Y ahí estaba cual quijote.
Una y otra vez.
 Defendiendo su razón,
 vociferaba y manoteaba,
 valiente él,
 yo lo veía, y le aplaudía en silencio
y deducía que quizás tuviera razón
pero todos le reprochaban,
 y sin decir palabra alguna, seguían su camino,
más a él no le importaba
y rompía en grandes carcajadas
y más pronto que tarde quedar absorto en sus razones
deduciendo, razonando su verdad, para después,
  en sus ojos reflejar la perplejidad de su realidad
de su error, de su duda, de su ilusión,
pero ya no le importaba, y con una leve sonrisa
 buscaba un cómplice, un confidente, un amigo de quimeras,
pero donde lo encontrarás amigo mío
que yo también peleo contra molinos.
 
 
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