Siempre llego tarde a todo, me dijiste.
Sentí en aquellas palabras tuyas que corrías detrás del tiempo, mientras las horas se cerraban antes de alcanzarte.
Yo no alcancé a detenerte.
El instante que compartimos se transformó en algo efímero.
Solo alcancé a guardar tu rostro en la memoria, como quien guarda una fotografía antes de que la lluvia borre sus contornos:
tu sonrisa,
tus ojos,
incluso la forma en que el silencio se sentó entre nosotras.
Irónicamente, es él quien ahora escribe nuestra historia.
No existieron los besos en la boca.
Solo quedó aquello que no alcanzamos a vivir, cayendo como la lluvia de aquel día,
gota a gota,
mientras yo, sin paraguas, dejé que la melancolía me atravesara más allá de la ropa.
Quizás eso es la distancia:
una forma de llegar tarde,
incluso cuando todavía estamos frente a frente.
Si tú llegabas tarde,
¿por qué yo sigo llegando
a un lugar donde ya no estás?
Repito:
Siempre llego tarde a todo, me dijiste.
Yo, en cambio,
llegué tarde a nosotras.
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