Me llamo Mario
Me llamo Mario, o así me llamaba ella cuando me acariciaba las cejas. No niego que la extraño y que he vueto a los lugares donde fuimos felices o medianamente felices. La felicidad es efímera, suelta pero deliciosa. Extraño acariciar tus muslos y al terminar de besarte volver a saborear tu saliva. ¿Recuerdas aquel muro en donde grabé nuestros nombres con aerosol? sigue ahí, los mismos árboles, el mismo lugar donde te torciste el tobillo, el mismo cesped donde nos tumbabamos a mirar las nubes y encotrarle formas. Todo sigue exactamente igual, solo que ya no estamos, solo yo, tu tal vez has ido y no sé si pienses lo mismo que yo. ¡Mario! me gritaste la vez que me iba y corriste atras de mí. Me nombrabas en sueños y despierta me encontrabas. Tal vez es masoquismo no querer dejarte ir y volver a nuestro lugar, lugar que ahora es de alguien más. Si algún día lees esto quiero que sepas de la ardua tarea que es olvidarte todos los días, te veo en mujeres que van caminando por la calle y al acercarme me doy cuenta que no eres tu. Te sigo mirando, especialmente cuando cierro los ojos, he visto tu foto de perfil y estás con él. No quiero que vuelvas o tal vez si, quiero verte feliz y por lo que veo lo estás logrando. Mario y D eran las palabras que ponía al final de las cartas que te escribía y que cuando te fuiste con él quemaste. Si pudiera cambiarme el nombre lo haría para que no fuera yo quien carga con los recuerdos, sino otro Mario. ¿Crees que algún día pueda olvidarte? sinceramente no. Y no es que sea una lapidaria condena, es una negación de la negación. Prometo seguir con mi vida y si usted algún día la ve prometame que le dirá que la sigo amando y que hasta que mis huesos se hagan polvo lo haré y qué por siempre seré Mario.





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