes o viejos,enfermos o sanos,en el corazón,el universo personal es infinito...- ¿Nos conocemos? El color azul de los ojos de la muchacha danzaba como las olas de un hermoso mar agitado por las cálidas manos de un viento suave.
- No puede ser…solo tengo una fotografía tuya recortada de una vieja revista…es imposible…es tan solo un dibujo fotografiado…en una revista…
- ¿te sientes bien?... no soy un monstruo acércate…mírame…El muchacho se acercó a la hermosa mujer y de improviso extendió su mano y le acaricio la mejilla con un dedo. Ella lo miro asustado y retrocedió un paso.
- No te asustes…no te haré daño…eres una alucinación…tal vez un sueño…debo estar desmayado aun… o muerto tal vez.
-Muerto no creo… tus ojos melancólicos me hablan como si me conocieran, pero recordaría tu rostro, me llamo…
- ¡No! …no deseo saber tu nombre. No podría vivir recordando tu nombre… cada día de mi vida miro tu fotografía e intento encontrar tus pensamientos, descifrar el brillo de tus ojos es el último suspiro de cada noche antes de dormirme, si te vas y me quedo con tu nombre, sería como si me robaras mi amor y quedaré desnudo caminando noche y día.
- ¿realmente...no me estas confundiendo con alguien más?
- Mira…tengo una copia de la fotografía aquí conmigo, tómala…obsérvala por ti misma.
La muchacha abrió sus ojos y miro bruscamente al joven que la observaba hipnotizado de fantasía y sabor a estupor.
-Soy yo… es que… no puedo creerlo…sé que soy yo con solo mirarla. -Algo sucedió cuando me desmaye…no sé qué fue… no sé si mi anhelo de descubrir tu mirada y tu corazón fue tan fuerte…pero llegue aquí.
- ¿Llegaste? comienzo a asustarme…no por ti…soñé las últimas noches con un extraño que encontraba camino a mi casa, un extraño que hablaba como un poeta y que…
-Por favor dímelo…tengo miedo de estar aquí, miedo de conocer esta fantasía de papel…de que me la arrebate una vez más la casualidad y me quede sentado esperando en el desierto de mi amargura. -Sé que no existes aquí…lo sé… ya me duele el conocerte, escucharte. La joven de ojos color infinito se llevó la mano al pecho y una delicada lágrima corrió por su suave mejilla.
-Tu sabes algo que yo desconozco…por favor dímelo, háblame, sonríeme, llora, baila…perdóname, son tantas cosas que deseo aplaudirte no como una mujer perfecta sino como la mujer perfecta para mi…lo que sea lo aceptaré.
La muchacha se aproximó lentamente al escaño pequeño y se sentó con las piernas juntas tomándoselas con las manos.
-En mi sueño…ese desconocido me declara casi con exactitud lo que tú me dices, mi alma interpreta cada palabra y cada mirada es un idioma diferente que escribe su significado en mi corazón…pero con cada caricia que me das, mueres al final de nuestro encontrar… es como una tortura quedarme con este sentir… no entiendo porque te vas o desapareces o mueres… no lo sé… ¡tengo miedo de acercarme y conocerte más!... miedo de ser yo quien se desvanezca. -Entonces ¿crees antes de conocerme, que mis sentimientos para contigo son leales y sinceros…que son el puente que me trajeron hasta ti?
- ¿y si eres la ilusión que tal vez yo invente secretamente?... ¿porque crees que yo soy el delirio?... ¿no pude acaso imaginarte yo y traerte hasta aquí inconscientemente?
La joven empezó a sollozar.
-Me hablas como si me conocieras de toda la vida.
La mano del mozo tomo las manos de la muchacha y sus miradas se unieron de manera completa, sin abismos ni imágenes, sin arco iris que recompensan al final con una fantasiosa olla de oro.
- ¿No escuchaste lo que te dije?… si me acaricias llegara un momento en que…
-Shhhhh… no digas nada más, que importa si tú me imaginaste o yo te imagine, que importa que yo sea un grano de arena en esta realidad…yo te encontré, yo soñé a cada segundo de mi simple vida con este encuentro que con cada mirada tuya se graba a fuego eterno en el corazón del tiempo, mi tiempo, mi momento, que nadie ni nada ahora me puede quitar. Llegue aquí para tenerte cerca de mí y decirte que si… me muero por amarte, por encender con una llama eterna tu espíritu, que dibujes conmigo en el silencio nuestro eterno deseo de desgastarnos por hacernos feliz el uno al otro. - Por favor te lo suplico…no quiero que me acaricies ¿no te das cuenta que cada toque de tu piel me desgasta…muestra mi frágil y vulnerable corazón?
