Reencuentro
Pasado los años y reconfortado desde mi hogar, con mi hija y Mariel que gentilmente me servía el café por las mañanas y por las noches apretaba su cuerpo tibio contra el mío escribía a ratos, a veces a escondidas para evitar los enojos y reclamos de Mariel, cambiaba los nombres de las protagonistas de mis relatos, buscando que coincidieran en alguna letra o en descripciones físicas, que de cierta manera algún recuerdo, alguna ceja, alguna pisada de los personajes femeninos coincidiera con ella. Me preguntaba a diario si tenía algún sentido recrear una realidad que hace años se había borrado, desenterrar lo soterrado, anulando el tiempo y regocijándome en una voluptuosidad demasiado esquiva, sacando del rincón del pasado un objeto oscurecido por el polvo y que de vez en cuando lo limpiaba con la manga de mi suéter y lo colocaba en el centro del escritorio, encima de la repisa o lo sacaba al sol. Había meses que los recuerdos de la primaria me eran totalmente ajenos, que olvidaba el olor de ese salón de clases, los gritos de la maestra Dulce, los juegos con los compañeros y a Daniela. A lo mejor ya no era yo quien cargaba con el recuerdo, ahora pasados los años y recompuestos los daños al corazón escribir una fantasía era para mí una cura y la manera de que el recuerdo cargara conmigo.
Acabado el quinto año de primaria y durante el verano Omar se hizo mi mejor amigo. Ambos pasábamos a una edad de cambios físicos, había ocasiones en que caminando de la cancha de fútbol a nuestras casas reíamos sin parar al darnos cuenta de los cambios de voz que nos hacían sonar como caricatura de looney tunes. Otras veces él o yo llegábamos un poco asustados al ver que nos estaba creciendo pelo en las axilas, debajo del ombligo o que una tenue mancha oscura nos empezaba a cubrir el bigote haciéndonos sentir grandes. Durante ese verano se creó una confidencialidad de dos chicos que crecen y experimentan el devenir imparable de la vida siendo inconscientes de ese monumental cambio esporádico.
Vivíamos en Puebla, en los arrabales de la ciudad, en un conjunto de casas de interés social, eran edificios de cinco pisos donde lo que hacía un vecino, el del piso de abajo lo podía oír sin ninguna dificultad. El departamento de Omar y el mío estaban de frente, de manera que con un chiflido de él o mío sabíamos que era la hora de salir, ya sea a andar en patineta o jugar futbol. En ocasiones íbamos a lanzar piedras y a fumar al canal de agua sucia detrás de los arbustos. Cuando caía la noche regresábamos a cierta hora a toda velocidad sobre ruedas y aprovechando la inercia de la bajada que conectaba el condominio con el pueblo, a veces desequilibrando y cayendo y raspándonos la cara o los brazos, otras con multitud de picaduras de mosquitos y otras más envueltos en peleas con los demás chicos de la colonia que no nos caían bien.
El primer día de clases de sexto grado estábamos emocionados ya que era el principio del final de nuestra educación primaria, todos habían cambiado en un par de meses, las chicas con busto, los hombres con pelo. Él y yo también de cierto modo, aunque ambos éramos temerarios, él era más centrado, más organizado y tradicional, yo era un idealista y en este último año las diferencias se acentuaron. Cuando Daniela entró al salón de clases y fue presentada por la maestra los dos nos quedamos atónitos y mirándonos de reojo ya que era la niña más bonita del salón y posiblemente de la primaria entera. Un pelo castaño que le llegaba a los hombros, una manera de caminar especial y una mirada diáfana nos hizo enloquecer. Desde esa mirada que ambos intercambiamos supe que de cierta manera íbamos a estar enemistados muchos años por el amor de esa mujer, de mantener una constante lucha por conquistar el territorio inexplorado, por querer lo que el otro pudiera llegar a tener. Al principio fue una apuesta por ver quien le hablaba primero, aprovechando los dotes académicos yo entable una conversación con ella y cuando escuche por primera vez su voz fue un reconocimiento instantáneo de un lugar que yo conocía idílicamente, Omar miró esto como una amenaza a nuestra amistad y prometimos que nada ni nadie nos haría perder esa amistad que se había construido y sellamos el pacto con un apretón de manos.
