Extraño, extraño, te extraño.

Y al decirlo, me desmiento:

pues ya hay alguien que reposa

donde antes tu nombre hacía vigilia,

ya hay otro aliento

acompasando la noche,

otra sombra compartiendo la almohada.

¿Te pasa lo mismo?

Decidme, si en la tibieza de otros brazos

hallaste olvido,

si al besar otra frente

mi recuerdo se hizo polvo,

si mi voz fue desterrada

por el dulce ruido de una nueva compañía.

¡Qué frágil es el reino de los afectos!

Lo que ayer parecía eternidad

hoy apenas ocupa

un rincón de la memoria.

Y, sin embargo,

hay algo que no entiende mi razón:

si es tan fácil reemplazarnos,

¿por qué duele tanto?

Porque el cuerpo aprende pronto

las costumbres de la ausencia;

se acostumbra a otras manos,

a otros labios,

a otro nombre pronunciado en la penumbra.

Mas el alma,

terca y antigua,

continúa buscando

entre rostros ajenos

aquello que una vez reconoció como suyo.

Extraño, extraño, te extraño.

Y quizá tú también,

en alguna hora cansada,

cuando el sueño no llega

y la noche se vuelve demasiado grande,

preguntes en silencio

si yo aún te recuerdo.

Pero la vida,

esa diligente enterradora,

nos cubre de nuevos días,

de nuevas caricias,

de nuevas promesas.

Y al final comprendemos,

con tristeza y con vergüenza:

que no era imposible perdernos,

que no era imposible seguir.

Que el amor nos juró ser únicos,

y el tiempo,

con su cruel sabiduría,

nos enseñó

lo fácil que resulta

reemplazarnos.

J. Felix

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