Sin mitad.
Hacía un calor de mil demonios. El sol penetraba en los poros de la piel sudada, un sudor incómodo, hasta el punto de quedarse la ropa pegada al cuerpo y casi no poder ni andar. Eran las tres del mediodía, en el mes de agosto, un mes bastante agobiante en la capital de Madrid. Iba camino al metro de Sol, donde tenía una cita con él. Nunca solía retrasarme, si lo hacía, tenía una justificación muy buena para hacerlo. Él era un chico bastante despistado, no llevaba reloj nunca pues según él, la hora se ve por el sol y "ese artilugio no era bueno para vivir con tranquilidad". Obviamente, llegaba tarde a todos los sitios a los que iba, menos cuando íbamos juntos. En eso siempre fuimos polos opuestos, no había manera de hacerle entender que si hay una cita a una determinada hora, a esa hora hay que llegar, no cuando a uno le apetece. Las discusiones por eso solían ser pesadas e interminables y nunca llegábamos a ninguna conclusión o a un simple acuerdo, sólo, y como siempre, conseguíamos gritarnos cada vez más fuerte y enfadarnos.
Ese día, tan presente aún en mi memoria, yo llegaba tarde; sólo me retrasaba diez minutos, según mis cálculos, pero eso para mí era tarde. Le llamé para avisarle y resultó que él iba aún por Galapagar, su jefe le había entretenido. La verdad es que me lo esperaba pero nunca se va esa pequeña esperanza de que, por un sólo día, sea sensato y llegue a su hora. Decidí entonces no darme mucha prisa, yo iba ya casi por Moncloa y él aún iba a tardar, por lo menos, veinte minutos largos. De camino no paré de pensar en cuánto le quería. Nuestra relación no iba muy bien; no quería perderle por nada del mundo. Por él era capaz de todo, todo lo posible por que esto siguiera adelante y con buen camino... y también porque mi vida sin él no era vida.
Cuando llegué, más tarde de lo que había calculado, había muchísima gente y entre todas esas personas, debía estar Marcos, pues ya había pasado una hora desde que le llamé. Yo me retrasé más porque me paré en el intercambiador de Moncloa a comprarle un detallito. Le busqué durante diez minutos hasta que acabé sudando más de lo que ya sudaba; no aparecía por ningún lado... Miré el móvil pero no tenía nada, ni siquiera cobertura.
Fatigada, angustiada y muy enfadada, me senté a intentar respirar algo de aire puro pero dentro del metro, lo que se dice "aire puro" no hay. Tenía mucha sed y ganas de fumar pero tampoco tenía tabaco, Me empecé a desesperar, no sabía qué hacer: todo se me había juntado a la vez. Opté por salir fuera del metro y comprar un refresco y algo de tabaco. Ahora lo difícil era encontrar una tienda cerca. Por más que miraba, no veía nada; sólo había en frente de mí una cabina telefónica: fui directa a ella para llamarle. Mientras marcaba los números veía cómo una chica abrazaba a un chico: estaba muy cariñosa, como si llevaran mucho tiempo sin verse. Me recordaron a Marcos y a mí cuando nos conocimos. Simplemente era un abrazo pero me llamó mucho la atención, fue un abrazo demasiado especial. Al cabo de pocos segundos me di cuenta de que me sonaba la cara de ella; me fijé más, también en él, -en ese momento, era mi único entretenimiento- y vi claramente que a él le conocía, y muy bien... se llamaba Marcos y era mi novio, o eso creía yo; la chica me resultaba familiar, a pesar de no haberla visto en mi vida. No me creía lo que estaba viendo, quería pensar, en un principio, que mis ojos me estaban engañando pero era todo muy real para ser una de mis paranoias.