Pasó el tiempo y cuando me di cuenta ya éramos los tres a la hora del recreo jugando en el patio de la primaria o después de clases agarrando chapulines y trepando en los árboles donde cada uno identificaba su casa desde las alturas de las ramas. Siempre en ese juego existía una disputa por ver quien era más gracioso o aventado o más romántico. En cierta ocasión y a escondidas Omar invitó a Daniela a su casa a pasar la tarde en compañía de su familia. La familia de Omar era muy unida, junto con sus dos hermanos realizaban fiestas y celebraban cumpleaños a diferencia de la familia de Daniela, donde su papá era alcohólico y su mamá solo estaba al pendiente de él, un sentimiento que produjo en ella una soledad inmensa y al verse rodeada de ese cariño familiar se sentía cobijada. El caso contrario a la mía donde mi papá también era alcohólico y mi mamá trabajaba todo el día para solventar los gastos de la casa y dándonos lo indispensable a mi hermana y a mí. Cada día que pasaba la relación de ellos se volvía más estrecha y aunque sabía que él era un buen niño, era falso, seco y sin chiste. Yo me alejaba cada vez más de ambos y solo los veía de lejos jugando y tocándose las manos, haciéndose cosquillas, enojándose y reconciliándose continuamente, me alejé tanto que la vez que quisieron acercarse a mí solamente me limité a huir despavorido a mi casa. Empecé a sentirme más triste, y solo deseaba que el año acabara para dejar de verlos para siempre, quería esconderme debajo de las piedras para no observar eso que quería que fuera mío y que no lo era.
Ella sabía bien lo que yo sentía al verla llegar todos los días con su uniforme planchado y su pelo adornado con diademas de distintos colores, empecé a comportarme rebelde, a contestar a la maestra y dejar a un lado mis obligaciones escolares, total en mi casa nadie decía que las hiciera. Cuando Daniela y yo cruzábamos nuestras miradas, era como mirar un espejo dorado donde reflejaba mi propio desprecio. Una mañana de junio y estando a pocas semanas de terminar el ciclo escolar los vi tomados de la mano, ella volteó y me miro con tristeza, desde ese día tuve que vivir con lo que nunca sucedió y que él vivía.
Al día siguiente la maestra Dulce pidió a todos ir bien peinados ya que era la foto de generación, ella se veía más hermosa que de costumbre (si eso era posible para mí), yo me quedé en la esquina superior derecha, procurando no ser retratado, ellos al centro de la foto, sonrientes y mirándose tan bien…, aunque me costara mucho admitirlo. Recuerdo que al día siguiente invente a mamá un dolor de cabeza y una tos muy fingida para no ir, no regresar y mirarlos en el salón de clases con sus bancas juntas convidándose la comida o leyendo cosas que a él no le interesaban y que solo lo hacía por ella. Mamá me creyó y avisó a la escuela que me ausentaría el par de semanas que faltaban de clases. Convertí mi habitación en una fortaleza, había visto que Superman tenía la suya, una de hielo donde se refugiaba cuando el mundo le daba la espalda, era fría y lejana y yo convertía mi soledad en algo inexpugnable, era frío por dentro y por fuera, no hablaba con mamá, ni con mi hermana y menos con papá que siempre estaba borracho. Una mañana mamá tocó la puerta y me vio llorando, me preguntó porque y no le supe qué decir, solamente quería que me dejara solo, ella se limitó a dejar encima del buro la foto de mi generación. Trate de quemarla, pero no pude, así que tomé un plumón negro y empecé a tachar la cara de todos mis compañeros, la cara y el cuerpo de Omar quedó pintado totalmente y solo dejé los rostros de ella y el mío, tomé unas tijeras y recorte mi silueta y la pegue al lado de la de ella. Fue un verano gris, todas las tardes iba a los lugares donde los tres habíamos pasado un momento, por las mañanas de camino al mercado me paraba delante de la puerta de la escuela y creía oír su voz. Mientras yo miraba infatigablemente la dulzura de su rostro, ellos intimaban más, presentándose a sus familias e intercambiando momentos de una adolescencia que les quemaba el corazón y los intestinos.
