Por Roberto Gutiérrez Alcalá
 
Es mi padrino de bautizo.
Por eso, cuando yo era niño,
me obligaba
-mitad en broma, mitad en serio-
a besarle la mano,
lo cual me cohibía un poco.
También es odontólogo
pero desde hace años,
décadas incluso,
no ejerce su profesión.
Uno de sus pacientes fue
García Márquez,
a quien una tarde
vi en el piso de consultorios
que compartía con otros médicos
en un edificio
de la colonia Hipódromo-Condesa.
Otro fui yo,
pero a mí no me cobraba.
Curó mis muelas y mis dientes
de tal modo
que los dentistas que ahora
me revisan la boca
quedan maravillados
por la calidad de su trabajo.
Cuando aún no cumplía
los cincuenta años,
la depresión,
que ya lo había golpeado
en épocas anteriores,
afiló las garras
e intensificó sus ataques.
Dicen quienes a diario convivían con él
que un día,
antes de atender a un paciente,
se puso a llorar como un niño
sin saber por qué.
Entonces le prescribieron litio
y mejoró,
aunque no tanto como para proseguir
su actividad profesional.
Así pues, se despidió de la odontología
y se fue a vivir a Monterrey
con su esposa y sus hijos.
Es alto -mide más de uno ochenta-,
tiene una voz potente y profunda,
y los ojos claros y saltones.
Hace tiempo enfermó de cáncer.
Sobrevivió a quimioterapias
y otras pesadillas.
Ya está viejo y, supongo, muy cansado.
De cuando en cuando
le llamo por teléfono
e intercambiamos algunas palabras,
no muchas. 
 
 
                                                                                         De Ninguna señal, ningún indicio 
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