Si me acercaba a ellos en ese momento podría acabar todo muy mal: se habían abrazado... y no era el típico abrazo. Mis lágrimas caían, una tras otra... como nunca lo habían hecho; a la vez, mi corazón se iba desangrando, cada gota que caía era más dolorosa; y mi corazón, lo poco que de él quedaba, se estaba volviendo de piedra. La imagen del abrazo no paraba de torturarme. Mientras intentaba volver a la realidad, todavía en esa cabina telefónica, lo observaba y veía que él se levantaba para coger el móvil de su bolsillo; lo descolgaba pero nadie contestaba... Comencé a caminar de vuelta al metro con el mundo caído en mi espalda, haciéndome más difícil el camino de vuelta: esos cien metros interminables que me estaban dejando sin fuerza en las piernas. La esperanza, mínima, de que se dignara a venir a darme una explicación y la impotencia que en ese momento sentía, me hicieron sentarme a esperarle; pasaba el tiempo y no aparecía. Ya nadie quedaba en ese lugar, sólo estábamos yo y mi aspereza.
Pasó una hora, aunque desde mi punto de vista llevaba allí más de cuatro. Él seguía sin aparecer y yo, cansada de todo, decidí levantarme y caminar hacia el tren que me llevaba a mi casa. No veía casi, mis ojos estaban inflamados; llevaba puestas las gafas por vergüenza de mostrar mi cara tan lamentable y para que mis lágrimas, que seguían cayendo cada vez con menos fuerza, no se vieran. Mi mirada estaba triste y se dirigía hacia el suelo: lo único que veía eran colillas y calzados de todas las clases. Mientras ponía toda mi atención en unas zapatillas que me resultaban muy familiares, noté que una mano me agarraba, impidiéndome seguir adelante. Intenté, con la poca fuerza que tenía, que me soltara pero fue inútil. Me dispuse a pedir a quien fuera que me estaba agarrando, con mi voz como una guitarra desafinada, que me dejara seguir mi camino, cuando vi que era Marcos. Sin decirme nada me llevó de la mano con un gesto muy cariñoso hasta el arcén del metro.
-Vanesa, mira quienes son...-se quedó pálido cuando vio cómo estaba- ... ¿Qué te pasa?
-¿Cómo que qué me pasa?, ¿no te parece suficiente lo que me has hecho? -Mis lágrimas hacían que mi voz no se oyera por momentos-. Llevo tres horas aquí, esperándote como una gran gilipollas y encima esto....
-¡No sé qué es lo que te ha dado ahora!-me dijo él sin dejarme ni siquiera desahogarme.
No podía más, sólo supe reaccionar de una bofetada.
-Pero tía, ¿estás tonta o qué te pasa?
-No, no estoy tonta, ¡eso es lo que tú te crees! Pero de mí ya no te ríes más. Te he visto con esa piba, y no precisamente hablando...
-Pero... amor, si esa chica es....
Le empujé antes de que terminara la frase, sin pensar, y sin darme cuenta de que estaba al borde de la vía del tren; cayó dentro, de donde venía, a lo lejos, el ruido del tren acercarse... Marcos estaba dentro, hablando. Oía su voz de fondo, sin prestarle atención; sólo podía pensar que si no subía en dos segundos no le volvería a ver... nunca más. Mi reacción fue darme la vuelta con los ojos cerrados, apretándolos con una fuerza indescriptible; jamás había sentido algo parecido: era miedo, un miedo extraño... no sé bien cómo explicarlo. El tren pasó, fugaz, arrollándolo todo a su paso y el murmullo del metro desapareció. Todo transcurrió en cuestión de segundos; los segundos para mí se hicieron minutos interminables, los peores minutos de mi vida.
Cuando el tren se alejó, un pinchazo en el estómago me estremeció y me caí al suelo. Prácticamente estaba inconsciente. A partir de ese momento no recuerdo mucho más, sólo que soñé con él: se acercaba a mí y me abrazaba; yo lloraba, con un llanto peor que el de antes, un llanto que me dejaba sin respiración durante más de tres segundos, y le decía: "Marcos, no me dejes, por favor..."; él sólo me abrazaba, muy fuerte. Me dio un beso y me dijo: "Te quiero, siempre estaré contigo" y se fue.
