[un día de septiembre de 2022]

Llevo pensándote con tanta fuerza que me da miedo invocarte. Subo al tejado a observar la estación y repaso con violencia los cuerpos diminutos que escapan con rapidez del estrecho espacio que dejan los edificios de enfrente. No sé bien qué es lo que busco. Un bigote. Unos dientes. Cuando la frustración oprime el pecho y los intestinos, me despierto de nuevo, sin miedo. Llevo la misma ropa, tan deforme que distorsiona mi cuerpo. Tu determinación en parecer repugnante decidió que no ibas a sobrevivir otra madrugada y, aún así, me giro disimuladamente al cruzar la calle para saber si aún me estás siguiendo. Pero solo encuentro a la mujer que, parada detrás de mí, pregunta qué es eso que flota, inerte, en la orilla. Invisible. Un boceto, emboscado, disparado a la sien. Me aguanto la necesidad de contarte todas las ideas, dejándolas morir, con vergüenza, en la acequia que lleva a los pastos muertos. Destierro. Llevo el luto cosido en este pelo, de lo que fue soga que tira del cubo que calma la sed. Vacío. El timbre que grita me condena ante la posibilidad que seas tú el que espera. Culpable. ¿Tú también andas bajo esta tormenta? Susurro andando al bazar a buscar el dulce que nunca llena. Hambriento. Y me encuentro hablándote de nuevo, con los dientes sucios como escudo y, en el último punto

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entierro las manos bajo el mar y huyo entre las rocas cubiertas de anzuelos y cristal.

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