El tiempo pasó y mamá consiguió un empleo del otro lado de la ciudad, papá dejó un poco de tomar y mi hermana entró en una escuela lejos de donde vivíamos, así que decidimos mudarnos, tal vez eso me hizo bien, sin embargo, la foto no la tiré y la guardé en el cajón junto con mi corazón. Yo también ingresé en otra secundaria con nuevos amigos, otro lugar y con el recuerdo de Daniela acechándome constantemente. Pasó el tiempo y conocí a gente, a chicas que besaba y que tocaba con deseo, pero Daniela siempre estuve en mí ser, ella era sagrada, siempre sacaba la fotografía y le pedía a Dios que la cuidara donde quiera que estuviera. Cuando me masturbaba recordaba a Jazmín o a Elisa, pero a ella nunca, era un sueño, una quimera y una eternidad condensada en unos ojos. Poco antes de terminar la licenciatura en la normal del estado conocí a Mariel que acepté sin aceptar, después vino mi hija y mi graduación, mis padres contentos y yo buscando un buen trabajo remunerado medianamente para un docente. Me ofrecieron una plaza en la primaria donde todo paso, consideré que ya lo había olvidado y que Daniela era feliz… así que no tuve reparos y regresé, pero ahora con mi familia.
Al regresar a ese lugar una ola de melancolía me inundó el pecho, tanto que la marea mojó mis ojos, pero ahora todo era diferente, yo había crecido y ese amor estaba reprimido. El curso comenzó y conocí a mis alumnos, todo era rutinario hasta que la hora de salida llegó una madre por uno de sus hijos, una silueta que venía de atrás, de mucho tiempo atrás y que los pasos y la mirada resonaban en un eco que me dio escalofrío y alegría, era ella. Me quedé paralizado sin saber qué hacer, pero las palabras brotaron solas y le estiré mí mano, le pregunté si se acordaba de mí, me miró y me volvió a mirar de diferente perspectiva y dijo… Mario.
Pasaron los días y las semanas, intentaba platicar con ella, robarle un minuto de todos los años que ella me robó el corazón violentamente, hasta que una tarde y después de mucha insistencia decidió salir a tomar una cerveza conmigo, obviamente de manera furtiva ya que ella y yo estábamos casados.
Todo pasó tan rápido que trataré de resumirlo de la siguiente manera. Fuimos a un bar cerca del otro lado de la ciudad, comenzamos a rememorar el pasado, a limpiar el espejo del tiempo y yo le preguntaba que había sido de su vida mientras bebía el primer sorbo y ella se limitó a decir… no soy feliz. Comprendí poco a poco todo lo que ella me decía, las infidelidades de su marido, los malos tratos, el aguantarse y la soledad constante. Yo quería gritarle que nunca la olvidé, que en mis oraciones la tenía presente a cada instante, que había noches que sacaba la foto y lloraba, lloraba como cuando tenía 11 años, que siempre imaginé volver a verla, que quería una familia con ella y que había noches en que hubiera dejado todo por mirarla un momento… ella puso sus labios en mi boca y me beso, y fue mágico, un beso que sabía a ayer y a mañana y que me hizo sentir en el fondo que no había nadie más. Tal vez fue el alcohol o el amor o la locura que nos hizo buscar un lugar escondido, un cuarto silencioso y entregarnos al amor.