Recuperé la conciencia en ese mismo momento. Abrí los ojos y advertí el lugar donde me quedé inconsciente con gente rodeándome. Estaba siendo llevada por dos hombres a algún lugar, sentía moverme y mi cabeza daba vueltas sin parar en ningún punto fijo. Mi mirada estaba en otro lugar, yo en la comisaría de policía y mi cabeza en el sueño que tuve con Marcos antes de despertar. No entendía nada. De repente sonó mi móvil; ese ruido hizo que yo volviera en mí misma. Era un mensaje: "Peque, estoy en la salida del metro de Sol, que me he encontrado a mi prima Andrea que está esperando a su novio, vente para acá y así los conoces. Te quiero..."
Ese día, tan presente aún en mi memoria, yo llegaba tarde; sólo me retrasaba diez minutos, según mis cálculos, pero eso para mí era tarde. Le llamé para avisarle y resultó que él iba aún por Galapagar, su jefe le había entretenido. La verdad es que me lo esperaba pero nunca se va esa pequeña esperanza de que, por un sólo día, sea sensato y llegue a su hora. Decidí entonces no darme mucha prisa, yo iba ya casi por Moncloa y él aún iba a tardar, por lo menos, veinte minutos largos. De camino no paré de pensar en cuánto le quería. Nuestra relación no iba muy bien; no quería perderle por nada del mundo. Por él era capaz de todo, todo lo posible por que esto siguiera adelante y con buen camino... y también porque mi vida sin él no era vida.
Cuando llegué, más tarde de lo que había calculado, había muchísima gente y entre todas esas personas, debía estar Marcos, pues ya había pasado una hora desde que le llamé. Yo me retrasé más porque me paré en el intercambiador de Moncloa a comprarle un detallito. Le busqué durante diez minutos hasta que acabé sudando más de lo que ya sudaba; no aparecía por ningún lado... Miré el móvil pero no tenía nada, ni siquiera cobertura.
Fatigada, angustiada y muy enfadada, me senté a intentar respirar algo de aire puro pero dentro del metro, lo que se dice "aire puro" no hay. Tenía mucha sed y ganas de fumar pero tampoco tenía tabaco, Me empecé a desesperar, no sabía qué hacer: todo se me había juntado a la vez. Opté por salir fuera del metro y comprar un refresco y algo de tabaco. Ahora lo difícil era encontrar una tienda cerca. Por más que miraba, no veía nada; sólo había en frente de mí una cabina telefónica: fui directa a ella para llamarle. Mientras marcaba los números veía cómo una chica abrazaba a un chico: estaba muy cariñosa, como si llevaran mucho tiempo sin verse. Me recordaron a Marcos y a mí cuando nos conocimos. Simplemente era un abrazo pero me llamó mucho la atención, fue un abrazo demasiado especial. Al cabo de pocos segundos me di cuenta de que me sonaba la cara de ella; me fijé más, también en él, -en ese momento, era mi único entretenimiento- y vi claramente que a él le conocía, y muy bien... se llamaba Marcos y era mi novio, o eso creía yo; la chica me resultaba familiar, a pesar de no haberla visto en mi vida. No me creía lo que estaba viendo, quería pensar, en un principio, que mis ojos me estaban engañando pero era todo muy real para ser una de mis paranoias.
Si me acercaba a ellos en ese momento podría acabar todo muy mal: se habían abrazado... y no era el típico abrazo. Mis lágrimas caían, una tras otra... como nunca lo habían hecho; a la vez, mi corazón se iba desangrando, cada gota que caía era más dolorosa; y mi corazón, lo poco que de él quedaba, se estaba volviendo de piedra. La imagen del abrazo no paraba de torturarme. Mientras intentaba volver a la realidad, todavía en esa cabina telefónica, lo observaba y veía que él se levantaba para coger el móvil de su bolsillo; lo descolgaba pero nadie contestaba... Comencé a caminar de vuelta al metro con el mundo caído en mi espalda, haciéndome más difícil el camino de vuelta: esos cien metros interminables que me estaban dejando sin fuerza en las piernas. La esperanza, mínima, de que se dignara a venir a darme una explicación y la impotencia que en ese momento sentía, me hicieron sentarme a esperarle; pasaba el tiempo y no aparecía. Ya nadie quedaba en ese lugar, sólo estábamos yo y mi aspereza.
