Buenas Noches
Buenas noches, querida mía,
flor nocturna de la urbe encendida,
tan bella y galante cruzas la ciudad;
vas entre faroles de oro y sombra fría
mendigando en labios extranjeros
—peregrinos de amores y quimeras—
las tibias caricias que no saben amar.
Tu melena negra, cae como un velo
sobre el mármol febril, —tal como la noche derramada—
y tus caderas, colmadas de pecado y gracia,
encienden en mi pecho un incendio sutil.
No me importa el nombre ni la historia
de aquellos que te hallaron antes que yo;
pues basta a mi vencida vanagloria
saber que en tu regazo el sueño halló
reposo mi cansancio y mi memoria.
Tus pechos, como almohadas celestiales,
acunaron mis ansias y desvelos;
y fue más gloria, entre placeres mortales,
besar tu piel que conquistar los cielos.
¡Ay de aquellas alcobas perfumadas,
cubiertas por mantas de efímero ardor!
donde el vino y los suspiros se entrelazan
como dos condenados al mismo dolor.
Qué triste es partir cuando alborea el cielo,
cuando el alba, cruel, comienza a respirar,
y dejar a tus pies, como humilde tributo,
rubíes y diamantes para poderte olvidar.
Mas sé que volveré —peregrino insensato—
a buscar tu figura entre humo y cristal,
pues ninguna fortuna vale tanto en el mundo
como otra noche contigo…
eterna y mortal.
Así que buenas noches, vida mía;
cuando la aurora vista su blancura,
partiré nuevamente hacia la altura
donde me aguarda el cielo y su armonía.
Mas volveré —lo juro por la luna—
a tus balcones de perfume y seda,
pues ningún paraíso me consuela
como otra noche entre tus brazos, una.
J. Felix

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