Un libro de Wilde
—¿Ese, te acuerdas del libro que me prestaste?
—¿Cuál, tú?
—Ese que tiene el cuento del pájaro que se clava la espina de la rosa.
—Ajá…
—Bueno, pues, creerás que el otro día mi amá me mandó con el de los bolillos mero cuando me acababa de echar en la hamaca a leer.
»El chiste es que, mero cuando venía de regreso con los bolillos, pasó un camión hecho la raya y se estampó contra el árbol.
—No manches, ese. ¿A poco?
—¡Sí, pues, ese! Y pérate, a que no adivinas…
—¿Qué o qué?
—Se cayó el árbol, ¡pero pérate…!
—¡Ya, pues, ese! ¡Siempre le haces mucho al cuento!
—Bueno, pues, que era el ese árbol que tenía todo el cablerío enredado.
—¡Ah, no manches! ¿Entonces se quedaron sin luz?
—Sí, manito.
—¿Y la gente que venía en el camión?
—No… de buenas no venía nadien. Nomás el hijuesiete del chofer.
—¡Ay, lo bueno, manito! Oye, y luego... ¿el libro qué tiene que ver o qué?
—Ah, pues que por andar en el mitote lo dejé en el canasto del bolillero.
Es el primer cuento que te comparto y, como tal vez notaste, tomé inspiración en el habla cotidiana de mi Acapulco. Me encantaría saber qué te pareció, por favor, siéntete libre de dejarme tus opiniones en los comentarios.



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