Pasó una hora, aunque desde mi punto de vista llevaba allí más de cuatro. Él seguía sin aparecer y yo, cansada de todo, decidí levantarme y caminar hacia el tren que me llevaba a mi casa. No veía casi, mis ojos estaban inflamados; llevaba puestas las gafas por vergüenza de mostrar mi cara tan lamentable y para que mis lágrimas, que seguían cayendo cada vez con menos fuerza, no se vieran. Mi mirada estaba triste y se dirigía hacia el suelo: lo único que veía eran colillas y calzados de todas las clases. Mientras ponía toda mi atención en unas zapatillas que me resultaban muy familiares, noté que una mano me agarraba, impidiéndome seguir adelante. Intenté, con la poca fuerza que tenía, que me soltara pero fue inútil. Me dispuse a pedir a quien fuera que me estaba agarrando, con mi voz como una guitarra desafinada, que me dejara seguir mi camino, cuando vi que era Marcos. Sin decirme nada me llevó de la mano con un gesto muy cariñoso hasta el arcén del metro.
-Vanesa, mira quienes son...-se quedó pálido cuando vio cómo estaba- ... ¿Qué te pasa?
-¿Cómo que qué me pasa?, ¿no te parece suficiente lo que me has hecho? -Mis lágrimas hacían que mi voz no se oyera por momentos-. Llevo tres horas aquí, esperándote como una gran gilipollas y encima esto....
-¡No sé qué es lo que te ha dado ahora!-me dijo él sin dejarme ni siquiera desahogarme.
No podía más, sólo supe reaccionar de una bofetada.
-Pero tía, ¿estás tonta o qué te pasa?
-No, no estoy tonta, ¡eso es lo que tú te crees! Pero de mí ya no te ríes más. Te he visto con esa piba, y no precisamente hablando...
-Pero... amor, si esa chica es....
Le empujé antes de que terminara la frase, sin pensar, y sin darme cuenta de que estaba al borde de la vía del tren; cayó dentro, de donde venía, a lo lejos, el ruido del tren acercarse... Marcos estaba dentro, hablando. Oía su voz de fondo, sin prestarle atención; sólo podía pensar que si no subía en dos segundos no le volvería a ver... nunca más. Mi reacción fue darme la vuelta con los ojos cerrados, apretándolos con una fuerza indescriptible; jamás había sentido algo parecido: era miedo, un miedo extraño... no sé bien cómo explicarlo. El tren pasó, fugaz, arrollándolo todo a su paso y el murmullo del metro desapareció. Todo transcurrió en cuestión de segundos; los segundos para mí se hicieron minutos interminables, los peores minutos de mi vida.
Cuando el tren se alejó, un pinchazo en el estómago me estremeció y me caí al suelo. Prácticamente estaba inconsciente. A partir de ese momento no recuerdo mucho más, sólo que soñé con él: se acercaba a mí y me abrazaba; yo lloraba, con un llanto peor que el de antes, un llanto que me dejaba sin respiración durante más de tres segundos, y le decía: "Marcos, no me dejes, por favor..."; él sólo me abrazaba, muy fuerte. Me dio un beso y me dijo: "Te quiero, siempre estaré contigo" y se fue.
Recuperé la conciencia en ese mismo momento. Abrí los ojos y advertí el lugar donde me quedé inconsciente con gente rodeándome. Estaba siendo llevada por dos hombres a algún lugar, sentía moverme y mi cabeza daba vueltas sin parar en ningún punto fijo. Mi mirada estaba en otro lugar, yo en la comisaría de policía y mi cabeza en el sueño que tuve con Marcos antes de despertar. No entendía nada. De repente sonó mi móvil; ese ruido hizo que yo volviera en mí misma. Era un mensaje: "Peque, estoy en la salida del metro de Sol, que me he encontrado a mi prima Andrea que está esperando a su novio, vente para acá y así los conoces. Te quiero..."
1980



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