Pensé que era un sueño o que tal vez estaba alucinando al mirarla rendida a mí, mirarla a los ojos y respirar su alma y viceversa, toque sus limites y a la vez el cielo, podría morir dentro de ella, era una obra de Magritte o una línea de Lezama Lima o Paz, era el centro y la circunferencia, era la magia y el éter, sus ojos eran el sol y la luna eclipsando la noche y despojándose del tiempo, era un olor a canela y a sexo y a rabia y a tiempo… terminamos y ella se durmió en mis brazos.
Cuando desperté sentí una mano tibia que rozaba mi espalda y una voz que decía, “levántate que ya son las seis”, tengo que darle de comer a la niña y tú tienes que ir a dar clases. Mariel iba al baño.
Acabado el quinto año de primaria y durante el verano Omar se hizo mi mejor amigo. Ambos pasábamos a una edad de cambios físicos, había ocasiones en que caminando de la cancha de fútbol a nuestras casas reíamos sin parar al darnos cuenta de los cambios de voz que nos hacían sonar como caricatura de looney tunes. Otras veces él o yo llegábamos un poco asustados al ver que nos estaba creciendo pelo en las axilas, debajo del ombligo o que una tenue mancha oscura nos empezaba a cubrir el bigote haciéndonos sentir grandes. Durante ese verano se creó una confidencialidad de dos chicos que crecen y experimentan el devenir imparable de la vida siendo inconscientes de ese monumental cambio esporádico.
Vivíamos en Puebla, en los arrabales de la ciudad, en un conjunto de casas de interés social, eran edificios de cinco pisos donde lo que hacía un vecino, el del piso de abajo lo podía oír sin ninguna dificultad. El departamento de Omar y el mío estaban de frente, de manera que con un chiflido de él o mío sabíamos que era la hora de salir, ya sea a andar en patineta o jugar futbol. En ocasiones íbamos a lanzar piedras y a fumar al canal de agua sucia detrás de los arbustos. Cuando caía la noche regresábamos a cierta hora a toda velocidad sobre ruedas y aprovechando la inercia de la bajada que conectaba el condominio con el pueblo, a veces desequilibrando y cayendo y raspándonos la cara o los brazos, otras con multitud de picaduras de mosquitos y otras más envueltos en peleas con los demás chicos de la colonia que no nos caían bien.
El primer día de clases de sexto grado estábamos emocionados ya que era el principio del final de nuestra educación primaria, todos habían cambiado en un par de meses, las chicas con busto, los hombres con pelo. Él y yo también de cierto modo, aunque ambos éramos temerarios, él era más centrado, más organizado y tradicional, yo era un idealista y en este último año las diferencias se acentuaron. Cuando Daniela entró al salón de clases y fue presentada por la maestra los dos nos quedamos atónitos y mirándonos de reojo ya que era la niña más bonita del salón y posiblemente de la primaria entera. Un pelo castaño que le llegaba a los hombros, una manera de caminar especial y una mirada diáfana nos hizo enloquecer. Desde esa mirada que ambos intercambiamos supe que de cierta manera íbamos a estar enemistados muchos años por el amor de esa mujer, de mantener una constante lucha por conquistar el territorio inexplorado, por querer lo que el otro pudiera llegar a tener. Al principio fue una apuesta por ver quien le hablaba primero, aprovechando los dotes académicos yo entable una conversación con ella y cuando escuche por primera vez su voz fue un reconocimiento instantáneo de un lugar que yo conocía idílicamente, Omar miró esto como una amenaza a nuestra amistad y prometimos que nada ni nadie nos haría perder esa amistad que se había construido y sellamos el pacto con un apretón de manos.