-No me importa volverme un recuerdo…no me importa transformarme en el eco constante de una llamada quejumbrosa.
Si desapareces de mi vida, toda mi habla se irá contigo, todas las palabras que brotan del manantial de mi corazón se evaporaran en el desierto, eres la exhalación del apremiante anhelo de tenerte…siente mis manos, toca mi rostro, acaricia cada rincón de mis escalofríos, no solo soy yo ahora…eternamente desde este momento seremos tu y yo, nada en la entropía indiferente de la cruel realidad puede separarnos, nada puede cortar esta conexión que nació al unísono en el más secreto rincón de tu alma y que tejió un camino a la más profunda de la mía.
Aunque ya no existamos más…toda la vida te parecerá fría y vacía sin este momento, pensaras constantemente que debiste acariciarme y sentir mis labios que te muestran en un solo coro mi amor y mis más profundos sentimientos.
Se abrasaron. Se abrasaron sin decir una sola palabra más. Se abrasaron y se miraron cada uno llorando con la más serena de las amarguras, y acariciando cada uno el rostro frágil y delicado del otro.
Los hermosos ojos azules de la muchacha comenzaron a tornarse pálidos, como ese marchitamiento que desgasta los colores que demuestran que la realidad esta tan viva como el doloroso deseo de amar. Las lágrimas de su hermoso rostro comenzaron a evaporarse lentamente como el rapto de una gota de agua de las nubes por la más cruel de las tempestades.
Todo el ser de la hermosa mujer empezó a tornarse del color del aire, del color de la tristeza…del manto que cubre los aullidos que no tienen voz y que la monótona crueldad de la realidad esconde tan sutilmente, como los momentos que nacen de la más leve complicidad de una caricia.
-Por piedad no te vayas… te lo suplico…déjame que sea yo el polvo que arrastra el viento…por piedad mi amada…no…
El vidrioso rostro le devolvió la más inolvidable de las miradas al compás de una caricia en la mejilla del lloroso rostro del hombre. - Por favor…no me olvides nunca…nunca…repetía ella.
La voz de la mujer pareció venir de lo más profundo de un abismo, como un eco que intenta no caer en un precipicio y que se aferra desesperadamente al borde del peñasco de la realidad.
Desapareció. -Vuelve por favor…vuelve corazón mío …o Dios…por caridad…vuelve…
Inconscientemente el muchacho abrazaba un fantasma invisible y desdichado cuya voz ya no existía, cuyo corazón no se encontraba en ninguna parte y en todas a la vez.
Miraba en todas las direcciones y sus ojos eran incapaces de pedirle a sus ojos que dejaran de llorar. Era un llanto tan amargo y herido que ni siquiera el dolor podía llorar sin ser opacado por la desdicha del momento.
El muchacho movía la cabeza en forma de negación. Sus manos tomaron su cabeza y luego se las llevó al rostro.
En su mente, la locura era la consejera más cercana para escapar de su realidad.
Empezó a caminar sin rumbo fijo, hacia ninguna parte, con la mente puesta en la imagen de unos ojos azules y un rostro tan dulce como la miel, y que ahora sabe tan amargo como el ajenjo.
En el aire se dejaba sentir una canción invisible de tristeza. Una canción que traía de quien sabe dónde un llanto tan profundo y eterno que el viento en sus espaldas cargaba con desesperación mientras buscaba entre la multitud las grises montañas donde debía retumbar.
Era tiempo de callar, de esconderse y esperar otra noche más, interminables sueños y anhelos al mirar una vieja fotografía que podía tal vez dejar de lado su capricho y apiadarse del dolor y la pobre apariencia de un hombre desesperado y devolverle su fantasía más real, su más grande amor.
Una tenue lluvia comenzó a caer en esa tarde cualquiera. Después, los abatidos árboles entregaron su rostro a la suave caricia de la brisa que empezó a sentirse después de llover.
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