Sombras.
25.05.10
Sombras.
Quisiera nunca haber despertado aquella mañana de mágica primavera para algunos, pero para aquellos que tenemos por karma una soledad encarnada, no es más que paso a miles de ilusiones que se pierden en las sombras.
Paseaba yo por el lúgubre cementerio de pensares dormidos, compenetrado en un pensamiento de bello amor, riendo en mi estupidez y llorando en la fantasía de mis alucinaciones, ya a esta edad normales, me deleitaba con una naturaleza pobre de belleza, de árboles secos y ramas quebradizas, algún buitre rasgando el pecho de un ratón despistado que ahora era desayuno de su cazador, me dije;
Ha de tener mejor suerte que yo, ese buitre que ahora se alimenta.
Mis pasos lentos, sobre llevando el peso de una noche no menos favorable, me senté en una banca que daba de frente a un decrepito mausoleo que con el pasar de los años había adquirido un matiz oscuro y sombrío, un ángel Gabriel con su espada coronaba la construcción, la puerta de rejas oxidadas rechinaba con el paso de una helada briza que mis livianas vestimentas negras no alcanzaban a abrigar, miraba pensativo, cuando la imagen del ángel se empezó a resquebrajar y de apoco se fue desmoronando hasta caer destrozado en el suelo hecho mil de pedazos, solo la espada se salvó, en mi rostro ni una mueca de sorpresa, realmente mi vida ya había visto demasiado como para interesarme tal vano acontecer.
Ahora el aroma de las primeras flores escurría por mi garganta, haciendo que mi corazón latiese dos veces de un sentir. Me levanté para tomar la espada, en un acto de típica curiosidad, al empuñarla el mundo se encegueció ante mi mirada, me vi atrapado, entre oscuridad, sombras y peor aún, tinieblas, solo sabía que en mi mano sostenía una espada de concreto y el resto era solo un misterio.
No sentía miedo, solo curiosidad, esperaba en lo vacío a la espera de que algo sucediera, cualquier cosa que acallara tan perpetuo silencio. Me pareció un año el estar en tal momento, envuelto en las sombras de la nada, cuyo reflejo proyectaban las tinieblas y me envolvían en un frío agradable, para cuando el primer destello de inesperada luz segó de oscuro mis ojos, pude ver como un tal ángel Gabriel escapaba de las sombras de un pacto.
Sombras.
Quisiera nunca haber despertado aquella mañana de mágica primavera para algunos, pero para aquellos que tenemos por karma una soledad encarnada, no es más que paso a miles de ilusiones que se pierden en las sombras.
Paseaba yo por el lúgubre cementerio de pensares dormidos, compenetrado en un pensamiento de bello amor, riendo en mi estupidez y llorando en la fantasía de mis alucinaciones, ya a esta edad normales, me deleitaba con una naturaleza pobre de belleza, de árboles secos y ramas quebradizas, algún buitre rasgando el pecho de un ratón despistado que ahora era desayuno de su cazador, me dije;
Ha de tener mejor suerte que yo, ese buitre que ahora se alimenta.
Mis pasos lentos, sobre llevando el peso de una noche no menos favorable, me senté en una banca que daba de frente a un decrepito mausoleo que con el pasar de los años había adquirido un matiz oscuro y sombrío, un ángel Gabriel con su espada coronaba la construcción, la puerta de rejas oxidadas rechinaba con el paso de una helada briza que mis livianas vestimentas negras no alcanzaban a abrigar, miraba pensativo, cuando la imagen del ángel se empezó a resquebrajar y de apoco se fue desmoronando hasta caer destrozado en el suelo hecho mil de pedazos, solo la espada se salvó, en mi rostro ni una mueca de sorpresa, realmente mi vida ya había visto demasiado como para interesarme tal vano acontecer.
Ahora el aroma de las primeras flores escurría por mi garganta, haciendo que mi corazón latiese dos veces de un sentir. Me levanté para tomar la espada, en un acto de típica curiosidad, al empuñarla el mundo se encegueció ante mi mirada, me vi atrapado, entre oscuridad, sombras y peor aún, tinieblas, solo sabía que en mi mano sostenía una espada de concreto y el resto era solo un misterio.
No sentía miedo, solo curiosidad, esperaba en lo vacío a la espera de que algo sucediera, cualquier cosa que acallara tan perpetuo silencio. Me pareció un año el estar en tal momento, envuelto en las sombras de la nada, cuyo reflejo proyectaban las tinieblas y me envolvían en un frío agradable, para cuando el primer destello de inesperada luz segó de oscuro mis ojos, pude ver como un tal ángel Gabriel escapaba de las sombras de un pacto.
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