Pasó el tiempo y cuando me di cuenta ya éramos los tres a la hora del recreo jugando en el patio de la primaria o después de clases agarrando chapulines y trepando en los árboles donde cada uno identificaba su casa desde las alturas de las ramas. Siempre en ese juego existía una disputa por ver quien era más gracioso o aventado o más romántico. En cierta ocasión y a escondidas Omar invitó a Daniela a su casa a pasar la tarde en compañía de su familia. La familia de Omar era muy unida, junto con sus dos hermanos realizaban fiestas y celebraban cumpleaños a diferencia de la familia de Daniela, donde su papá era alcohólico y su mamá solo estaba al pendiente de él, un sentimiento que produjo en ella una soledad inmensa y al verse rodeada de ese cariño familiar se sentía cobijada. El caso contrario a la mía donde mi papá también era alcohólico y mi mamá trabajaba todo el día para solventar los gastos de la casa y dándonos lo indispensable a mi hermana y a mí. Cada día que pasaba la relación de ellos se volvía más estrecha y aunque sabía que él era un buen niño, era falso, seco y sin chiste. Yo me alejaba cada vez más de ambos y solo los veía de lejos jugando y tocándose las manos, haciéndose cosquillas, enojándose y reconciliándose continuamente, me alejé tanto que la vez que quisieron acercarse a mí solamente me limité a huir despavorido a mi casa. Empecé a sentirme más triste, y solo deseaba que el año acabara para dejar de verlos para siempre, quería esconderme debajo de las piedras para no observar eso que quería que fuera mío y que no lo era.
Ella sabía bien lo que yo sentía al verla llegar todos los días con su uniforme planchado y su pelo adornado con diademas de distintos colores, empecé a comportarme rebelde, a contestar a la maestra y dejar a un lado mis obligaciones escolares, total en mi casa nadie decía que las hiciera. Cuando Daniela y yo cruzábamos nuestras miradas, era como mirar un espejo dorado donde reflejaba mi propio desprecio. Una mañana de junio y estando a pocas semanas de terminar el ciclo escolar los vi tomados de la mano, ella volteó y me miro con tristeza, desde ese día tuve que vivir con lo que nunca sucedió y que él vivía.
Al día siguiente la maestra Dulce pidió a todos ir bien peinados ya que era la foto de generación, ella se veía más hermosa que de costumbre (si eso era posible para mí), yo me quedé en la esquina superior derecha, procurando no ser retratado, ellos al centro de la foto, sonrientes y mirándose tan bien…, aunque me costara mucho admitirlo. Recuerdo que al día siguiente invente a mamá un dolor de cabeza y una tos muy fingida para no ir, no regresar y mirarlos en el salón de clases con sus bancas juntas convidándose la comida o leyendo cosas que a él no le interesaban y que solo lo hacía por ella. Mamá me creyó y avisó a la escuela que me ausentaría el par de semanas que faltaban de clases. Convertí mi habitación en una fortaleza, había visto que Superman tenía la suya, una de hielo donde se refugiaba cuando el mundo le daba la espalda, era fría y lejana y yo convertía mi soledad en algo inexpugnable, era frío por dentro y por fuera, no hablaba con mamá, ni con mi hermana y menos con papá que siempre estaba borracho. Una mañana mamá tocó la puerta y me vio llorando, me preguntó porque y no le supe qué decir, solamente quería que me dejara solo, ella se limitó a dejar encima del buro la foto de mi generación. Trate de quemarla, pero no pude, así que tomé un plumón negro y empecé a tachar la cara de todos mis compañeros, la cara y el cuerpo de Omar quedó pintado totalmente y solo dejé los rostros de ella y el mío, tomé unas tijeras y recorte mi silueta y la pegue al lado de la de ella. Fue un verano gris, todas las tardes iba a los lugares donde los tres habíamos pasado un momento, por las mañanas de camino al mercado me paraba delante de la puerta de la escuela y creía oír su voz. Mientras yo miraba infatigablemente la dulzura de su rostro, ellos intimaban más, presentándose a sus familias e intercambiando momentos de una adolescencia que les quemaba el corazón y los intestinos.
