[cinco minutos de un mediodía de julio de 2026]

Se me para el cuerpo, la mente, como si llegara de currar. Como si llegara de currar, de no sé dónde y, entonces, me quedo sin saber hablar. A veces minutos, a veces horas. Esto me pasa cuando no noto el calor hasta que es demasiado tarde. Cuando no hago caso al ruido molesto hasta que es demasiado tarde. Cuando hago scroll hasta que es demasiado tarde. Cuando te vas y no te volveré a ver hasta días más tarde. Todo esto no es verdad, me lo he inventado. Esto lo he hecho siempre, no me tiene que pasar nada. Hasta que es demasiado tarde.

Tengo que cerrar los ojos pero, si cierro los ojos, solo veo un bucle de imágenes nítidas a cientos de kilómetros por hora, rastreando cada palmo de ceniza. Del planeta. Planos macro, detalle, de caras que no conozco. Ojos de vacas, ciervos, gatos, ratas, perros y cerdos. Sufrimiento. Abro los ojos y solo hay sábanas blancas, gatos durmiendo y el ruido de los niños jugando en la playa. El mar acompasado y el viento que, algún día, pronto, le tocará ser violento de nuevo.

Noto los latidos en la vista, la luz se transforma en círculos nerviosos que se mueven al compás de mi corazón. ¿Cómo puedo dibujar esto? Si fijo la mirada, la luz blanca se vuelve verde. Tengo una araña en el ojo izquierdo, como un punto quemado en una televisión vieja. El oculista dijo que todo estaba bien, menos mi apellido. Y que son cosas de la edad. Son cosas de la edad.

El cielo lleva días distinto, el cielo lleva semanas distinto. Las nubes son distintas desde hace tiempo y, el tiempo, es distinto. ¿Te has fijado? Míralas, arriba. Allí. Todos los coches desfilan por la N-II, ¿alguien está mirando al cielo? Cientos de hormigas en el fregadero. Mi cerebro sabe los tecnicismos de las nubes, pero mi cuerpo entiende lo que aún no tiene nombre. Esto está mal. Esto no está bien, me da miedo. Ojalá no enterarme de nada, no sentir nada. "A ti solo te tiene que preocupar tu familia, mientras tu familia esté bien, lo demás te tiene que dar igual", me dijo un familiar, que lleva seis años de baja por ansiedad.

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Son cosas de la edad. Me meto en la boca dos ladrillos ácidos. No son lo suficientemente ácidos para venir. Estoy en todas partes, otra vez. Bailo frenéticamente con un pie, la cabeza y las manos. Los pasajeros del tren, al lado. Feel Good Inc de Gorillaz y Wicked Game versión de Him, muy alto, no sé por qué. ¿Qué cutre, no? Ya, ya lo sé. Después todo lo que salga de los 90, que me sepa de memoria. Nobody loves no one. Y la respiración en agudo, ¡Ihya! Busco cómo ayudar. Leo a gente que ha dejado atrás a sus gatos y a sus perros. No lo entiendo. Que no les dió tiempo. No lo entiendo, de verdad. Ojalá arda todo este puto país, me dice el pecho. Ojalá ardan y revienten todos en este puto país. Toda la gente de mierda, ojalá ardan y reviente toda la gente de mierda, me gritan las tripas. Pero esos no lo harán, esos no lo harán.

Echo una cucharadita de azúcar al café aún sabiendo que el hielo no lo dejará deshacer. ¿Cómo estás? Me preguntan por WhatsApp. ¿Cómo estás tú? Para no responder. ¿Cómo coño voy a estar? La tormenta me trajo de vuelta. Truenos, rayos y lloreras. Poder respirar. La luna iluminando desde atrás. ¿Cómo puedo ayudar? Vuelvo al móvil, a buscar. Otro mensaje y cuatro likes. Acabo mirando perros. Centenares, miles de perros, miles y miles de perros, miles y miles de gatos, ganado y caballos, vergüenza de país. ¿Qué debo hacer? Si en este ático estamos a 40 grados. Duolingo. ¿Has hecho Duolingo? Haz el Duolingo.

Me meto cuatro ladrillos ácidos en la boca, mastico fuerte olvidando que tengo una muela rota. Me parpadea un ojo. Maia a mi derecha, Lemmy a mis pies, Lucky debajo. Respira, un dos tres. La música del chiringuito suena a Seline Dijon. Dos yonkis se pelean. Cabe un perro, de 30 kilos, que se me ponga encima y me haga reír. Me siento tan egoísta. Se mueve la camisa, en la silla. Todo esto se veía venir. Lo veía venir. ¿Has mirado hacia arriba? Se me quema el pan, de nuevo. Pan con tomate y tortilla.

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Va a llover fuerte. Pero mira, me creo que entiendo el tiempo y, aún así, casi siempre acierto. Lloverá en el norte y en el mar. Ahí, justo ahí. La luna se asoma y me invita a dormir. Entra la brisa por las ventanas, por primera vez en semanas. Huele a lluvia y la recibo como quien acaba de nacer, como quien sabe que va a morir. Respira tranquila. ¿Qué puedo hacer? Respira tranquila. ¿Me estoy volviendo loca? Una niña grita coño: ¡Coño! ¡Coño! Tienes té frío en la nevera. ¡Coño! ¡Coño! ¡Coño! ¡Coño! Todo está bien. Un hombre adulto grita: ¡Yau! ¡Ñiau! Silencio. ¡Aeiouau! ¿Cómo estás? Todo está bien. ¡COÑO! ¡COÑOCO! ¡ÑOCO! ¡Cállate ya! Se va corriendo. ¿Quién? La niña. ¡Cuando te pille en casa te reviento! Pi po-po pí: L'ajuntament de Barcelona informa que debido al fuerte oleaje se pide precaución en todas las playas con la bandera roja. Hospitalet de Llobregat, vía 1. Pan con tomate y té. Hospitalet de Llobregat, vía 1. El hielo tintinea. La moto acelera. Unos chicos juegan a pelota. Un chaval rapea. Un perro grande ladra. Lucky, a mí lado, ronronea. ¿Qué hago? ¿Qué podemos hacer? Echo una cucharadita de azúcar al té aún sabiendo que el hielo no lo dejará deshacer.

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