Te encontré una tarde de setiembre.
Nunca imaginó, mi punzante ansiedad, que un encuentro tan inesperado pudiera estar cargado de paz, risas serenas, las cuales escapaban como haces de luz. Brillantes y agiles se metían entre mis pupilas, rebotando en ellas para regresar a ti.
Te encontré y me aferré a tu sonrisa, que calmaba mis dudas. Me abrasé a tu espalda, mi parte favorita para acariciar. Sin tu permiso me instalé entre tu pecho, en un rincón pequeño y herido. Lo hice mío, lo sané, lo limpié, lo decoré y, sin saber que un día lo entregaría, le dediqué cada segundo de mi tiempo. Lo construí con mis manos y luego lo destruiste con mis lágrimas.
Te encontré y tus bastos esfuerzos por advertirme del peligro no hicieron efecto. No diré que no los vi, al contrario. Los miré cada mañana y los ignoré cada noche.
¿Recuerdas los días? Donde las promesas del mañana se veían tan cercanas, donde no existía la cruda realidad de no ser suficiente. Los días cálidos que pasaban mientras jugábamos en la ducha, mientras tus manos dibujaban mi cuerpo y lo marcaban como tuyo. Mientras la inocencia nos mantenía en una celestial burbuja; parecía tan fuerte. No lo era. ¿Cómo no lo vimos cariño? ¿Cómo olvidamos que la oscuridad podía colarse en cualquier momento? ¿Cómo no lo viste? ¿Cómo no lo vi?
Te encontré y juré que nunca más te perdería de vista. ¿Cómo es que hoy no me interesa mucho saber dónde estás? ¿Cómo es que hoy la que pide perderse soy yo?
Debes ser fuerte si quieres sobrevivir. No lo sabíamos entonces. Ignorábamos que nos alcanzaría nuestro pasado, y los asuntos pendientes. ¿Por qué cariño? ¿Por qué hoy debo hacer que te marches?
Te volvería a encontrar en cada una de mis vidas. Espero hacerlo, pero que en esa no seamos los mismos. Dulce señor, que en esa vida me mires como lo haces hoy, que en esa te mire como te miré ayer.
Vuelve por favor. Regresa con los días donde la felicidad era un efecto colateral, donde no tenía que luchar contra mis ideas. Donde eras tu sin ninguna duda, sin ningún miedo, sin ningún fantasma.
Maldita vida que me hizo encontrarte para luego perderte. Malditas palabras que no acaban nunca de expresarte el vacío que dejas. Maldito tú por insistir en quedarte. Maldita yo por insistir en partir.
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