El tiempo pasó y mamá consiguió un empleo del otro lado de la ciudad, papá dejó un poco de tomar y mi hermana entró en una escuela lejos de donde vivíamos, así que decidimos mudarnos, tal vez eso me hizo bien, sin embargo, la foto no la tiré y la guardé en el cajón junto con mi corazón. Yo también ingresé en otra secundaria con nuevos amigos, otro lugar y con el recuerdo de Daniela acechándome constantemente. Pasó el tiempo y conocí a gente, a chicas que besaba y que tocaba con deseo, pero Daniela siempre estuve en mí ser, ella era sagrada, siempre sacaba la fotografía y le pedía a Dios que la cuidara donde quiera que estuviera. Cuando me masturbaba recordaba a Jazmín o a Elisa, pero a ella nunca, era un sueño, una quimera y una eternidad condensada en unos ojos. Poco antes de terminar la licenciatura en la normal del estado conocí a Mariel que acepté sin aceptar, después vino mi hija y mi graduación, mis padres contentos y yo buscando un buen trabajo remunerado medianamente para un docente. Me ofrecieron una plaza en la primaria donde todo paso, consideré que ya lo había olvidado y que Daniela era feliz… así que no tuve reparos y regresé, pero ahora con mi familia.
Al regresar a ese lugar una ola de melancolía me inundó el pecho, tanto que la marea mojó mis ojos, pero ahora todo era diferente, yo había crecido y ese amor estaba reprimido. El curso comenzó y conocí a mis alumnos, todo era rutinario hasta que la hora de salida llegó una madre por uno de sus hijos, una silueta que venía de atrás, de mucho tiempo atrás y que los pasos y la mirada resonaban en un eco que me dio escalofrío y alegría, era ella. Me quedé paralizado sin saber qué hacer, pero las palabras brotaron solas y le estiré mí mano, le pregunté si se acordaba de mí, me miró y me volvió a mirar de diferente perspectiva y dijo… Mario.
Pasaron los días y las semanas, intentaba platicar con ella, robarle un minuto de todos los años que ella me robó el corazón violentamente, hasta que una tarde y después de mucha insistencia decidió salir a tomar una cerveza conmigo, obviamente de manera furtiva ya que ella y yo estábamos casados.
Todo pasó tan rápido que trataré de resumirlo de la siguiente manera. Fuimos a un bar cerca del otro lado de la ciudad, comenzamos a rememorar el pasado, a limpiar el espejo del tiempo y yo le preguntaba que había sido de su vida mientras bebía el primer sorbo y ella se limitó a decir… no soy feliz. Comprendí poco a poco todo lo que ella me decía, las infidelidades de su marido, los malos tratos, el aguantarse y la soledad constante. Yo quería gritarle que nunca la olvidé, que en mis oraciones la tenía presente a cada instante, que había noches que sacaba la foto y lloraba, lloraba como cuando tenía 11 años, que siempre imaginé volver a verla, que quería una familia con ella y que había noches en que hubiera dejado todo por mirarla un momento… ella puso sus labios en mi boca y me beso, y fue mágico, un beso que sabía a ayer y a mañana y que me hizo sentir en el fondo que no había nadie más. Tal vez fue el alcohol o el amor o la locura que nos hizo buscar un lugar escondido, un cuarto silencioso y entregarnos al amor.
Pensé que era un sueño o que tal vez estaba alucinando al mirarla rendida a mí, mirarla a los ojos y respirar su alma y viceversa, toque sus limites y a la vez el cielo, podría morir dentro de ella, era una obra de Magritte o una línea de Lezama Lima o Paz, era el centro y la circunferencia, era la magia y el éter, sus ojos eran el sol y la luna eclipsando la noche y despojándose del tiempo, era un olor a canela y a sexo y a rabia y a tiempo… terminamos y ella se durmió en mis brazos.
Cuando desperté sentí una mano tibia que rozaba mi espalda y una voz que decía, “levántate que ya son las seis”, tengo que darle de comer a la niña y tú tienes que ir a dar clases. Mariel iba al baño.
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